Entre éstas están que su mejor etapa pertenece a la juventud y por ende corre el riesgo de arruinar su legado en una mala corrida de películas finales (opinaría Tarantino); o que uno apenas y puede rozar el entender el cine tras dedicarle décadas de su vida (diría Kurosawa). Las últimas películas son la oportunidad perfecta de amarrar toda una filmografía… pero, ¿acaso se puede retirar un cineasta? La avanzada edad, por encima del fin, ¿no representa una privilegiada etapa de labor cinematográfica a la que pocos tienen acceso? ¿La vergüenza de un mal cierre puede más que el pulso de seguir filmando?
A los cineastas del nuevo Hollywood esto parece preocuparles, a diferencia de la generación que les precedió (quizás porque fueron los primeros en presenciar la consolidación o disipación del legado de esos clásicos cineastas). Hace no mucho fuimos testigos de una ola de películas que, si no eran de plano autobiográficas, eran revisionistas o sensacionalmente climáticas, por parte de directores importantes.
El irlandés y Los asesinos de la luna son claras exploraciones del legado de Scorsese, desde su género de gangsters hasta las herencias del propio cine estadounidense. Spielberg revive a John Ford al final de Los Fabelman (gente de la fábula: los cuentacuentos: el artista), la autobiografía que da sentido a su vinculación con el cine. Francis Ford Coppola estrena Megalópolis a sus 85 años, una magnus opus, un proyecto imposiblemente ambicioso e interminable sátira del imperio estadounidense y su rumbo en el discurso social. La canonización del cineasta parece impulsarlo al brochazo: sean grandes preguntas para el hoy y mañana como definitivos repasos por el mundo que ya fue (¿a manera de lamento, de mera nostalgia, de espejo?).
Vale la pena recordar que, hasta que la muerte los separe, no se puede trazar definitivamente la relación de estos directores con su etapa final. También vale la pena pensar en aquellos que suscitan una idea menos forzada del legado dada su larguísima estadía en el mundo y la poca ansiedad que mostraban sobre el fin de sus carreras. Dos ejemplos de esto: Kaneto Shindō y Leni Riefenstahl. Ambos cineastas de la posguerra que alcanzaron los 100 años; ambos poco interesados en un fin certero, pues estaban demasiado preocupados con la vida, con el trabajo, con continuar.
Shindō, conocido por su cine anti-bélico (comisionado para hacer la primera película ‘oficial’ sobre la bomba atómica en Japón), se retiró a los 98 años no como una decisión artística, sino por el creciente agobio de sus seres queridos por la delicadeza de su salud durante filmaciones. Su hijo (quién también era su productor) cuenta que en sus últimos días su padre murmuraba ideas para películas a nunca realizar: moriría a los 100 años.
Por su lado, Leni Riefenstahl (principalmente conocida por sus filmes de propaganda nazi), en su descendiente carrera hacia la cobardía, siempre marcada por su participación en el Tercer Reich, termina su carrera con un mediometraje de 40 minutos llamado Impresiones bajo el agua con imágenes de arrecifes filmadas durante su tiempo como buceadora (la más vieja registrada en su momento). Se estrenó a sus 100 años, casi cinco décadas después de su última película (acusada de utilizar gitanos como extras que serían después enviados a campos de exterminio). Planeaba seguir filmando pero, en 2003, a sus 103 años, murió de cáncer. Ni Shindō ni Riefenstahl decidieron jubilarse: eso se lo encargaron al cuerpo y al mundo, a los límites.
La muerte da fin pero también forma a la vida. Y uno de los pocos cineasta en alcanzar una simbiosis perfecta entre vida, tiempo, cine y muerte, fue el milagroso Manoel de Oliveira, quien murió a sus 106 años (hace 10), tras una carrera que abarca desde 1930 hasta los 2010. Al final de su vida, cuando la prensa vuelve de «jubilación» y «muerte», vocablos recurrentes, Oliveira repetía como mantra sus planes para futuras películas. La última que hizo, Un siglo de energía, fue terminada póstumamente (falleció durante la posproducción), un corto donde repasa la historia de la energía física, artística y cinematográfica, a partir de uno de sus primeros cortometrajes sobre la planta hidráulica de su padre.
Tras su muerte, Oliveira también estrenó Visita o recuerdos y confesiones, un cine diario filmado en 1982 pero que se reservó hasta pasada su muerte, donde a sus 73 años (ya desde entonces un cineasta maduro) reflexiona sobre la casa en la que vivió por décadas en vísperas de su mudanza. Oliveira se introduce, mueve y habla con una energía envidiable para alguien en sus 70, a su vez que como alguien consciente sobre el final de la vida. Como acto de magia, última pulsión cinematográfica, Oliveira posiciona estas imágenes de un pasado en que reflexiona su vida como final de su carrera: un fantasma que habita en los tres tiempos; que habita en la pantalla; en una casa que habitó un siglo; un fantasma, hecho y derecho. Los privilegios del cine.
En el pasado FICUNAM 2025 se proyectó Scénarios, la última película de Jean Luc Godard, el principal y último cineasta de la Nueva Ola Francesa. Pocos directores se pueden apreciar tan radicalmente distintos pero similares de principio a fin de sus carreras como él, cuya etapa tardía lo volvió un viejo ‘alien’. A pocas horas de su muerte, termina esta última película en la que sigue explorando, cuestionando y descubriendo el cine, la imagen y, por ende, la vida. Godard elige el camino de la eutanasia, un fin en el que cupo la mente, el cuerpo y el cine, convirtiéndose quizás en el único cineasta que realmente se ha jubilado.
Durante esas mismas fechas, Clint Eastwood, a sus 95 años, anunció su nueva película. Desde 2018 no para de hacer películas ‘finales’, según la prensa y toda mente coherente a la que le parezca asombroso imaginar a un cuerpo novenario dirigiendo al nivel al que Clint lo hace. Una silueta, un rostro, un nombre tan reconocible como el suyo, da la pinta de no sólo estar despreocupado sobre el fin, sino que reafirma un ideal absoluto: la vida sólo termina cuando termina. La última película será la última hasta que lo sea.
