Abre sus diarios con esta ambigua anotación. No representa nada inusual, las imágenes ferroviarias eran comunes en esa época. Sin embargo, a una mente cinéfila le será inmediatamente remitida la legendaria función de L'arrivée d'un train à La Ciotat (Auguste y Louis Lumière, 1896) en que los espectadores se apartaron despavoridos cuando vieron el tren venir desde la pantalla. Los espectadores de Kafka quedan petrificados mientras que los de los Lumière esquivan consternados. Según sus registros cotidianos, Kafka se percibe como un cinéfilo tanto esporádico como apasionado.
El cine no parecía ser crucial en su vida, más cuando hace su aparición es comentado con gran interés y elocuencia. Interpretar pues su relación con el séptimo arte a esta distancia me parece un tanto forzado, justo como leer en ese primer pasaje una referencia a la película de los Lumière, cosa que solo haría un ojo contaminado de tantas películas. Las apariciones del cine en la vida de Kafka son tan claras como el impacto que registraba de ellas (en sus diarios y correspondencias). Por ende, en este texto coexisten dos voces en migajas: la de los pasajes de Kafka y breves meditaciones mías sobre ellos. ¿Qué distingue a la cinefilia del entonces con la del ahora? Al final de cuentas, Kafka sólo era un espectador más.
1911: Personas allí dentro como muñecos de cera fijados con las suelas de los
zapatos al suelo, al pavimento de las calles.
Entre finales de enero e inicios de febrero de 1911, Kafka atiende al Panorama del
Emperador, un aparato circular con gafas estereoscópicas, asomándose por sus diversas caras. Con esas gafas se podían ver fotografías tridimensionales de paisajes urbanos como el que describe en el pasaje. Compara estas imágenes con las del cinematógrafo.
Las imágenes tienen más vida que en el cinematógrafo porque permiten la contemplación sosegada de la realidad. El cinematógrafo proporciona a lo que contemplamos, el desasosiego de su movimiento, la calma de la mirada parece más importante.
La historia tecnológica es una aceleración continua del ritmo y angustia de la vida. En otros textos he descrito al cine como pausa, una burbuja que transmuta el frenetismo del entorno.
Pero en ese entonces Kafka cataloga al cine como un engranaje más de la aceleración, del desasosiego. La fotografía, antes burbuja, ahora se mueve como el mundo. Hoy, nuestra pausa es el desasosiego del ayer.
El zar, las princesas disgustadas de pie, bajo el sol, solo una de ellas,
delicada, entrada en años, cansina, apoyada en su sombrilla, mira al
frente. (1913) / Los enormes marineros, de anchos hombros
redondeados, colgados de las escaleras, se pegan al casco del buque
con un pie delante del otro y contemplan el espectáculo de allá abajo.
(1913) / Los caballos. El caballo blanco. El humo de la pólvora. (1912).
Bajo esa lógica del desasosiego, Kafka tiende a rescatar de las películas imágenes como estas; como espigas. Fragmentadas, veloces. ¿De qué forma nuestro cerebro procesa el cine? ¿Privilegiamos la sinopsis? ¿Colores, texturas, el ritmo y movimiento? ¿O sigue siendo un conjunto de destellos? ¿Qué es el cine en nuestra memoria? En la mía, por ejemplo, puede ser una mano, un amigo, un texto o un momento.
10 de septiembre (1911): Y ya estamos hechizados ante la pantalla temblorosa
deslumbrantemente blanca. Nos golpeamos con el codo el uno al otro. “Oye,
aquí los cines son mejores que los de casa”. Por supuesto, en París todo tiene
que ser mejor.
Esta es una anotación de Max Brod, íntimo amigo de Kafka, sobre una vez que estuvieron en París. Era la época en que la Mona Lisa había sido robada. Fueron al Louvre a presenciar su ausencia, convertida en atractivo turístico por el propio museo. En el cine, se transmitió una recreación sensacionalista del robo. La coalición tan inmediata de aquellas épocas entre la realidad y el cine me parece interesante. Poder ir al Louvre a ver el resultado del crimen para después en el cine ver su ejecución con grandilocuencia. No eran sólo los reportajes que se proyectaban en la sala cuando aún no existía la televisión: eran noticias trabajadas desde el artificio cinematográfico. Algo que en práctica se puede sentir anticuado, pero en teoría sigue vigente. Contrario a la perspectiva del cine como escapismo, al día de hoy, seguimos volviendo la realidad en entretenimiento. El crimen grandilocuente.
Septiembre (1913): (...) No me ocurre nada que me conmueva en lo más
íntimo. Esto es así aunque ayer llorara en un cinematógrafo de Verona.
20 de noviembre (1913): He ido al cine. He llorado. “Lolotte”. El cura bueno. La
pequeña bicicleta. La reconciliación de los padres. Entretenimiento sin límites. Antes,
una película triste, “Catástrofe en el dique”, después una divertida, “Por fin solo”.
Estoy completamente vacío y perdido, el tranvía eléctrico que pasa tiene más sentido vital.
En estas dos ocasiones Kafka menciona llorar en el cine. Atraviesa una crisis. ¿Alguien ha pagado una entrada del cine solo para ir a llorar? El espacio es idílico: un asiento a oscuras frente a una ruidosa pantalla. Privacidad compartida. Destaco la segunda entrada, donde hila monótonamente lo interno con lo externo. Esas veces en que el abrumar lo ahoga todo.
Entonces, el cine, que puede significar reposo, pausa, emoción y libertad, se vuelve parte del tedio. Ya no irrumpe. En malas épocas, me he llegado a entumecer frente a la pantalla.
Al salir, nada ha cambiado.
23 de octubre (1921): Por la tarde, película de Palestina.
Penúltima entrada sobre cine. La película es Regreso a Sión. La ve en una proyección para la comunidad judía de Praga. El documental muestra la construcción de la Palestina judía (el
proyecto de Israel) en manos de los pioneros sionistas. La película produjo un fuerte ánimo en los espectadores. A Kafka, el viaje a Palestina le parecía el camino idílico como judío, más nunca lo pudo realizar. Esto fue antes del Holocausto, cuando el antisemitismo en Europa empezaba a hervir; hace más de cien años. Hoy sucede el genocidio palestino, y ese pasaje está maldito.
Enero (1924): (En Berlín) soy todo un animal doméstico. Ni siquiera sé nada
del cine, aquí se entera uno de poco, Berlín fue pobre durante mucho tiempo,
hasta hace poco no pudo comprar la película “El Chico”. Hace meses que la
pasan aquí…
Kafka muere en junio de ese mismo año. Este es su último registro de cine. Cuando hablas y escribes y piensas mucho sobre películas, teorizas sobre cuál será la última que mirarás o sobre la que escribirás. Aunque sea melancólico y ominoso, hay suerte en cerrar con Chaplin, aunque sea en ojos ajenos.
Claro que hay más por pensar en estos pasajes, pero que eso quede entre ustedes y las líneas: solo compartimos el cine y su contagio. Hay destinos mejores que otros.
Nota al lector o lectora:
La información y traducciones de todas las entradas las recabé del libro Kafka va al cine (Minúscula, 2008) de Hanns Zischler.
