INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Rufino Tamayo: Disidencia en el arte moderno mexicano

Ensayo sobre la obra del pintor mexicano, quien triunfó con obras que incorporan con maestría influencias europeas y la identidad mexicana.
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Karen Naomi Blanco Reyes
Rufino Tamayo triunfó en crear obras pictóricas que incorporaban con maestría influencias europeas y la identidad mexicana. Influenció a una generación de artistas que desertaban de las rutas comunes del quehacer artístico, y que, además, pudo también mantenerse relevante sin que su arte se viese herido por las exigencias plásticas que servían a los intereses de las esferas políticas, que mermaba el potencial artístico de los agentes creativos de aquella época.

En el comienzo de la pintura moderna mexicana, Tamayo se encontraba en un momento donde el arte, en el contexto posrevolucionario, respondía únicamente a criterios morales establecidos por el estado que impulsaba producciones estéticas un “realismo ideológico nacionalista”. Una restricción que, lejos de limitar la creación artística, incentivó a Tamayo y a otros muchos artistas a liberarse de una inflexible adoctrinación por parte de la academia muralista mexicana.

La relevancia de esta investigación gira en torno a la contribución del artista al panorama estético en México del siglo XX. Adicionalmente, examinar el conflicto entre la formación artística individual y las expectativas políticas ajenas a la esfera de lo bello, y cómo esta influyó en la manera de la fusión entre la identidad cultural mexicana y la influencia extranjera en la producción artística del pintor.

Se genera, en el siguiente texto, un vínculo entre las condiciones personales en las que se fermentó el trabajo del pintor oaxaqueño y el ambiente artístico general que favoreció la ruptura de la tradición mexicana del muralismo.

Algunos artistas aspiran a ver lo nunca visto; otros, a ver cómo nunca se ha visto.

Octavio Paz

En el sabor dulce y refrescante de la sandía están las pinturas de Tamayo; en las formas en que se deja de apreciar la forma en la velocidad; rayones amarillos y rojos de la rapidez de los movimientos de la ciudad; en el poderoso y pesado azul que cae sobre la faz de la tierra; el dibujo que la luna hace de la tosca figura del hombre en el pasto; en las estrellas muertas que todavía titilan en nuestra bóveda celeste; en los perros mugrientos de la calle que ladran al paso de nuestro andar.

La carrera de Rufino Tamayo como pintor abarcó casi todo el siglo XX, arrancando primero con influencias del arte prehispánico y el arte popular de ese entonces. Sus personajes principales fueron, originalmente, los indígenas; sin embargo, el marco de sus retratos no eran políticos, a diferencia de sus coetáneos como Diego Rivera y José Clemente Orozco. Tamayo había descubierto, en su quehacer, un interés por reproducir en sus obras el devenir cotidiano del indígena, y en épocas tempranas, había mostrado un interés por retratar figuras históricas sin caer en los ideales predicados por el muralismo méxicano, decodificando de una manera poética el carácter de sus protagonistas, alejándose poco a poco de la tradición muralista de la época.

Toma una actitud frente a la pintura que revela un aspecto de ella inexplorado por el dogmatismo de los pintores de la época; utiliza la forma, el espacio, el color como función de una totalidad, en lugar de invadir el lienzo con el eco de un realismo que regresa débil y distorsionado por el tiempo y la distancia.

Al negarse a la pintura social, Tamayo niega que el hombre sea un instrumento en las manos de un absoluto cualquiera: Dios, la Iglesia, el partido o el Estado… Servir a la pintura quiere decir revelar al hombre, consagrarlo.

(Paz, 1988)

A pesar de las advertencias de otros muralistas, Tamayo emprende una aventura por las vanguardias artísticas internacionales; su primera parada es Cézanne, a quien desmenuza para extraer de él lo necesario para conformar su propio trabajo. Un ejemplo de esta influencia está presente en “Sandías” del año 1957, donde se observan a estos frutos flotando sobre un fondo naranja-rojizo, visto desde todas las perspectivas del objeto simultáneamente, asemejándose a la pintura “Canasta de Manzanas” del artista francés.

Continuando su exploración por el arte moderno, se encuentra con Picasso y su novedoso cubismo, quien ocasiona una profunda impresión en Tamayo, y que con sus producciones establecería un diálogo en el que, con cada aportación, se sustraía una nueva forma de concebir las imágenes. Con la pintura “Niños Jugando” hecha en el año 1959, nos percatamos de nuevo de la textura que tanto caracteriza a Tamayo; en la composición, sobrepone un color a otro, y para sugerir movimiento traza líneas inclinadas y verticales, narra de una manera muy abstracta el carácter lúdico de los personajes plasmados en el lienzo.

Al admirar estas dos obras, se supone fácilmente la razón por la que fue rotundamente rechazado por la academia de arte mexicano, pues no obedecía con los rigurosos requisitos que se exigían. Era necesario cumplir con un carácter utilitario, al servicio de una revuelta extinta, que explicara a la sociedad mexicana con cuáles personajes, símbolos, luchas, y partidos políticos debían identificarse; la figura masculina debía ser hierática, rígida y brusca, mientras que la mujer, para no perder la costumbre, era retratada con el maíz en sus manos, el pelo trenzado y acompañada de sus hijos, que crecerían para convertirse en hombres revolucionarios, no dando lugar a cuestionamientos sobre el estado del gobierno que los rige, no contradiciendo las normas impuestas por la sociedad, y que sobre todo mantengan el sombrero de paja bien puesto en la cabeza, representando el ideal de un joven arraigado en los valores y principios de un buen mexicano.

