En los años 70, el cine en sí mismo se convulsionaba ante las vanguardias que desde hace una década efervescían en Europa y el cine de Hollywood buscaba también una revolución en sus narrativas y sus formas de abordarlas. El cine de gánsteres se había constituido en sí mismo como un subgénero de alto éxito desde la década de los 30, muchas veces con tintes hasta propagandísticos, en tiempos en que la violencia de la vida real en las calles de Nueva York y Chicago con personajes como Al Capone acaparaban las primeras planas de los periódicos y despertaban la morbosa curiosidad de los grandes públicos lectores.
El cine se colmó entonces de historias en los que los G-Man, los incorruptibles agentes del gobierno luchaban contra las fuerzas criminales, desalmados asesinos capaces de hacer cualquier cosa por poder y dinero. Aquellas narrativas brindaban una mirada exterior sobre el mundo del crimen, aquella del bien contra el mal.
Las audiencias, cansadas de la sobreexplotación de tales narrativas que habían llevado a ese cine a una especie de hartazgo popular, encuentran un brillante futuro en aquel movimiento de jóvenes cineastas conocido después como El Nuevo Hollywood. Una enorme página de aquella nueva historia del cine se escribe en el momento en que Francis Ford Coppola se encuentra con las páginas de El Padrino, bestseller del también italoamericano Mario Puzo, narración en la que el crimen no es aquella fuerza del mal que debe ser combatida por los ángeles del gobierno ataviados como agentes federales, sino que esta vez la historia surge desde el interior de una familia criminal, como una sociedad en sí misma que se abrió paso ante una marginalidad obligada por la propia América a los inmigrantes.
La película de Coppola pasa a la historia como una adaptación cinematográfica brillante, perfecta, que encalló con tal fuerza en la cultura popular que a partir de su historia, la Mafia comienza a ser nuevamente el objeto de obsesión de cientos de historias más, cimentándose como un canon esta primera entrega de una trilogía sobre una familia, del auge y caída de un imperio. Narrada con un lenguaje audiovisual sobrio que da la espalda a los fastuosos decorados o la artificialidad de la luz y la sombra en la fotografía del Hollywood clásico, para a través del lente de un brillante Gordon Willis que abraza a la naturalidad de la oscuridad misma detrás de la cual la familia Corleone mueve los hilos, anclándose al poderoso leitmotiv musical compuesto por Nino Rota, sonando esta vez con un cierto despojo del barroquismo italiano de sus composiciones para el cine de Fellini, entregando notas profundas, con referencias a formas musicales propias de los orígenes sicilianos de los Corleone, sin dejarse caer en estereotípicas mandolinas o acordeones.
Es sin duda tal poder de lenguaje cinematográfico empleado en la obra lo que le brindó la gran fuerza para convertirse en una pieza icónica de la cultura universal mucho más allá de las barreras generacionales. Este 2022, a cincuenta años de verse por primera vez proyectada en una gran pantalla, los de estas generaciones tendremos la maravillosa oportunidad de vivir ese momento en una sala de cine, escuchar al suplicante Amerigo Bonasera ante el todopoderoso Vito Corleone, interrumpiendo el silencio con voz titubeante decir I believe in America.