Gimme the power (2012), documental que paralela la combustión política en la discografía de Molotov con la historia sexenial mexicana, empieza con ese epígrafe. Este se puede leer de varias formas, según la época: en su momento me suena a un ácido halago: lo under, aquello que debía ocultarse por miedo a la dictadura mediática, ahora es un descontento fuerte y claro flotando en la superficie. Mirando hacia atrás, hace total sentido que Molotov se catapultara en el sexenio de Zedillo, el último priista previo al primer triunfo del PAN.
Por otro lado, leerlo 25 años después, habiendo el rock y bandas como Molotov recorrido sus transformaciones en el discurso público, el eco del epígrafe resuena burlón: porque ese underground de su momento, congelado, ahora es la opinión popular defensora del correcto arte: de ‘la verdadera música’. Emprendiendo batallas en boca de fans o de las bandas mismas contra el mainstream musical latino (reguetón y trap), defendiendo el ritmo que en algún momento ‘significó’ o ‘contó’ algo. Sin negar sus preocupaciones, cuesta no ver este tipo de posturas como la más reciente moralización del viejo-buen arte con el nuevo-decadente. Y Gimme the power, como varios documentales de esa camada a inicios del 2010, reafirman estas narrativas siendo celebraciones cinematográficamente planas; acomodadas a sabiendas de estar erigidas sobre la ‘buena’ época dorada (en su momento tan repudiada por la moral y ahora tan elevada por la misma). Según ese cine, el rock es una filosofía que ya no se vive: se rememora.
Para el cine mexicano, el rock se volvió un analgésico nostálgico desprendido del presente, como un fantasma, contradiciendo la veneración a aquella forma de vida entregada a las angustias con historias y mensajes reconfortantes. La oposición a lo correcto se vuelve en la manera correcta de vivir.
Cuando aún estudiaba la prepa, Güeros (2014) me dijo que “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción”. La película sobre un par de hermanos que recorren la CDMX en busca del moribundo rockero al que escucharon toda su vida en el casete dejado por su ausente padre, me hizo sentir que por ser joven yo ya era una fuerza del cambio, de lo revolucionario: mi mera forma de ser amenazaba todo a lo que me oponía. Las actitudes de los personajes, los elementos visuales prestados de la Nueva Ola francesa y esa odisea en una Ciudad de México atemporal por encontrar a aquel que “hizo llorar a Bob Dylan”, reforzaban este misticismo de la esencia juvenil, por naturaleza rockera y resistente. Me hacía sentir bien saber que había un valor innato en mí.
Somos Mari Pepa (2013) trata sobre los miembros de una banda punk que navegan por el verano. Algunos enfrentan problemas en casa, unos conocen el amor, otros empiezan a trabajar. El oasis veraniego los hace afrontar la incertidumbre de crecer, de que las cosas cambien. Pero al final, tras las pruebas y tribulaciones, el grupo puede juntarse a tocar una vez más en un tejado, celebrando que ahí siguen, jóvenes y unidos; Las Rancheras (2017) también va sobre un grupo de punk. Acá el vocalista quiere reconectar con su padre haciendo un cover rockero de una de las rancheras que le gustan: la unión de ambos mundos a través de la música consuela su fracturado lazo.
Las tres propuestas, a pesar de girar en torno al punk o de moverse hacia el rock, en el caso de Güeros, son películas tranquilizantes que terminan por apaciguar la ansiedad de crecer afirmando la valía del momento, conscientes de que éste cesará de existir, pero celebrándolo en lo que eso sucede. Su lengua y mensaje se suscriben a tendencias cinematográficas de festival, que al margen del cine popular han consolidado su propio status quo. El rock ya no lleva la contraria; el punk se volvió light, ya no existiendo el momento como negación del futuro sino para darle sentido al presente. También vale la pena anotar que las tres son películas donde los protagonistas se reconcilian con la figura paterna. ¿Significa rendirse pronto ante lo seguro o es admitir tempranamente la imposibilidad de nadar contra el río?
Otras propuestas como Esto no es Berlín de Hari Sama o Todas las pecas del mundo de Yibrán Asuad, que afrontan con mayor hostilidad a sus protagonistas, se sitúan de manera explícita en el pasado: la primera desarrollada en la escena contracultural de los 80 y la segunda en los 90 con maravilloso soundtrack rockero. Ese posicionamiento temporal nos sugiere que todo el caos y el desenfreno son experiencias a superar; algo que dejar en el pasado para crecer. Un cariñoso momento del que nos distanciamos para vivir una vida correcta. En esencia, el punk-rock mantiene su pureza repudiando la adultez, mientras los adultos lo defienden como a un viejo amor.
