INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

La soledad de los créditos

Detrás del cine, la comunidad, el colectivo trabajando en equipo.
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Miguel Domínguez
Millones de ojos recorren una imagen, millones de imágenes nacen. Cada una manufacturada por manos, orquestradas por voces, alzadas por equipos de obreros. La suma de cuerpos escondidos se descubren al final de la película en esa escalera de nombres ignorados, subiendo indecorosamente mientras todos abandonan la sala. Si los créditos hicieran ruido, sonarían como el viento.

Comparada con su prima, la fotografía, que nació solitariamente en el patio del científico francés Joseph Nicéphore Niépce (Vista desde la ventana en Le Gras), al cinematógrafo lo estrena La Sortie de l'usine Lumière à Lyon (1895), con trabajadores saliendo de una fábrica mientras son filmados por los hermanos Lumière, como presentándose en nombre del cine; modelando para el futuro. El cine comenzó con un grupo y un par de hermanos.

Si se considera por tecnicismo que la primera película es El caballo de Muybridge (The Horse in Motion, 1878), la colaboración es transespecie: el hombre apoyado de otro hombre que se apoya del caballo. El experimento que ansiaba comprobar si existía el momento en que el caballo no toca el suelo mientras corre fue realizado con varias cámaras, cuyas fotos en secuencia crearon por accidente la ilusión de movimiento. Para que una imagen se mueva varias deben trabajar en equipo. 

Ya desde su génesis el cine tenía varios caprichos: que si la proyección, que si la música en vivo, que si el transporte de la cinta, etc. Muchos de estos trabajos no terminaban dentro de la película aunque fueran indispensables para cumplir con su objetivo: ser vistas. 

Sea de manera simbólica o práctica, el cine siempre ha sido un trabajo en equipo. Se nos obvia en los créditos finales de cada película con todos los nombres, departamentos, productoras y demás entidades que prestan de sí para que el proyecto se realice. Desde la más estudiantil producción entre amigos hasta el más codicioso proyecto de una major, el peso del cine tiende a ser demasiado para una sola persona. Pero los lazos que sostienen la imagen no solo existen a nivel producción. Como concepto general del arte, la obra depende tanto de quienes la crean como de quienes la experimentan. La imagen y la mirada. Entonces, el ojo de las audiencias se vuelve la meta final de la película, ahí es donde sucede la magia. A pesar de ya estar concebida, la imagen vuelve a nacer. Dos partos del mismo hijo.

Sin ser de mi agrado, la reciente Babylon (2022) plasmó ese nacimiento doble con extasiante esmero: en el desierto de Los Ángeles donde se filmaba el cine mudo, vemos los herculianos esfuerzos para conseguir “la toma”: no depende solo del un director, ni del fotógrafo, ni de los actores. Depende de toda una red de carne cuyos músculos trabajan unísonos para que una imagen nazca. Un parto largo y angustiante. Más adelante, cuando una de las actrices (Margot Robbie) va a verse a sí misma a una sala de cine, presencia su rostro en silencio junto a cientos de ojos cautivados. El segundo parto. Poco cine comercial ha logrado plasmar tan pasionalmente el cine como producto colectivo (lástima que el resto de la película se desinfle estrepitosamente). 

Otras películas pretenden en forma de cuasi-protesta iluminar la naturaleza colectiva del cine. Caso perfecto reciente es Tár (2022) que peculiarmente abre con los créditos finales en reversa, empezando por los puestos menos reconocidos a los más memorables, forzando a la audiencia a verlos en su totalidad (quizás por primera vez para muchos). Esto hilado a su disección de las figuras de poder mediático en el mundo del arte. Su comendable esfuerzo terminó ironizado por el discurso público centrado en dos nombres: el director Todd Field y la actriz protagónica Cate Blanchett.  

He de admitir que tampoco recuerdo los demás nombres en los créditos. He de admitir que me salgo de la sala antes de que terminen. He de admitir que los grandes nombres me ilusionan. Cuando los aparatos mercantiles insisten en la iconización de unos cuantos, es difícil darle su debido peso al esfuerzo grupal. Es la obsesión con los ídolos y su embrujado deslumbrar: volvernos ese nombre único e importante. 

La imagen es sagrada. Quienes le pertenezcan naturalmente serán más reconocidos. El director la orquesta; los actores la habitan; el fotógrafo la captura. Las giras promocionales tienden a definir qué posición harán más ruido en el proceso promocional, periodo definitivo para las perspectivas de audiencias. Ejemplo sería 1917, donde se debatía si la carga directoral la tuvo el director Sam Mendez o el fotógrafo Roger Deakins al promocionarse tanto el trabajo de cámara. Los actores, por otro lado, son los que casi siempre se roban la atención. Existen afuera y dentro de la pantalla, estando en contacto directo con la audiencia. Son el magneto ineludible de la imagen, el componente estrella.

¿Pero en dónde quedan los editores, o el sonido, o el guionista, el de diseño de producción, los de maquillaje, vestuario, peinado, los encargados de la iluminación, quienes corrigen el color, los equipos de efectos especiales y todos esos nombres que pasan ignorados frente a asientos vacíos?

Lo que no se ve, no existe. Cuando los créditos corren, nadie los ve.

Materiales como los detrás de escena destruyen la ilusión. Los directores y actores están rodeados por decenas de personas. Peter Jackson es solo uno de los que hicieron posible El Señor de los Anillos (2001, 2002, 2003); James Cameron es solo uno de los que hicieron posibles las texturas de Avatar; Scorsese es solo uno de los que hicieron tan violentas sus películas. Que no se entienda como si el engaño fuera sostenido por los ídolos: la grupalidad la enterraron los mercadólogos y publicistas. La puedes encontrar en los “extras” de tu DVD más cercano.

Cualquier filmación es un bellísimo recordatorio de esto, sobre todo de producciones minúsculas. Sería ridículo como director asumir el esfuerzo de un grupo en el que todos aportaron al producto final. La ausencia de alguno transformaría la película. Que el peso de la colaboración termine recargado en los hombros de un solo actor, o director, o guionista, o productor, o editor, o fotógrafo, es solo un anuncio más.

Con la reciente fijación por las tecnologías de Inteligencia Artificial, han surgido varios debates sobre la democratización del arte. Sobre robo e inspiración, creatividad y velocidad. La tecnología parece estarnos moviendo al individualismo por varios caminos y de varias maneras. El arte siendo una de ellas; el cine incluido. No hace falta voltear al futuro para ver las posibilidades. Varias corrientes de cine digital han dado pie a multitud de producciones individuales. Desde cine experimental, animaciones de una sola mano y, si somos flexibles, el ecosistema de YouTube son trabajos audiovisuales que ya no requieren de grandes equipos. Con la potencia tecnológica vislumbrando al horizonte no es difícil imaginar un arte cada vez menos colectivo, más inmediato y narcisista. ¿Será eso malo? ¿Habrá créditos en el futuro? ¿Habrá menos jerarquía? ¿Habrá tantos cineastas como los habrá espectadores? ¿Acaso ya vivimos en esa época? ¿Estaremos todos en la cima de la colina o la habremos aplanado con nuestro peso? ¿Existir en la planicie nos unirá o el cine se avecina sin compañía? A todo esto: quién sabe.

Miguel Domínguez Miguel Domínguez

 Nací en Lázaro Cárdenas, pero llevo 7 años siendo leonés. Escribo sobre cine a pesar de espantarme con Shrek cuando era niño (¿o debido a eso?). Mención honorífica del Sexto Concurso de Crítica Cinematográfica del Festival Internacional de Cine de Los Cabos. El tomate es mi comida favorita.