INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Jeff Tweedy: Retrato del artista obsolescente

¿Qué es lo mejor —o peor— de conocer a uno de tus ídolos? Esto le pasó al escritor Carlos Velázquez.
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Carlos Velázquez
¿Cuál es la función del artista una vez que su arte ha dejado de resultar trascendente?

Comencé a preguntármelo a raíz de escuchar el disco Cousin de Wilco. He seguido la carrera del grupo desde sus inicios. Una época fue mi banda favorita. Sin embargo, su música nueva ya no me emociona. No he podido conectar con sus últimos discos. Más allá del parámetro del gusto personal, y de mi percepción, que puede estar afectada por mil cuestiones, además de los cambios de toda índole por los que suele atravesar una banda longeva, es innegable que la música de Wilco ha tenido más bajas que altas del 2015 a la fecha. 

Hace unos años viajé a Dallas y conocí a Jeff Tweedy. Conocer es un supuesto, ya que el encuentro se redujo a un autógrafo, una foto y una pregunta: ¿Cuál es tu disco favorito de Bob Dylan? «John Wesley Harding», respondió. Tweedy estaba en la ciudad para ofrecer un concierto en solitario y había acudido a la librería The Wild Detectives a un evento: la firma de su biografía Let’s Go (So We Can Get Back). El propietario, mi amigo Javier García del Moral, que conoce el fanatismo que profeso por Wilco, me había invitado a lo que imaginábamos sería un momento especial. 

Mi impresión de Jeff fue negativa. No tanto por él como por su manager, quien se empeñó en meter el autobús de la gira en una callejuela del barrio de Bishop, lo que originó una situación bastante incomprensible y retrasó la logística del evento por un empecinamiento sin sentido, además de desatar varias interrogantes: ¿Por qué no vinieron en Uber?, la librería habría corrido con el gasto ¿Por qué no podía Jeff caminar veinte metros hasta la puerta trasera de The Wild Detectives? Y la más importante ¿Por qué no se rebeló Tweedy contra los deseos del manager? Estaremos de acuerdo que tampoco estaban trasladando a David Bowie. Y en caso de que así hubiera sido es probable que su majestad Bowie se hubiera portado más flexible.

Cuando terminó de firmar, el manager sacó a Tweedy por la parte de atrás con histérico recelo, como si transportara a la Monalisa y no al cantante de Misunderstood. Su conducta no era tan incomprensible, los fans somos una pesadilla. Si no lo haces a un lado te avasallan, pero la maniobra era un tanto exagerada. Tweedy, por su parte, se comportaba como un bebé en manos del manager. ¿Era el mismo tipo que presume en el libro que se pasó la mitad de su vida viajando en una van desvencijada y durmiendo en el piso de los departamentos que le salían al paso durante las giras?

Más tarde, mientras tomábamos una cerveza, le pregunté a Javier si había escuchado el último disco de Wilco. No me sorprendió enterarme de que su relación con la banda también se había desgastado. Lo que me interesó fue su aseveración de que no volverían a hacer un gran disco, no a la altura de Yankee Hotel Foxtrot o A Ghost Is Born. Pero lo que me intrigó todavía más fue que rematara su comentario afirmando que Jeff Tweedy lo sabía. De dónde sacaba Javier semejantes conclusiones. Uno puede predecir un evento, pero asegurarlo de manera categórica es otra cosa. Sin embargo, en los últimos años he constatado como su profecía se ha cumplido a cabalidad. Wilco ha sacado buenas canciones, no está a discusión, pero no un disco que sacuda, como ocurrió en el pasado, el templo del rock & roll. Aunque la crítica los ha tratado bien, la incapacidad de la banda para hacer un disco malo es proporcional a la de hacer uno bueno.

A partir de la charla con Javier comencé a percatarme del ocaso de Wilco al que aludía. Fue complejo. Sobre todo porque esa noche acudimos al concierto que ofreció Tweedy en solitario. Salí levitando del Majestic Theatre. Lo que consigue él solo con su guitarra es apabullante. Era la gira de Warm, un disco que me cimbró. Cómo era posible que con semejante logro artístico bajo el brazo el futuro de Wilco estuviera cifrado. Bob Dylan ha sufrido descalabros estrepitosos. Y más temprano que tarde ha salido de la tumba con un nuevo clásico. Pero bueno, el súper poder de renacer no puedes comprarlo en la tienda de la esquina. Y el renacimiento de Wilco sigue pendiente.

