En el (hace unos cuantos años) lejano 2019, cuando popularmente nos referíamos a la inteligencia artificial como bots, el usuario de Twitter @KeatonPatti compartió un experimento realizado con uno de estos al que “forzó” (palabra utilizada por Keaton) a ver películas de Batman por más de mil horas; después le pidió que escribiera un guión propio del personaje. El resultado fue un comiquísimo licuado de tropos batmanescos esforzándose por hacer sentido. En las primeras páginas del guión, compartidas por el usuario, se pueden leer pasajes como:
INT. BATICUEVA TRADICIONAL
BATMAN sentado junto a su batimóvil usando su baticomputadora. A veces es Bruce Wayne, a veces Batman. Huérfano por siempre.
O como cuando tras una explosión inesperada, el Joker hace aparición en la baticueva:
EL JOKER:
Estoy desquiciado. La sociedad es mala. Tú bebes agua, yo bebo anarquía.
BATMAN busca a sus padres, pero estos siguen muertos. Esto lo hace enojar. Dispara un baticohete. El Joker lo esquiva con su gran sentido del humor. Una movida de lo más payasa.
Si la intención del bot fue parodiar al personaje, el texto está logrado de sobra; si lo que buscaba era emular las sensibilidades con las que en ese entonces considerábamos a Batman, el fallo es estrepitoso. Aunque claro, el bot no hizo más que lo que se le dijo: recopiló una serie de datos y patrones que le fueron proveídos, las interpretó a su manera y les dio la forma que se le solicitó, pero si éste pudiera sentir, ¿se reiría de su creación junto con todo mundo o se ofendería por no tomarnos en serio su gran obra?
Ahora, cuatro años después, el recorrido del cine comercial me hace pensar en aquel maravilloso guión de Batman escrito por el bot y lo mucho que se asemeja a varios de los fenómenos taquilleros recientes.
“Parece hecho por inteligencia artificial” ha sido la frase adoptada para señalar el vacío de las producciones híper-industriales, que sumándole a los tropiezos que podrían llegar a tener sus guiones, apartado visual o personajes, resaltan porque sus momentos de catarsis no dependen de un mérito narrativo, sino de símbolos con los que la audiencia ya tienen relación: ejemplo son los tres Hombre Araña en Spider-Man: sin camino a casa o todo el contenido Nintendesco de Super Mario Bros. La película, donde por mera correlación entre “objeto conocido” y “emoción previamente experimentada” las películas cortan atajos para producir una conexión emotivamente plástica. En papel, no suena lejos al vómito batireferencial del bot en 2019.
Esa aparente falta de cuidado y creatividad por el arte (o siquiera el producto) son las que llevan a deducir las películas como fruto de un proceso automatizado. Entre bromas y conspiración, hay sospechas de que varias de las cintas en cartelera ya han implementado este tipo de tecnologías. En este preciso instante, el Gremio de Escritores de América (WGA, siglas en inglés) se encuentra en huelga, y una de sus varias demandas es la regularización de la inteligencia artificial para la guionización tanto de películas como series.
Se ha bromeado con que no habría mucha diferencia entre un guionista real y una IA tomando en cuenta la calidad de varias películas a escala comercial. Justamente que la distinción entre guión humano y guión automatizado se esté diluyendo dice mucho sobre las grandes producciones y el moldeamiento de las tecnologías: el cine comercial lleva años sintiéndose vacío, mucho antes de la llegada de la IA avanzada: ¿qué podemos recabar de la homogenización entre el cine humano y el cine robotizado? Que la tecnología no viene a transformar el modelo: viene a acelerarlo. Que en las grandes ligas, la tecnología no pretende revolucionar al arte, sino deformar su labor. El cine que esté hueco, seguirá hueco, pero ahora será vaciado por máquinas y no personas. La singular torpeza del guión de Batman hecho por el bot en 2019 no va a traspasarse a la pantalla: será refinado hasta volverse en el tipo de productos que ya acosan el espacio de la sala: referencia sobre referencia; símbolos caníbales.
