INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Carlos Orozco, existir para volar

Dejar huella desde la autenticidad, la música y la fotografía.
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Mafer Menag
Elegimos, casi sin querer, —como diría una canción— a la Escuela de Música de León como punto de encuentro para entrevistar al gran Carlos Orozco. ¡Qué mejor que un espacio donde se escuchan ensayos, notas de piano, de voz y otras melodías, en cada rincón, para enmarcar una conversación con un músico!

Las siguientes líneas te llevarán por la historia de un intérprete y fotógrafo, pero también por la de una persona que encontró su propósito de vida; ese que hasta el día de hoy hace que se le ponga la piel ‘chinita’ cada que lo relata, ese al que muchas personas aspiramos encontrar para —si se puede— vivir de ello o, por lo menos, para entender nuestro paso por el mundo. 

Los primeros años de Carlos transcurrieron en Comanjilla, un lugar donde no había cabida para el aburrimiento. Desde ese entonces algo que tenía en claro era su deseo de volar, de encontrarse fuera de órbita, por ello, ser piloto aviador era su primera opción por explorar. Sin embargo, la visita recurrente del fotógrafo tapatío Enrique Bostelmann (conocido por su obra con enfoque artístico que abordaba tanto problemáticas sociales como exploraciones conceptuales) le permitió preguntarse qué otros vehículos, literales o figurativos, le permitían volar. 

Y si una imagen de Bostelmann lo llevó a descubrir todo un movimiento social y a hacerle sentir un poco de lo que estaba retratado, también habría otras expresiones que le permitieran cruzar los cielos. Ahí entran, entonces, todas las veces que su papá ponía el acetato de La novena sinfonía de Beethoven, con la que cada fibra de su ser se estremecía y que le provocó preguntarse ¿qué es esto? ¿Qué fue lo que sonó? Así conoció la voz potente de los contrabajos. 

A los 18 años compró su primer bajo y de forma empírica comenzó a tocarlo, pero fue cuando su abuela le entregó un recorte de periódico sobre clases de música en una escuela ubicada a un costado del Parque Hidalgo, que su destino cambió. 

Cuando el Mundial de México 86 estaba en todo su esplendor, el joven Carlos —en complicidad con su abuela— se mudó a León para comenzar sus estudios de violonchelo en la Escuela Silvino Robles; y aunque todos en la familia tenían afinidad y gusto por la música, la decisión de irse no fue bien tomada por su madre, en un inicio. 

Para lograr este nuevo propósito, en las mañanas hacía y vendía tacos sudados junto con Doña Chelo (¿se fijan en esta curiosa polisemia? Chelo). Se iba de extremo a extremo de la ciudad con el único objetivo de tener las tardes libres para aprender y ensayar, además de aportar en casa. 

Aunque inicialmente fue un desafío profesionalizarse en música, dedicó años a perfeccionarse bajo la tutela de José Covarrubias, quien, además, se volvió una figura paterna para él. También aprendió bajo eléctrico con Mauricio Salinas, por lo que después de dos años descubrió que podía empezar a ganar dinero con la música y así comenzó a presentarse en bares de la ciudad por las noches o donde llamara la oportunidad. 

Dentro de estas oportunidades se dio que, por casualidad, fue parte del coro de una Iglesia y, por suerte, junto con Alejandro Alcázar creó Los caireles celestiales, que le permitió tener ingresos suficientes para seguir estudiando. Los contrataban, montaban un repertorio, acudían a las misas y se volvieron relativamente conocidos en la escena clerical.

Posteriormente, se unió a su primera banda, Zaiza, y más tarde a Trento, un proyecto de rock progresivo donde logró mayor exposición. Después se unió a Dies Irae, un grupo mexicano de metal melódico doom/dark con el que lanzó el álbum Etherea en 1996. Con ellos grabó primero en Guadalajara y luego logró despegar los pies de México para grabar en Suecia y regresar con una gira en su agenda. 

Aunque bien pudo conformarse con el éxito que le atrajo Dies Irae, su voluntad de volar también le permitió saber aterrizar para administrar y aprovechar cada oportunidad; cosa que hasta el día de hoy sucede. 