Después de escuchar Cousin, hice un ejercicio de recapitulación. ¿Cuáles habían sido las últimas canciones de Wilco que me habían calado hasta los huesos? La exploración en mi bóveda sentimental arrojó dos: I love my labelMessage from Mid-Bar. La primera es un cover de Nick Lowe. Ambas datan de 2011. Son lados b de The Whole Love. Si bien no es un disco que se ubique en un top cinco de la banda, contiene muchos momentos sublimes. Es un tanto experimental, sin embargo, arroja pistas de hacía dónde se va a encaminar el sonido de la banda: el predominio de lo acústico se acentuará cada vez más. Es una de las explicaciones que encuentro para que los últimos discos hayan perdido la garra: el paso al segundo plano, cuando estaba en el primero, de la guitarra de Nels Cline.

Desde 2011 Wilco, es decir Tweedy, ha mandado a la banca la guitarra de Nels Cline. Hay intervenciones, chispazos, aportaciones, pero son accesorias. En estudio, porque en sus presentaciones en vivo Wilco sigue dependiendo de la velocidad de Cline. En 2002 presentaron un proyecto ambicioso, pero malogrado, Cruel Country. Tras la publicación de Warm y Warmer, impecables, del Tweedy solista, el chabacano Schmilco de Wilco, y Love Is The King, también en solitario, se esperaba un regreso del Wilco guitarrero. En su lugar salió un disco doble que contiene dos grandes rolas: I Am My Mother y Cruel Country, pero que como álbum conceptual se quedó corto, como la trasnochada ópera rock de Billy Corgan.

En su biografía Tweedy enfatiza: “Wilco en este momento es realmente un colectivo artístico”, lo cual es un tanto mentira. En el libro explica también la manera en que arma las maquetas. Las trabaja con su hijo Spencer en casa y después las muestra a la banda. Si tienes a un monstruo de la batería como Glen Kotche, por qué supeditas ese trabajo a tu hijo. Fácil, porque es tu banda. De acuerdo, pero no digas entonces que son un colectivo porque el grupo no forma parte del proceso de creación. Y, sin ir más lejos, habría que preguntarle a Nels Cline qué opina de que sus aportaciones hayan menguado. Cuando todos sabemos que él es Wilco, que en su sonido recae la identidad de la banda. Tuve la oportunidad de decírselo en Guadalajara en 2023 afuera del Teatro Diana, mientras Tweedy escuchaba a unos metros montado en el transporte que lo llevaría a su hotel. Nels lo negó, pero la verdad es que sin él Wilco en vivo no sería Wilco.

En 2020 tuve la oportunidad de convivir con Tweedy una vez más. Presentó su biografía en español en la cafetería Freïms. Además, Wilco actuaría en el Teatro Metropolitan como parte de la gira de Ode to joy, otro disco en el que Nels Cline es un fantasma. Resulta interesante que en los encuentros de Tweedy con la prensa nunca intervenga otro miembro de la banda. Los periodistas, y no sólo ellos, también ciertos fans, están deseosos de interpelar a los músicos. Tweedy no lo permite. No quiero decir que sea un tirano, como mencioné antes, es su grupo y está claro que, a pesar de asegurar lo contrario, no le gusta compartir la atención.

Quién conozca su historia personal sabe que él mismo lo confiesa en el libro, tiene un doble trauma por el abandono que sufrió, primero por Jay Farrar como parte de Uncle Tupelo, y luego por Jay Bennet, ya en Wilco. En ambos casos Tweedy no se ha ido con las manos vacías. Dice en su biografía: “Entiendo el deseo de aferrarse a la idea de una banda. Crecí creyendo que una banda de rock era un feliz atajo de vagos que se cuidaban mutuamente y empezaban a comportarse como es debido para ofrecernos a los demás un arte hermoso. Pero eso es claramente ficción”. Lo que nos lleva a preguntarnos qué es Wilco. Más allá de la respuesta obvia de que se trata de su grupo.

A pesar de contar con uno de los discos canónicos del indie rock, Yankee Hotel Foxtrot, Wilco no es Pearl Jam ni le hace falta. Sin embargo, Tweedy, quien se describe a sí mismo como un “misántropo borderline, cincuentón, con incursiones en la fatalidad, entusiasta de las siestas”, nunca fue una figura con el resplandor del primer Corgan o de Cobain. Pero se comporta como tal. En los escasos minutos que compartí con él la segunda ocasión su autosuficiencia disfrazada de incapacidad para socializar se antoja a ratos impostada. Todos somos despistados, todos somos olvidadizos, pero él tiene más derecho por componer “Jesus, etc”. No se ofrenda como genio, pero hace todo lo posible porque reconozcas su genialidad a través de su actitud ambivalente.

En 2016 me tatué el nombre de Wilco en el antebrazo izquierdo. Aunque sus últimos discos ya no me producen escalofríos, es un recordatorio de lo significativa que fue la banda para mí durante una época definitoria de mi vida. En 2004 publiqué mi primer libro de relatos, después de años de no saber qué hacer con mi puta vida, con mi tiempo y con mi cabeza. El soundtrack que me acompañó los años siguientes a ese proceso, y que lo sigue haciendo, fue A Ghost Is Born. Al que considero, dejando mi historia personal con él, mejor disco que Yankee Hotel Foxtrot. Wilco no ha vuelto a ser el mismo. Tampoco han vuelto a trabajar con Jim O’Rourke. 

