Hecho en China evoca producción masiva, calidad voluble, precios bajos y mano de obra joven mal pagada en talleres indiferentes y ruidosos; representa un vacío entre el cuerpo y la mente: el que sus productos se encuentren tan cerca del cuerpo y, a su vez, su origen tome tanta distancia mental sobre cómo empobrecemos esa frase encontrada en la mayoría de las etiquetas que leemos, volviendo en un chiste a los cuerpos que fungen como el pulso de su producción —pues se sabe del trabajo explotativo de los almacenes globalizados—; un síntoma más de la enajenación vivencial del producto franquenstein cuyos laboratorios repletos de ‘Igores’ reemplazables se extienden hasta realidades lejanas y maleables: por la ignorancia, por la culpa, por la impotencia. La moda fugaz: el desapego de aquello que a diario abraza al cuerpo.
En China, en la provincia Zhejiang, ubicada en el distrito Wuxiang, dentro de la ciudad-prefectura Huzhou, se encuentra el pueblo de Zhili, uno de los pilares de la producción de ropa infantil de todo el mundo. Catorce mil empresas dedicadas a este rubro trabajan en Zhili, llegando a producir alrededor de 2 mil millones de prendas infantiles al año, de mano de los 300 mil trabajadores textiles estimados que dan vida a la ciudad.
De 2014 a 2019, el documentalista chino Wang Bing se adentró en Zhili para filmar a estos trabajadores, lo que terminaría convirtiéndose en la trilogía Juventud (青春), constituida por Primavera (2023), Tiempos difíciles (2024) y Regreso a casa (2024). En Juventud vemos las jornadas de un extenso reparto de trabajadores, casi todos menores de 30 años, la mayoría provenientes de zonas rurales próximas, quienes trabajan por temporadas en los complejos habitacionales donde se localizan tanto los talleres como las viviendas comunales.
La rotación laboral es común pues los trabajadores no están formalmente contratados: se les paga por pieza producida en vez de jornada, lo que lleva a rutinas de trabajo desestructuradas y enfocadas en maximizar la producción en vez procurar la estabilidad de sus trabajadores. Rápidamente nos acostumbramos al monótono y saturante ritmo corpóreo y sonoro de las maquilas. Los talleres raramente no están acaparados por el ruido de las máquinas manipuladas por trabajadores cuyos movimientos vemos repetirse como mantra durante las 10 horas de trilogía, que rozan a emular las más de 10 horas que las jornadas de los trabajadores llegan a rebasar.
Cuando se toman un descanso para fumar, comer, ver el teléfono o coquetear, lo hacen en pasillos repletos de basura; los talleres rebozan de textil. En las habitaciones, las pertenencias se congregan en amorfas masas que dificultan saber qué es de quién. Hay una cualidad apocalíptica en estos escenarios sucios y abarrotados que a su vez es donde se desarrollan muchas de las interacciones entre los trabajadores. Uno de los muchos milagros filmados en Juventud es el brotar del romance juvenil durante las jornadas, ver cómo las relaciones iniciadas en los talleres pasan a visitar los pueblos natales del uno y del otro.
En Regreso a casa una de las escenas memorables es la boda de una de estas relaciones en el pueblo montañoso del novio. Por otro lado, también somos testigos de varias y extensas discusiones sobre la paga por pieza entre trabajadores y patrones. Hablamos de centavos de diferencia: los patrones intentan reducir los sueldos de un mercado cada vez más exigente mientras los trabajadores, en grupo, van y los enfrentan para mantener un sueldo —ya de por sí precario— lo más arriba posible. Hay un momento revelador cuando el patrón de uno de los talleres dice que él está en la misma situación de sus trabajadores y que, como dueño de la maquila, sufre más exigencias. Esta es una muy común y cansina excusa para la reducción de sueldos, pero también es ver el entorno igual de asfixiante en aquel mercado saturado, tanto de trabajadores como de talleres, donde el pequeño patrón tampoco se libra de la máquina de la que forma parte: una industria de cuerpos cansados.
Los lienzos de Wang Bing son enormes. Conocido principalmente por sus titánicas duraciones (algunas de sus películas superan las 10 horas que toda la trilogía de Juventud suma), aunque éstas se prestan como reto cinéfilo o a ser percibidas como pretenciosas y excesivas, el volumen de metraje que Bing filma está repleto de curiosidad y respeto hacia el peso que carga cada rincón y momento del mundo. Sus películas son retratos de generaciones completas definidas por escenarios concretos: distritos industriales, campos de concentración u hospitales psiquiátricos.
En sus obras más conocidas, la cámara se fija en las terceras edades que presenciaron la China del siglo XX y su transición al nuevo milenio: del Maoísmo al actual liberalismo en control del Partido. Por ende, tiene sentido que su gran épica sobre la distopía-textil en Zhili lleve el nombre de aquellos a quienes considera están siendo definidos por estos modelos de trabajo: la juventud que brinca de clavado al mercado laboral, sin educación, sin prospectos, luchando por centavos de sueldo, anclados a las disparidades de clase y geográficas y a las exigencias demográficas e industriales de su país. La juventud que, pese a la asfixia, encuentra espacio para el amor; disuelta en un mundo en donde el trabajo se vuelve casa, pero siempre está con ansías de volver al hogar. Una ciudad inundada por los excedentes de producción. El mismo punzante sonido en todas partes. Ropa de niños hecha por niños.
Me vengo a enterar que hay una cuarta entrega de esta saga que fue estrenada en 2017, mucho antes que la primera película. Se llama 15 horas y es la película más larga del director, acatando con la duración del título. Es una película hecha en un par de tomas en planos secuencias con los que filma una sola jornada en Zhili. Similar al flujo ya montado de la trilogía, Bing entra y sale de los talleres hasta toparse con un personaje para seguir su rutina, filmando mientras trabaja, descansa o mientras convive con otros trabajadores.
Al inicio pensaba en la distancia que hemos marcado entre las prendas que vestimos y los sitios y manos de los que provienen. Pienso en cómo Bing, con el prejuicio que acarrean las duraciones y temas de sus películas, en parte se suma a esa inabarcable idea que se tiene de China: un país intimidante, de desbordes; pero cuando uno finalmente se adentra en su obra, más que un ejercicio intelectual sobre sus universos, éste logra capturar aquello que solo el cine es tan elocuentemente capaz: un tiempo.
Cuando se filma superficialmente, las distancias se acentúan. La propia cámara se vuelve cómplice de la lejanía. Definir un espacio y su tiempo, como lo hace Bing, no borra esa distancia así como retratar un sistema no lo desmantela. Pero quizás esos vacíos, aquellos que se encuentran entre el cuerpo y su pensar, entre la etiqueta y las manos que se pinchan, al materializarse en la imagen y percibir en el tiempo de ésta el tiempo de una jornada, ese tiempo que espanta y que se prejuicia tan inclemente e innecesario en una película: solo cuando el cuerpo se aburra y agoté y miré su reloj y se pregunte una y otra vez cuándo será que la película termine, quizás parte de esos vacíos podrán ser llenados.

Título: Youth (Spring)
Género: Documental
Dirección: Wang Bing
Año: 2023
Duración: 3h 32 min
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