Este ‘corto’ se transformó en un fenómeno, que posiblemente ya se esté apagando dado que su momentum dependía del de otra película, cuyo momentum, a la vez, dependía de una transmisión de premios. Personalmente, a ambas películas les tengo mucha aversión. No obstante, el breve destello extra-cinematográfico producido por Johanne Sacreblu me ha dado para pensar un par de ideas sobre la manera presente de dialogar el cine y cómo, en general, se le piensa en su internauta y externauta espacio de encuentro.
La forma y los discursos muchas veces se piensan por separado. En inglés existe el término Forma Sin Sustancia, que sirve para criticar que una película priorice su plástica por encima de la historia o mensaje. Esto se tiende a rebatir diciendo que la Forma ES la Sustancia. En lo personal, sí creo que existen películas de plásticas prodigiosas pero vacías, que sin embargo, me es distinto a sugerir que la imagen y la esencia vayan por separado. La imagen es el principio y fin del cine. Si una película se siente vacía, no es porque priorice sus imágenes, es porque son malas.
Johanne Sacreblu está filmada con ese rancio lenguaje del corto estudiantil: planos generales y largos que dan paso a extensas secuencias de planos y contraplanos, con mal audio e iluminación, con uno que otro bosquejo de ideas mejor pensadas dejándose ver entre la monotonía. Pero, precisamente esa manera tan chatarra de filmar ha servido como argumento de Johanne contra Emilia: que, a diferencia de las pretensiones técnicas de Emilia Pérez que no gustaron, la cutrez de Johanne no le impidió ganarse a la gente. Su producción de guerrilla urbana, exprés y comunal (incorporando ideas de los seguidores de Camila), no surge de lo racional sino de un instinto por defender la dignidad cinematográfica del país, de devolver el golpe. Y esa defensa, por cutre que sea, al ser aplaudida (aunque el aplauso mismo sea un esfuerzo premeditado y no una reacción orgánica), demuestra que la forma y producción, independientemente de los estándares con los que se tiende a ver el cine, cobran sentidos por sí mismos que atraviesan toda la película.
Similar al cine-evento (esa categoría de cines como Marvel o campañas de marketing del tipo ‘Barbenheimer’ en 2023, que refieren a fenómenos cinematográficos que desbordan a las propias películas), actualmente la narrativa extra-cinematográfica de los filmes se ha potenciado a la infinitésima debido a las redes sociales. No es algo nuevo, pero se ha maximizado. Para lo extra-cinematográfico, la película es sólo una parte más de la estructura narrativa, que abarca desde los escándalos en set, las premiaciones, la taquilla, las redes sociales y personales de los participantes, quienes opinan sobre la cinta y lo que se opina de ella. Emilia Pérez no es tanto la historia del personaje titular, sino la larga historia de la peor arrogancia europea rozando con la defensiva del mexicano, en una época tensísima para nuestras relaciones exteriores. No es la historia de Manitas, sino de Karla Sofía Gascón y sus tuits, de Eugenio Derbez arrepintiéndose de su crítica, de la falta de actores mexicanos. Es la historia de las largas décadas de narco-violencia y su retrato en pantalla, es la historia del colonialismo y de los malos perdedores. Johanne Sacreblu, a su vez, no es la historia de personajes franceses estereotipados peleando por baguetes y ratas y demás, es la historia de la microscópica victoria de un país sometido por naciones más fuertes, es una especie de eco absurdo a la invasión francesa de 1861 y a la Guerra de los Pasteles; es la historia de David vs. Goliat, del underdog. No es esta la historia que yo personalmente leo. Para mí, es un desesperado enemigo simbólico, una victoria artificiosa sobre los males que más frecuentemente nos atraviesan (y no hablemos de política, el cine mexicano es el principal perpetrador sobre la violencia en las imágenes del país). No obstante, hasta mi propia narrativa existe más allá de las películas. Las bondades del mal cine se encuentran a la periferia de sus imágenes.
Hace poco se anunció la secuela Johanne Sacreblu. Ahora es más personal. Es una jugada recurrente en este tipo de fenómenos (pensar en los xv de Rubí): pasar del entusiasmo genuino a una zombificación de sí misma con participaciones del medio mexicano y todo. Se habla de extender el cortometraje a una película. El corto en sí ya fue transmitido en una cadena nacional de cine. El cortometraje cuyo espíritu activista se defiende con intensidad, en zancadas anticipadas, se hincha en un producto más del ecosistema del marketing, ya no cinematográfico. No obstante, hay visiones que no asumen como negativas estas expansiones del proyecto por el mero hecho de que el mensaje, la protesta, se hace cada vez más ruidosa. Que la difusión, aún cuando sea intervenida por entes comerciales tan por encima de la idea original, es buena en cuanto la idea lo siga siendo. Es una filosofía muy propia de la generación internauta, sobre la que me veo con y en contra según la ocasión.
Por un lado, me parece tremendamente forzado el estirar la vida de esta película en particular, no sólo porque me parece desagradable en sí, sino porque debe haber un punto en que el mensaje fue dado, haciendo de todo lo que le siga un regodeo de la tendencia en el que, más temprano que tarde, su insistido propósito será perdido. Puede ser una creencia del subconsciente: “lo bueno perdura”. Pero si TikTok y las redes nos han venido a enseñar algo, es que en lo efímero también hay delicias. La vida es una secuencia de instantes. Y que algo que bien pudo ser una carcajada y ahogarse como tal, se dé pie a seguir riendo hasta que nadie más ría con ella, me parece más un ejercicio de desgaste que de vitalidad cinematográfica. No obstante, a diferencia de mucho del fenómeno, lo que sea que depare a Johanne Sacreblu está por delante de este texto. Quizás el odio hacia Emilia Pérez esté más agravado de lo que creo (mi apuesta es que se desvanecerá poco después del Óscar). El cine tendencia, al final de cuentas, es el representativo de un ánimo transitorio. Johanne Sacreblu no me parece esté dispuesta a persistir, pues nace y se ancla de un estallido de emoción que, como tantos en la actualidad, no tardará en apagarse. Y eso está bien (pienso en peyorativa, mas como honesta filosofía).
