Estos tres conceptos siempre han estado interconectados, puesto que la música es una resultante de lo que la voz puede provocar y muchas veces se verbalizan los sentimientos o afectos que tenemos del mundo exterior (o quizá interior) a través de códigos como las letras, notas o símbolos.
Sin duda, para hacer música con letra es necesario un estímulo y en espera de que ocurra un proceso de comunicación en donde tendríamos un receptor o quizá un interlocutor. Para dejarlo más claro, es aquel estímulo que hace que un enamorado lleve serenata en espera de que la amada se asome por la ventana.
Hay música que habla por medio de letras y hay letras que se accionan por medio de música.
Haciendo un recorrido histórico de lo que significa la canción podemos encontrar que a las intervenciones de los solistas en la ópera italiana se denominan arias, que significa literalmente, aire. Me gusta imaginar que aquel aire es el que se escapa del sentir del personaje y que es algo muy individual, en cambio, lo que canta el coro en las óperas son comentarios desde una visión colectiva.
En el romanticismo alemán hay compositores que, inspirados en la corriente artística que provocó Goethe, hicieron canciones con sus poesías. A esto se le denominó lied, que literalmente significa canción, y era frecuente que en aquellas épocas de romanticismo se hicieran reuniones en salones donde se presentaban recitales para los amantes de la poesía y la música. En dichos recitales íntimos, se compartían las poesías y se cantaban canciones inspiradas en ellas.
Un viaje a Francia de finales del siglo xix nos hace recordar un movimiento literario muy interesante denominado «simbolismo». Esta corriente artística propone una renovación a partir de la libertad y despertar de los sentidos desde los colores como si de la poesía emanara música a partir de una palabra o, quizá, tan solo una impresión del mundo. Y varios compositores se vieron influenciados por esta corriente como Claude Debussy, Reynaldo Hahn, Gabriel Fauré, entre otros…
Para latinoamérica el eco del simbolismo llegó tan solo unos años después y uno de los poetas modernistas que llevó a cabo varios de sus preceptos fue Rubén Darío, quien hizo poesía como si se tratara de una composición musical. Tal es el caso de su Sinfonía en gris mayor donde color, música y ritmo se entrelazan en una danza caleidoscópica «En medio del humo que forma el tabaco».
Recientemente hubo una compositora que tomó un riesgo sin precedentes. En la obra Stripsody de Cathy Berberian, escrita en 1966, explora las posibilidades de la voz con sonidos representados por onomatopeyas tomadas de ilustraciones de cómics. Es una obra muy estimulante y cómica que encadena varias ideas con una grafía novedosa más allá de lo tradicional donde hay una porción de improvisación que requiere el interpretar la partitura.
Por último, una obra escrita apenas en 2010 del compositor Mark Applebaum nos hace repensar si existe una obra musical de voz sin canto, con letra pero sin poesía y de música sin instrumentos. Se trata de Aphasia, una obra que está creada para un ejecutante que utiliza un lenguaje de señas creadas para representar una pista pregrabada y que en su presentación se desdibuja la línea de quién podría provocar los sonidos, si el gesto del ejecutante o una intención previa.
Recomendaciones musicales:
Ombra mai fu - Haendel
Gretchen am Spinnrade – F. Schubert
Aquarelles – Claude Debussy
D’une prison – Reynaldo Hahn
Verde que te quiero verde – Amparo Lagares
Stripsody – Cathy Berberian
Aphasia – Mark Applebaum
