Hay algo en el arte que nos estremece. Muchas veces, sin que tengamos plena conciencia, el hecho de contemplar una imagen nos hace sentir cosas, estallar conmociones. No siempre son esas emociones ligadas a valores morales imperantes: bondad, belleza, valentía o victoria. La imagen nos puede hacer sentir tristes, degradados, ofendidos o asustados. En algunos casos, la belleza de la imagen nos lleva al otro extremo, nos genera nostalgia o angustia, miedo, o nos vemos ante nuestro propio fracaso. Lo mismo que esas pesadillas que nos hacen gritar por las noches.
¿Por qué la obra de arte nos hace eso? Hay múltiples respuestas y posiciones para ello. Pensadores como Deleuze, Lacan, Nietzsche o Platón encuentran que la representación es una forma de estar conectados como seres humanos. Otros, como Freud, Brentano o Schumann, observan que, el arte como el sueño, está marcado por una intencionalidad por parte del espectador y es a través de los objetos que externamos nuestra emoción. Hay otra posición distinta a ésta: Son los que apuestan por concebir el arte como un conjunto de reglas y que es a través de éstas que se obtiene la emoción específica que el autor desea darnos; los autores que hablaron de esto son Russell, Wittgenstein, Descartes, Carnap o Gödel. Una cuarta postura sería la que asocia la realidad, el entorno social y las interpretaciones que hacemos de ella, la que nos lleva a tener un punto de referencia sobre las cosas y fenómenos que percibimos; esta actitud la encontramos en los textos de Aristóteles, Bacon, Hegel, Marx o Gustavo Bueno. Sin embargo, entre cada uno de los autores enunciados aquí, existen diferencias abismales de lo que proponen y la manera en que se llega a la emoción que nos da la obra de arte.
En lo único que están de acuerdo es en que a los seres humanos nos emocionan ciertas cosas de una manera intensa. Y a eso se le nombra como sublime, que se le considera una grandeza capaz de llevarnos al éxtasis (entendida como máxima plenitud). Pero no todos sublimamos las mismas cosas: por ejemplo, más de una vez he llorado viendo una película o una serie, también hay canciones que canto a todo pulmón en mi casa o mientras voy en la bicicleta; y esto no es muy diferente a quien llora, da indicaciones al televisor o grita con un partido de futbol. Hay algo en esas cosas que nos mueven internamente y nos hacen sentir plenos.
En el caso del arte, según algunos estudiosos de esto, su valor está en la poesía que contienen. Habría que aclarar que lo poético no es sólo los versos escritos, sino el mensaje interno que el objeto nos transmite y estalla ante nuestra mirada. De allí que no es importante interpretar qué nos quiere decir el autor; por el contrario, dejarnos llevar por la emoción primaria que llegue a nosotros frente a la obra. Esto lo sabían con claridad tanto los dadaístas como los surrealistas.
Este tipo de cosas son las que se suelen discutir en la Escuela de Artes Visuales Antonio Segoviano, ESAV. Tanto en sus seminarios como en la licenciatura. Tratamos de saber qué herramienta es la mejor para hacer que los sueños sean posibles de compartir con otros.