Vuelvo una vez más al guión del bot pensando justamente en lo acomodado e indeseado: como esa plasta de bromas, situaciones y emociones canónicas de Batman que tanto parecía chiste, ahora tienen presencia en películas cuyo mythos implora compromiso. No obstante la forma en que la IA procesa esas historias, tan atractivamente boba, es rechazada justo por no cumplir con la horma de la hegemonía cinematográfica. Personalmente creo que de las cosas más interesantes que nos ha venido a traer la IA en cuestión de arte, es esa intersección entre desear ver nuestra realidad a través de algo ajeno: algo nuevo. ¿Una nueva mirada?
Como los tajos emotivamente inapropiados de Batman sabiéndose eterno huérfano y buscando a padres muertos, también podemos pensar en las manos deformes de las imágenes generadas por programas como MidJourney; podemos pensar en la perturbadora y hasta surrealista expresión de su imaginario; podemos pensar lo que le es no-interpretable. Cuando un artista se aprovecha de estas nuevas posibilidades, del choque de dos mundos, dos creadores, surgen cosas maravillosas.
En la edición 2022 del Festival Internacional de Cine de Guanajuato, en su sección experimental, se proyectó el cortometraje Backflip (2022) del ruso Nikita Diakur, película de diez minutos sobre un avatar digital del propio director aprendiendo a hacer un mortal con aprendizaje automático. Los primeros minutos de la película, la sala se la pasó riendo viendo al muñeco pixelado intentar siquiera mantenerse de pie; minutos después, ya pudiendo equilibrarse, el avatar daba sus primeros brincos con resultados catastróficos, colisionando docenas de maneras distintas, todas cómicas; cuando aprende a dar saltos, uno nota que los intentos del avatar por realizar un mortal se parecen cada vez más a los de un humano. Y, a pocos minutos del cierre, por primera vez, el avatar logra un mortal, un tanto oxidado, pero logrado. Después logra otro. Después otro. El siguiente mejor que el anterior. Y cuando los créditos corren, el avatar es un experto de los mortales que no para de dar vueltas y vueltas y vueltas hacia atrás. En diez minutos: la tecnología, el futuro, un nuevo lenguaje, las nuevas posibilidades y la incertidumbre.
Aunque Backflip me parece el ejemplo más deslumbrante de la cruza entre lo humano y lo artificial, en varias redes sociales se pueden encontrar experimentos que implementan estas tecnologías. Cortometrajes de ciencia ficción producidos por IA como Last Stand (2023) de Hashem AI-Ghaili que logra trazar una narrativa bastante coherente y adepta a los códigos del género con un estilo visual de renderizados 3D un tanto chuscos pero efectistas para la trama; la mezcla de metraje cárnico y animación rotoscópica tipo ánime del canal Corridor Crew titulada ANIME ROCK, PAPER SCISSORS (2023), proyecta las posibilidades que esta tecnología representa para el mundo de la animación; o los guiones de distintos géneros escritos por IA publicados al canal de Netflix en YouTube, como La primera película de terror escrita completamente por bots (2022), que se asemeja tanto a la cómica-magnética-desatinada del guión de Batman, que para este entonces podríamos catalogarlo como una nueva forma de comedia.
En el esfuerzo tan desesperado de las grandes productoras por acoplar los inhabitados horizontes tecnológicos a las restrictivas formas del cine hueco, nos aleja de apreciar la desconcertante y fascinante nueva mirada que habita el mundo. Sí, me decido finalmente por el atrevimiento: la inteligencia artificial tiene mirada. Una nueva mirada. ¡Que esa afirmación genere escozor! ¡Que la antropomorfización del sistema escandalice! ¡Que reconozcamos a nuestra creación y su lugar! ¡Que empecemos a cuestionarla en su totalidad: como proceso, como realidad, como ente! Y que plantemos la duda de si su mirada puede existir por sí misma. Si puede mirar más allá de la herramienta; si podemos verla como algo más que la herramienta. El ojo del cine nace entre el ojo humano y el de la máquina. ¿Qué pasa cuando la máquina empieza a ver por sí misma?
Lo que distingue a todas las miradas recae en lo que pueden y no ver. Las vislumbres. Las cegueras.