Tuvo presentaciones en diferentes ciudades, tocando boleros en San Pancho o en bares en Guanajuato; pero, dentro de los consejos que Carlos nos da, está el no clavarse en comparaciones y hacer lo suyo (con todo el bagaje y la sensibilidad que requieren las horas de vuelo). Esto le ha permitido volverse un integrante único en cada banda o lugar donde se presenta, para hacer lo que mejor le define: un ser sonante. 

Así comenzó a experimentar más con el tapping, una técnica un tanto alternativa para el bajo fondo. Dio paso a la composición e integró a su otra familia: la Chunky Family, un colectivo con el que fusionaba estilos musicales y con el que estuvo por aproximadamente siete años. 

Dentro de los momentos que recuerda con cariño con la Chunky Family están las presentaciones que ofreció en el Teatro María Grever y en otros puntos de la Ciudad de México; así como la creación del disco Dios con el hombre, basado en el libro de las confesiones de San Agustín, y En Azul Relax, en colaboración con diferentes artistas locales reconocidos. 

Durante la entrevista se pudo percibir la reflexión continua de considerar la inquietud como un vehículo de posibilidades y encontrar el valor en los momentos de incertidumbre como parte del crecimiento y la creación; además de desmitificar el amor romántico al arte y vislumbrar la importancia de equilibrar ambiciones artísticas con estabilidad financiera.  

“Tú eliges volar, vuélale o lo que elijas, pero creo que al final del día el sentimiento o la premisa de lo que realmente se está sintiendo, se llame como se llame, va a permutar; el punto es encontrar los vehículos, porque no nada más va a ser un solo”, comenta Carlos, quien hace unos días estuvo en Fenal con Canta Mamá, al día siguiente en Aguascalientes con su banda Melina, y al mismo tiempo se preparaba para presentar rock clásico en el Foro del Lago el siguiente fin de semana. 

Así se puede ver y escuchar el vuelo de Carlos tocando con sus brothers de toda la vida:  Víctor, Ulises, Manuel y Brian; así como lo ha hecho con Alfonso y André de Caifanes, con Leonardo de Fobia, con Daniel de la Gusana Ciega, entre otros. 

En su disco Moiras grabó con Michael Manring, bajista y compositor estadounidense, reconocido por su enfoque innovador y expresivo en el bajo eléctrico, o como mejor lo conoce Carlos, ‘Dios’. Así como con Manring, con Jeff Schmidt, con el productor Benny Faccone o la experiencia que le brindó Alonso Arreola; lo ‘de menos’ era grabar, porque todo el aprendizaje y la experiencia son lo que lo han llevado más alto. 

Carlos reconoce que volar se vuelve fácil, no sólo por las ciudades donde ha tocado, los discos que ha grabado, las personas con quién lo ha hecho o, incluso, las marcas con las que ha colaborado (como Fender, con quien trabajó durante 11 años), sino, también, por saberse feliz de hacer lo que más ama, estar agradecido por eso y tocar sus propias rolas. 

En cuanto a la fotografía, esa otra experiencia que en su infancia lo llevó por los cielos, permaneció latente. Esta disciplina siempre le interesó como otro vehículo, por lo que comenzó capturando imágenes de manera autodidacta en viajes, con una cámara que le regaló su esposa. 

Aunque al principio se sintió intimidado, experimentó libertad creativa a través de la lente —e incluso del celular—, y eso lo llevó a tomar talleres con Amílcar Jiménez, quien se convirtió en su mentor. Su primer libro de fotografías es La estética de lo encontrado, que combina imágenes con música por medio de códigos QR. 

Carlos defiende la paciencia, el autoconocimiento y la aceptación como pilares de su desarrollo humano y artístico. Y menciona que, desde ser profesor, tocar, grabar, colaborar, hacer del bajo su vehículo para trascender (no sólo por la música en sí, sino por las emociones y vivencias que compartió con los demás), es dejar una huella desde su autenticidad y el impacto positivo que crea en su entorno.

“La foto la siento en los chamorros, la música en la panza”, dice sobre sus pasiones, con las que sí ha volado y hecho volar a otras personas. 

Defender tu verdad y no avergonzarte de lo que eres es la única manera de dejar algo significativo.

Carlos Orozco.

Mafer Menag Mafer Menag

Mafer Menag es estratega creativa y narradora de historias que inspiran acción. Desde hace más de una década acompaña a marcas, personas, instituciones y proyectos a conectar con su comunidad a través de relatos auténticos, ya sea en palabras, redes sociales o experiencias que dejan huella.

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