Quizá a eso se refería Javier cuando dijo que Tweedy sabía que nunca volverían a acariciar una cima como esa. Lo que me llevó a preguntarme qué factores habrían intervenido para levantar esa catedral de sonido. La respuesta la encontré en la biografía. Durante las sesiones de grabación de A Ghost Is Born, Tweedy sufría un ataque de pánico al día. Relata cómo entre dolores de cabeza, episodios de ansiedad, la depresión y los atracones de pastillas, entraba al estudio. El resultado de esa lucha puede palparse en los diez minutos cuarenta y dos segundos de guitarreo sin tregua en Spiders (Kidsmoke). Lo que a su vez me llevó a la vieja y bizantina discusión sobre el artista y su relación con el dolor.

En Let’s Go (So We Can Get Back), publicada en español como Vámonos (para poder volver). Acordes y discordias con Wilco, etc., Tweedy dice: “No creo que el sufrimiento sea necesario para crear un arte que valga la pena”. Sin embargo, sin la condición de Tweedy al momento de grabar A Ghost is Born es probable que los resultados hubieran sido distintos. Y no necesariamente para bien. La premura por terminar el disco para que pudiera irse a internar a una clínica dotaron al proceso de una adrenalina que no se hubiera conseguido con toda la calma del universo a su disposición. Tweedy defiende a capa y espada la idea de crear sin dolor. “Porque creo que los artistas crean a pesar del sufrimiento, no a causa del sufrimiento”, pero la realidad nos dice otra cosa.

Tiene razón en cuanto a que los artistas no pueden esperar a despojarse del dolor para comenzar a crear. Pero asomarse al abismo, por mucho que nos asuste, tiene sus recompensas. Y Tweedy hace mucho que no mira hacia el abismo. El último gran trancazo de la banda fue Sky Blue Sky, donde la guitarra de Nels Cline aún predomina y consigue los momentos más extáticos del álbum en canciones como Impossible Germany. Un disco con pretensiones country lleno de pasajes hermosos, pero sin atemperar la distorsión.   

Después, como dije, vinieron fogonazos, como One Wing, pero Wilco, tal y como lo conocíamos, ha desaparecido. Más de uno podrá alegar el derecho de Tweedy, y de todos en general, a cambiar de piel, a explorar otros caminos, sin embargo, falta un ingrediente, un componente esencial, ese que te hace sentir deseos de que en tu funeral toquen How To Fight Loneliness. Eso se ha perdido en las nuevas canciones, en los últimos discos. Mientras escribo esto escucho el ep Hot Sun Cold Shroud. Recién salidito. Y, ¡oh novedad!, no hay sorpresas. Canciones bien hechas, pero nada que me sirva para prenderle fuego a mis oídos.

Volviendo a la pregunta inicial: ¿Qué hacer con el artista obsolescente? ¿Dónde colocarlo? Siempre me ha preguntado qué dirección habría tomado Kurt Cobain si hubiera seguido haciendo música. Pero ¿y si hubiera convertido a Nirvana en Wilco? O peor, ¿en los Red Hot Chili Peppers post Californication? ¿O en los insufribles Smashing Pumpkins del presente?

La discografía de Wilco del A.M. a The Whole Love es casi impecable. Lo que viene después ni siquiera araña la grandeza obtenida en el pasado. Lo preocupante acá es que la lista de discos irregulares se está abultando demasiado. Llegará el momento en que sea más numerosa que la de los grandes discos.

Y es así como una banda que había significado todo para ti deja de resultarte indispensable. Y aquello que considerabas sagrado comienza a empañarse como un parabrisas bajo de la lluvia.

 

Carlos Velázquez Carlos Velázquez

Nació en Coahuila, en 1978. Es autor de los libros de cuentos Cuco Sánchez blues (2004) y La Biblia Vaquera (nombrado entre los libros del año en 2009 por el periódico Reforma). Según Sergio González Rodríguez «es el libro que el norte inventó para explicarse a sí mismo» y está llamado «a cambiar la recepción y la percepción de la literatura mexicana y sus aires de altísima cultura hecha de mausoleos» (suplemento El Ángel)), y que en palabras de Rafael Lemus, «es el producto más divertido e iconoclasta de la narrativa norteña» (Letras Libres). Velázquez recibió el Premio Nacional de Cuento Magdalena Mondragón y ha sido antologado en el Anuario de poesía mexicana 2007 del Fondo de Cultura Económica.