Aunque de porte discreto (en comparación a festivales de gran formato que transforman el paisaje citadino), la programación de Docu Film, curada por Daniel Aguilar Torres, mantiene una actitud de descubrimiento y cuestionamiento para decantarse por películas que prioricen las ideas y formas antes que la rectitud técnica o temática. Cortos y largos —tanto nacionales como internacionales— que van de lo periodístico a lo experimental, conjugados en una programación cuya variedad se entrevé en las recurrencias que han definido la voz del festival: trabajo de denuncia, juegos con la ficción, revisionismo histórico, visiones tecnológicas, diarios, ensayos, animaciones, desktop cinema y la siempre bienvenida selección guanajuatense. En cada edición descubro algunas de las que serán mis películas favoritas del año; esta ocasión no fue la excepción.
Como de costumbre, la primera proyección fue en el Auditorio Jorge Ibargüengoitia, un programa triple que inauguró el festival oficialmente con el cortometraje chileno El movimiento inaudible de las cosas (2023) de Antonia Monserrat: un retrato sensorial que parte de un terremoto para meditar sobre la invisible y angustiante energía que recorre la naturaleza, coqueteando finamente con preguntar “¿a qué suena un terremoto?” Enseguida, el primer largometraje del festival, la película serbia Flotacija (Eluned Zoe Aiano, Alesandra Tatić; 2023), cuya sinopsis es irresistible: una familia de cazadores de dragones y la paulatina industrialización de su pueblo. Lo que de inicio podría parecer un retrato absurdista termina por devenir en una tragedia sobre la muerte de la tradición. Por desgracia, su forma poco se distingue de otros documentales de la región, aunque las secuencias de ‘cacería’ son interesantes.
La primera función la cerró La Sirena (2024), precioso cortometraje mexicano en el que su director, Eduardo Ramírez, imagina la vida marinera de su abuelo a partir de las pinturas que dejó tras fallecer. El documental no retrata la vida del abuelo, sino el proceso especulativo de su nieto, quien desdibuja la realidad y el deseo hasta apuntar al posible descubrimiento de la sirena titular. Eduardo estuvo presente para una sesión de preguntas y respuestas.
Después vino la sección guanajuatense, alegre recordatorio de que el cine estatal tiene audiencia, siendo la función que más gente tuvo de toda la edición. Aunque los cortos fueran desiguales (como tiende a suceder con los cines locales), la riqueza de estos programas está en revisar los patrones de nuestro cine y descubrir nuevas voces en él. Este año me quedo con La piel de las almas (Adrián García, 2024), un híbrido animado sobre cinco historias de objetos que evocan la muerte de seres queridos. La sala se vio entusiasmada por su bellísimo stop motion y la cercanía de su tema sobre cómo en las paredes, patios y muebles viven nuestros muertos. Al final se realizó un intercambio de palabras entre los directores y productores guanajuatenses sobre sus obras. Una velada linda y saludable para el cine en León.
Los siguientes tres días de festival se dividieron entre la Casa de la Cultura Diego Rivera, el campus UG del Forum, La Llamarada y Café Prisma. Las proyecciones matutinas en la Diego Rivera eran de poca audiencia, de esas que comparten la silenciosa complicidad de una función a las once de la mañana. Podría pensarse contraproducente que todas las películas proyectadas en esos inhóspitos horarios fueran las más accesibles. Como Nómadas de la 57 (2023) de Alberto Arnaut (director de la importantísima Hasta los dientes [2016]), sobre la cultura trailera en México (que le hace de secuela a la proyección de La Pipera [Miguel Pérez, 2022] en la edición pasada). Filmando y montando secuencias con habilidad que pocos tienen, contiene una diversa gama de personajes y situaciones que van de lo cómico y romántico, a lo violento y crítico.
Siguiendo con las funciones matutinas, el tercer día empezó con un diverso programa de cortometraje mexicano que incluía la nominada al Ariel Huachinango Rojo (Cinthya Lizbeth Toledo Cabrera, 2023), con un par de experimentales, entre ellas, el fugaz pero emotivo (X) de Karima Alexandre Rajme y la visualmente impresionante Nyanga (2023) de Medhin Tewolde Serrano. El programa matutino del último día lo abanderó The Strike (2024), estrenada en Hot Docs, sobre una huelga de hambre carcelaria, con el director JoeBill Muñoz presente para un Q&A. Vale la pena decir que aquella función también incluía a la maravillosa Pausas activas, breve corto colombiano sobre unas actividades de integración en una empresa de vidrios que bruscamente se tornan en una acalorada discusión sobre derechos laborales. Sencillísima película en su tiempo, desarrollada como una sola escena que corta y filma y transcurre con una naturalidad tan dramática como llevadera, capturada por un ojo envidiable para cualquier documentalista.