Es interesante fijar que desde los 50 y 60 las narrativas juveniles ya eran comúnmente acompañadas por musicalizaciones rocanroleras. Cintas como Juventud Desenfrenada (1956) o La Edad de la Violencia (1964), sobre juventudes descarriadas por malas amistades, pandillas y el crimen, ya se suscribían a la estética rockabilly teniendo un par de números musicales con bandas como Los Hooligans o covers de éxitos estadounidenses. Sin embargo, la presencia de esta música era conflictiva. Ambas películas obvian desde el inicio ser advertencias sobre los peligros que conllevan para los jóvenes esos estilos de vida. Entonces, si el rock era agrupado junto a esas problemáticas ¿acaso fungía como señuelo para las audiencias hacia las que se dirigía el mensaje o estaba ahí por mera popularidad? Con intenciones opuestas a las del ahora, el rock ya era parte de las encrucijadas morales entre la tradición y lo que la irrumpía.
Aunque el rock ya hacía ruido en la imagen, éste seguía separado de su forma cinematográfica. Fue hasta los 80 que el cine nacional experimentó un boom de cine rockero que abordó directamente el tema de las bandas, sus fans y filosofías con una actitud fílmica libre y despreocupada. Surgen filmes como la trilogía de la escena punk en Ciudad Neza: La neta, no hay futuro (1987), Nadie es inocente (1986) y Sábado de mierda (1988). Destaco esta última como precioso ejemplo de un cine que repudió la moralización y atendió a sus personajes con harta empatía: la cámara se desenvuelve junto a la pandilla Los Mierdas Punk mientras pasan el día jugando en basureros, yendo a tocadas nocturnas, enfrentándose a pandillas rivales, escapando de la policía y mirando el atardecer. Un cine interesado en vivir el punk antes que racionalizarlo: un cine sobre el momento para los que no creían en el futuro.
Otras ochenteras como ¿Cómo ves? (1986) y Un toke de roc (1988) trabajaron de manera juguetona pero pertinente la forma. ¿Cómo ves? estructuralmente, siendo un ir y venir de escenas entre conciertos de El Tri, Cecilia Toussaint y Rockdrigo y fragmentos ficcionados de la vida en una ciudad marginal. Un toke de roc, por otro lado, muda, exclusivamente sonorizada por sonidos de conciertos rockeros, narra en capítulos la historia de una chica que escapa de casa para vivir en una comunidad contracultural. Ambas entienden al rock no solo desde la música sino como una expresión que se puede manifestar en el montaje, en la cámara, en los personajes o en el paisaje. Un estilo que atraviesa la emoción, la plástica, la imagen y la manera de vivir.
Con el fin de la era rockera, dando inicio la postura popular que han adoptado varios de sus defensores y traduciéndose a un cine que va de lo nostálgico a lo dogmático, sería ingenuo anticipar búsquedas similares a las que sucedieron en los 80 sin sugerir que no existan. Una dulce balada punk monta un slam en cámara lenta, estirando el momento de caos para capturar los detalles que trascienden fugazmente. A través del cuerpo acelerado, el tiempo puede congelarse. El cine experimental sigue cultivando a contracorriente, siendo quizás el poco cine punk-rocker de pie. Mas otro par de documentales atinan al estado espiritual de la cultura. Nadie es inocente: 20 años después (2010), secuela de la Nadie es inocente de los 80, retoma la vida de Los Mierdas Punks a (obviado por el título) veinte años de su filmación. Algunos han elegido nuevas formas de vida, mientras otros se aferran a los ideales anarquistas de su juventud; otros, nos enteramos, murieron aún jóvenes. Soy yo Charlie Monttana (2020) explora la vida del icónico vaquero rocanrolero poco tiempo antes de su muerte —sin saberlo—. En él, vemos a un hombre que se comprometió hasta sus últimos días con el estilo que lo formó a sí mismo y a su carrera; también vemos sus tropiezos como padre, añorar los viejos tiempos y confesar el trabajo que le cuesta balancear su vida como rockero ahora que tiene una familia.
Esa quizás sea la nueva narrativa del rock-punk: la decadente; la que añora; la que tiene miedo. La que se dio cuenta de que no es eterna, pero es demasiado tarde para echarse atrás. La de crecer o nunca hacerlo. La de una promesa que quién sabe si fue cumplida.