Para esta narrativa unidimensional que ofrecía el arte mexicano en la que no se toleraba la expresión individual del artista, ni se le confiaba al espectador mexicano la posibilidad de interpretación subjetiva. Cualquier tema en el ámbito artístico que desviara la atención de aquella identidad patriótica, de dicha república reformada, mataba su oficio.

Debido a esto, Tamayo, a falta de oportunidades en su propio país, se marchó en cuanto pudo. Inicialmente, le tomó mucho esfuerzo acostumbrarse a un nuevo idioma, otra forma de vivir; desde luego, el ajetreo de Nueva York avanzaba a un ritmo abismalmente diferente que al de la Ciudad de México. Una vez establecido allí, no le costó trabajo ser aceptado por los círculos artísticos de la ciudad y así como en otras partes de Europa. Por una parte, las producciones estéticas de Tamayo les resultaban familiares, y por el otro, encontraban jovialidad en las texturas y contornos que les atraían como el efecto de la gravedad en torno a sus pinturas.

Dentro de sus composiciones plásticas, Tamayo manifiesta en la forma y el color, cómo los poetas delatan en sus versos la rima y el ritmo, un arte de naturaleza erótica, un coqueteo entre fuerzas contrarias. Una danza entre principios duales. Tamayo logra en sus obras hacer tregua con los opuestos. Cuando uno se enfrenta ante las piezas del pintor, se es testigo del perpetuo cortejo de la luna con el sol, las estrellas emprendiendo una carrera al amanecer, hombres, mujeres y niños con toscas figuras bailando con ligereza en el espacio del cuadro.

De la misma manera, para traer balance a sus composiciones emergen figuras antagónicas, una violencia rabiosa, el fuego que consume, el desorden salvaje.

Es el perro para Tamayo, quien encarna todo lo podrido del ser humano: un animal que, aunque se ha elegido para mostrar docilidad y bondad, ha pasado de la domesticación al abandono de la razón, a la respuesta de sus emociones inmediatas.

El pintor oaxaqueño enfrasca en su trabajo principios dicotómicos que se excitan mutuamente, un caos que se vuelve armonía dentro del lienzo. “La unidad esencial del mundo se manifiesta como dualidad”. (Paz, 1988)

Esta perspectiva ofrecía una mirada distinta al capricho del estado; que el arte se identificase como “mexicano” lo cual era inútil. El lugar donde nació el artista pudo influir en su carácter, pero esto no es suficiente para clasificar el contenido intelectual de la obra artística.

A pesar de que la trayectoria de Tamayo se percibiera bastante solitaria, hubo muchos artistas que, como él, tenían una amplia visión que les permitía entender el paisaje mexicano y ver más allá del nopal. Artistas cómo María Izquierdo, Jesus Reyes, Agustín Lazo, Julio Castellanos, compartían las mismas sofisticadas y complejas inquietudes de esta ocupación. Entre estos personajes formaron una complicidad, que en conjunto, ayudó a fortalecer esta nueva corriente que rompió con los estilos y escuelas tradicionales, e incorporando elementos de la historia y la cultura mexicana con las influencias de las vanguardias artísticas internacionales.   A través de sus conversaciones y colaboraciones, estos artistas contribuyeron al enriquecimiento del panorama artístico mexicano y al desarrollo de un lenguaje visual, construyendo nuevos caminos para representar la experiencia humana.

Tamayo sirvió de puente para las futuras generaciones de artistas, mostró entusiasmo por los movimientos artísticos de vanguardia como el Estridentismo. Además, cuando regresó a México se encargó de resguardar la herencia del arte contemporáneo producido en México, con su Fundación Olga y Rufino Tamayo, para que sirviera de educación y difusión de las artes plásticas.

El personaje de Tamayo y su historia, muestra que el arte no solo se trata de mensajes unilaterales, sino, un cosmos de correspondencias entre el público y el espectador, entre el artista y su obra, sirve de ejemplo para encontrar nuevas formas de expresión plástica y visual, e incita a tomar posturas frente a la obra de arte.

Este repaso por la obra artística de Rufino Tamayo nos aproxima a la sensibilidad estética del pintor, la dicotomía que caracteriza su obra, la sensualidad y lo lúdico en sus composiciones con temática tropical, el firmamento que se eleva ante los ojos del hombre, arrastra al espectador a una experiencia estética, que, no podría lograrse si Rufino Tamayo hubiese rendido su libertad creativa a la presión de un realismo ideológico.

El acierto de Tamayo radica en pintar con una visión despojada de hábitos y tradiciones, ideologías o doctrinas que nublan el campo óptico del creador artístico. Produjo un arte con una mirada limpia, pura de vicios y vacíos de los estilos y escuelas, concibió una pintura liberada de una perspectiva estereotipada de la realidad. Un logro que trasciende en el tiempo hasta nuestros días y en los venideros.


BIBLIOGRAFÍA:

Paz, O. (1987). “Los Privilegios de la Vista”. Fondo de Cultura Económica:

México, D.F

Paz, Z. O. (s/f). En la mirada de Rufino Tamayo. Zona Paz. Recuperado el 13 de abril de 2024, de https://zonaoctaviopaz.com/det...

Rufino Tamayo. (2019, octubre 1). El Colegio Nacional. https://colnal.mx/integrantes/...

RufinoTamayo » Semblanza y Cronología. (s/f). Org.mx. Recuperado el 13 de abril de 2024, de https://www.rufinotamayo.org.m...

Karen Naomi Blanco Reyes Karen Naomi Blanco Reyes

Alumna de la Escuela de Artes Visuales Antonio Segoviano, ESAV, y ganadora del Primer Concurso de Ensayo Académico Juan García Ponce.