Me encuentro con una pandilla de gatos al subir por la escalera:
uno de ellos tiene los ojos tristes, pero deja que lo acaricie;
el blanco huye al sentir mis pasos,
el gris me mira como si quisiera mi boca,
el mestizo eriza su pelo y enseña los colmillos
(sabe que tiene un poco de todos los gatos del callejón).
Pierdo la luz de la tarde correteando sus patas.
De noche todas las puertas me son tan familiares,
deambulo como ama de casa en el supermercado.
Decido llamarte para que me encuentres,
te niegas.
Sabes que si me dices que sí
pronto será la única palabra que pronuncies.
Una señora que salió a mirar las nubes
me señala las luces de los autos que brillan en el fondo.
Recuerdo que desde tu azotea puedo ver la autopista.
Por fin llego.
La lluvia me ha seguido,
entra por la puerta y comienza a desplazarse.
Corro a barrer el agua que de a poco va mojando el mosaico;
subo tus guitarras a la cama
cierro las ventanas.
Demasiado tarde,
tu colección de libros de Filosofía, escurre
así como lo hacen mis ojos porque no tengo cinco manos.
Cierras el puño, golpeas la pared, me amenazas:
“Para qué vergas te quiero, si no me ayudas”, dices.
Pienso en el gato mestizo
también tengo un poco de todas las mujeres que se callan
para que no las abandonen.