Doña Clara, ¡vaya mujer!… ochenta y siete años y todavía con los pinceles en la mano… el lienzo en blanco, siempre un desafío… las manos le tiemblan, claro, pero el ojo… ¡El ojo sigue vivo!… ve lo que nadie más… las amapolas rojas de su infancia, esas que crecían en el campo de su abuela… allá en el pueblo olvidado… donde el sol quemaba la piel y las risas eran libres… el polvo en los zapatos, el canto de los pájaros… todo eso lo guarda…
Se sienta frente a su caballete… la luz del mediodía entra por la ventana… un rayo tímido… ella lo atrapa… lo hace suyo… siempre lo ha hecho… pinta con furia, con ternura… los pétalos rojos se derraman en el lienzo… rojos como su sangre, rojos como su rabia… porque Clara no se doblega… nunca lo hizo… ni cuando le dijeron que las mujeres no pintan… que las mujeres no sueñan… que las mujeres envejecen y se apagan… ¡mentira!… ella es una amapola… frágil, sí, pero erguida… resiste el viento, resiste el tiempo…
El pincel cae… otra vez… las articulaciones ya no responden… pero Clara no llora… no… se ríe… una risa seca, llena de vida… se acuerda de su amiga Lupe… Lupe, que también pintaba… Lupe, que se fue hace diez años… las dos se prometieron no rendirse… “Pintemos hasta el final”, decían… y Clara cumple… por las dos… por todas… por las voces que callaron… por las manos que temblaron… por las mujeres que lucharon en silencio…
Las amapolas de su lienzo no son sólo flores… son ella… son Lupe… son las mujeres que nunca se rindieron… rojas, vibrantes… en medio de la vejez, el arte las sostiene… Clara detiene el pincel… mira el cuadro… ve su vida ahí… los años duros, las lágrimas escondidas, las victorias pequeñas… pinta una amapola más… una que brilla… como un grito… como un adiós… como un comienzo… suspira… “No caigo todavía”, murmura… y el sol la abraza… como siempre… como si supiera…