INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Foco y luz a la vejez

Mientras no estemos muertos, tenemos vida que disfrutar sin importar la edad y lo que se diga contrariamente.
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Tania Pérez
Es normal atribuir el significado de “los mejores años” a aquellos en los que nos percibimos jóvenes y llenos de energía, lo que por ende deja a la vejez en la clasificación de los no tan buenos años pero, ¿por qué? Si bien en muchas culturas a las personas con más edad se les considera las más respetables, en el occidente capitalista veneramos la juventud y negamos la vejez.

Es muy común, al prender la televisión, ver comerciales de tintes que ocultan las canas del bigote o, al abrir una revista, ver publicidad de cremas que prometen desaparecer las manchas de la edad, todo porque socialmente nos negamos a envejecer o, al menos, a que se note. 

Frases como “se ve más vieja” o “se le notan mucho las arrugas” suelen usarse de manera despectiva cuando se pronuncian, pero como escribió Paolo Sorrentino en su película La grande bellezza (2019): «Siempre se termina así, con la muerte», o sea que mientras no estemos muertos, tenemos vida que disfrutar sin importar la edad y lo que se diga contrariamente. 

Por ejemplo, aunque hay cierto tabú de hablar sobre la sexualidad de personas de la tercera edad, éste es un acto y deseo biológico que, pese a que se cree lo contrario, sigue existiendo. En el imaginario colectivo se tiene la idea de que con el tiempo baja la libido —tanto en hombres como en mujeres— y, aunque tomemos esta teoría como cierta, bajar no es sinónimo de desaparecer, pero por la alabación de la vigorosidad y elasticidad juvenil es raro que se hable públicamente de las complicaciones sexuales en las personas de la tercera edad, sus soluciones, o bien, sus cambios. 

Quienes no tuvieron reparo en poner este tema frente a la lente y en muchas pantallas de cine de nuestro país fueron Paz Alicia Garciadiego y Arturo Ripstein, guionista y director, respectivamente, de El diablo entre las piernas (2019), una película sobre un matrimonio que tras décadas juntos ya no distinguen la diferencia entre el quererse y el odiarse, actitud que los lleva a vejaciones y ataques de celos extremos, siempre alrededor de la tensión y el deseo sexual de ambos. 

Pero el sexo no es la única acción íntima que existe entre una pareja, en la película austriaca Amour (2012), de Michael Haneke, se muestran los cambios y complicaciones que sufre una familia cuando los padres comienzan a tener problemas seniles pero, desde la perspectiva del matrimonio protagonista, se representa la entrega incondicional, cuidados, ternura y paciencia que se tienen entre sí. Muestra contraria de la idea errónea pero generalizada que tenemos de que, con el avance de los años, las personas vamos perdiendo sensibilidad emocional. 

Porque es innegable que biológicamente existen algunos detrimentos en el cuerpo humano cuando llegamos a la tercera edad —o desde antes—, como los constantes chistes del dolor de rodillas que vienen por el desgaste general de articulaciones, la pérdida de fuerza por debilitamiento de huesos o problemas de salud que van apareciendo por una baja nutrición o cambio de rutinas. Y aunque esto pueda provocar bajar la intensidad o frecuencia de ciertas actividades que solían ser cotidianas, no significa que una persona de edad avanzada deba volverse un ser sedentario y aislado, aún así es lo que suele pasar en la adultez avanzada pero, principalmente, por una tendencia a orillarlos socialmente.

Ejemplo de eso son las declaraciones de líderes de opinión como Carolina Herrera, que busca ser impositiva y ridiculizar la imagen o estilos de personas mayores que aún gustan de vestirse según las tendencias, o bien, mantener una imagen personal que les caracteriza. La diseñadora y empresaria suele ser una voz fuerte y firme en cuanto a los temas de moda e imagen personal, por lo que declaraciones como “las minifaldas son para jovencitas, así como los bikinis”, pueden marcar statements sociales mucho más profundos de lo que podemos imaginar que suman de manera importante a la invisibilización de cuerpos y figuras no juveniles y estandarizados. 

Esto no sólo afecta al cómo se ve/vemos y se percibe/percibimos a la vejez en imagen, también son factores que ayudan a que otros temas relacionados con el avance de la edad sean ignorados de conversaciones familiares, sociales e, incluso, políticas; porque si llegamos a hablar de esto es a través de chistes sobre cómo alguien ‘chochea’ y no para discutir o solicitar legislativamente planes de pensión y retiro justos; o es más fácil en el humor mexicano hacer bromas sobre el uso de pañales que para hablar médicamente sobre cómo se puede prevenir o tratar la incontinencia. Así, la lista sigue y sigue. 

También parece un tabú, por la incomodidad que causa, el poner en las conversaciones públicas la exclusión y maltrato que sufren tan constantemente las personas en la vejez, desde que se les relega en situaciones laborales hasta los casos de abandono por sus familias en asilos o centros gerontológicos. Estos actos propician los contextos para que se den también innumerables casos de abusos y maltratos por sus propios hijos o personal contratado para, irónicamente, su cuidado. 

Todo esto pasa y seguirá pasando mientras no estén en el foco de las discusiones importantes las jubilaciones y todo lo que conlleva administrativa, física y psicológicamente; en las investigaciones médicas y la prevención o retardación de complicaciones por la edad, así como las sanciones, multas o penas por el maltrato físico, mental o monetario hacia la vulneración de los Derechos Humanos de personas de la tercera edad.  

Entonces, si bien existen casos populares de personas que no se han detenido por la edad, como la artista japonesa Yayoi Kusama (96 años) que sigue siendo un referente vigente en las artes visuales o el músico Iggy Pop que, con sus casi 80 años, no para de dar giras y conciertos aún con su notable problema de escoliosis; también es real que a la mayoría de las y los ancianos se les deja de ver como participantes activos en muchas actividades sociales, deportivas, académicas, artísticas, laborales e, incluso, íntimas, como si por los años cumplidos se hubiera eliminado su interés por la vida y no es así, probablemente sea por falta de empatía y paciencia de su comunidad, o por falta de recursos y apoyo, ¿te suena algo familiar?

Al final, todos somos responsables, en mayor o menor medida, de este imperfecto sistema que no se apega a una cultura de envejecimiento saludable, por el contrario, vanagloria la productividad antes que la calidad de vida y calidez humana, a lo que nos queda cuestionarnos: ¿podría hacer algo para combatirlo o evitarlo?

Tania Pérez Tania Pérez

Noctámbula, melómana, cinéfila, lectora y escritora; todo a medias. También soy comunicóloga con especialidad en periodismo de arte y cultura, por el programa PRENDE.

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