La decisión de proyectar las películas amigables en la mañana mantiene a los trabajos arriesgados como cara del proyecto, ya que las funciones nocturnas tienden a tener mayor posibilidad de audiencia. La primera de estas funciones fue un programa doble: el cortometraje colombiano Pirsas (Angélica María Torres Tamayo, 2023), viaje que hace la directora con su madre a la montaña donde murió su hermano; y el curioso retrato automovilístico de la migración portuguesa en Suiza, Périphérique Nord (Paulo Carreiro, 2022). Sobre todo sorprendió esta segunda película pues su rígida estructura y premisa que se disfraza de fanaticada automotriz se sospecharía arriesgada para cierre de día.
La otra función nocturna fue un programa de corto experimental muy interesante de la que rescato 25° 45′ 32″ (2024) de Dahet Castro, película extrañísima con atmósfera cuasi-apocalíptica sobre qué pasaría si nos tomáramos a pecho las predicciones de ‘loquitos’ del Centro; y Daño generacional (2023), cinta colombiana en que la directora y las mujeres de su familia se abren sobre sus traumas, entremezclado con esos mismos diálogos pero interpretados por actrices, quienes a su vez expresan los propios. La directora Lina Abril Sierra y el productor Andrés Parra, estuvieron presentes en varias funciones aprovechando su visita desde Sudamérica. Una emoción palpable e íntima inundó las proyecciones en que aquellos dos se presentaban, dulcemente agradecidos con el festival y su caluroso recibimiento.
Curiosamente, mi función favorita fue de parte del Experimental Film Guanajuato, festival emparentado con Docu Film a través del proyecto de exhibición Retransmisión. Proyectaron La memoria se filtró por una grieta (Pablo Martínez-Zárate, 2022) y El sonido de los grillos (Bibiana Rojas Gómez, Juan David Cardenas, 2022). La primera es un gran ensayo filmado con película sobre cómo la memoria mexicana nos atraviesa en distintos niveles: ya sea en la cultura o religión (practicada u olvidada), hasta en la propia arquitectura y naturaleza que nos subyace. Mientras que El sonido de los grillos, la cual fue mi película favorita del festival, es un cortometraje desktop sobre texturas pixeladas y los rastros que quedan de nuestros desaparecidos en la digitalia, ya sea como una silueta fantasmal o un dígito.
También se proyectaron dos películas que conciernen el actual genocidio en Palestina: Hemshej (Julieta Lande, 2023), cine diario de exploración familiar sobre su directora judía argentina desentramando el destino de dos tíos suyos que emigraron a Israel durante la Segunda Guerra Mundial. Una película sobre las narrativas que cargamos para justificar la violencia: sobre el descubrir maldad en símbolos inocentes. También se organizó una función especial con el Comité Leonés de Solidaridad con Palestina de Of land and bread (Ehab Tarabieh, 2019), durísimo documental sobre la ocupación israelí en Palestina, proyectado en la segunda edición de Docu Film y cuyas imágenes incumbía revisitar.
Las películas de cierre fueron Human factors (Anna Dobos, 2023) y We want more in the land of unicorns (Xava Mikosch, Julia Polzer, 2023), vistazos de simulacros de la vida, tema irónico para concluir un festival de cine: otra especie de simulación. La primera sobre un programa que recrea situaciones críticas para equipos médico y de rescate, enfocándose en las cuestiones más plásticas y artificiosas de tales simulaciones como la preparación actoral de las supuestas ‘víctimas’ y los trabajos de maquillaje. We want more… continúa la tendencia del festival por cerrar con un filme divertido. Acá la pareja de directoras atienden a varias convenciones de distintas temáticas, que a su vez capitulan las etapas de la vida tradicional: desde el matrimonio hasta la muerte. Una cinta que sirvió como divertido y caluroso cierre a esta quinta edición del festival.
Lo más distintivo este año sin duda fue la presencia de talento internacional. Nos habla de un festival que, aunque aparente modestia, tiene pruebas palpables de crecimiento, de cada vez traer ofertas más ricas de actividades y presencias a una ciudad con muchísima hambre de cine. Y sin embargo, el festival se preserva familiar y fiel a sus intereses, ideales y criterios: una burbujita de cine en la que confiar y respirar.
