Mucho más lamentable es ver cómo esos tropiezos del discurso son llevados a espacios de reflexión como el cine, dejando en claro qué cineastas buscan proponer y quienes solo regurgitan. Se deja ver en las pretensiones de películas como Joker (2019) o Jojo Rabbit (2019), que se agarran de rutas obvias y reaccionarias para abordar sus respectivos temas: injusticia social y la ultraderecha; o en el eco que dejó suelto el triunfo de la genial Parásitos (2019) sobre cómo el cine de occidente aborda las clases socioeconómicas, caso reciente la tendenciosa Saltburn (2023), de Emmerald Fennell, directora que en 2020, con su Promising Young Woman, dejó claro su capacidad de pensar temas sociales desde la cuasi-fantasía, que sobre cualquier reflexión sirve para enaltecer emociones ya existentes (la idea del rico-abusador-tonto y de la mujer víctima insalvable y el hombre siempre malvado). La cuestión del género ha sido discutida estos últimos años en su capacidad de reflejo y representación dentro del cine. Tan solo en 2023 la película más taquillera fue Barbie, de Greta Gerwig, que provocó mucho ruido en torno a su sátira de los roles de género, que a mi parecer pecaba de obvia. Cine que al no buscar, refuerza.
Podría entonces sonar contradictorio enunciar las trágicas masculinidades de Elaine May (1932, Estados Unidos) como contraejemplo de lo anterior, aunque a mi parecer todo se reduce a cuestiones cinematográficas muy básicas, difíciles de dominar. Conocida principalmente por su trabajo cómico y teatral, la actriz, guionista y directora cuenta con una peculiarmente breve carrera en cine: tres películas en los 70 (A new leaf, 1971; The Heartbreak Kid,1972 y Mikey and Nicky,1976), el legendario desastre de taquilla ochentero Ishtar (1987) y un no tan lejano documental televisivo sobre su compañero cómico Mike Nichols (American Masters: Mike Nichols, 2016).
A pesar de que su cine se ha ausentado por varias décadas, es innegable la cualidad contemporánea de sus tres primeras obras, dos de ellas comedias románticas, una de gánsteres; las tres protagonizadas por hombres. Aunque dos de éstas están catalogadas como comedias, me es difícil ignorar el peso trágico con el que cargan sus personajes: una condena impuesta sobre sus cuellos desde el primer segundo: la condena de ser ellos mismos. Dada la constancia de las figuras varoniles en el cine de May me parece lógico pensar que ese carácter trágico y despreciable está, en cierta medida, ligado a su condición masculina, condición que se mira y revisa desde la empatía, la pregunta y el dolor.
A new leaf sigue a Henry Graham, un millonario bueno para nada que sin darse cuenta se queda sin dinero. Desesperado, le pide un préstamo a su tío a quien promete pagarle casándose con una mujer rica. Es así como conoce a Henrietta Lowell (interpretada por la propia May), una botanista adinerada y solitaria que se ve rápidamente seducida por quien parece ser la única persona que le ha mostrado interés. De sus tres obras setenteras, ésta es la más cercana a una comedia tradicional, con chistes bien marcados, personajes excéntricos y varios momentos socarrones.
El personaje de Graham es un patán de primera que no parece tener habilidad alguna más que gastar dinero; Henrietta es una chica manipulable a quien todo mundo le saca provecho mientras ella se obsesiona con sus descubrimientos de plantas. Además de inútil, Graham es sociopático: detesta la compañía, menosprecia al prójimo y no parece tener ninguna relación genuina en su entorno. La torpeza de Henrietta le desespera, decidiendo que una vez casado la asesinará para quedarse con su dinero. Graham no puede ver a Henrietta como a una igual: ella es su dinero y nada más. Mientras que Henrietta, privada de afecto y atención, siente ignorante cariño por su reciente compañero. Esto lleva a Graham a una relación donde se descubre, más no cambia, que me parece la distinción pertinente pues justamente en eso queda la incógnita del final: si aquel amor frágil y artificioso que aparenta existir podrá hacerlo cambiar. He ahí donde a mi parecer recae la leve capa trágica de aquel personaje: un hombre incapaz de ver a su mujer como algo más que objeto; enamorado únicamente de sí mismo y que no estamos del todo seguros será capaz de cambiar. A su manera ella también es trágica: una chica entregada al amor sin importar quién se lo ofrezca, que podría o no estar consciente de la peligrosa relación que ha elegido y sin embargo decide estar ahí; alguien que vive para el amo.
Graham adora el dinero por su frívola cualidad de inmortalidad: para él, el dinero lo puede hacer vivir para siempre y es eso lo que busca en la riqueza de Henrietta. Pero cuando ella acuña a una planta que recién descubrió con el nombre de él, descubre una nueva forma de inmortalidad, presente no en lo materia sino en algo que le trasciende a él, a ella y a todo lo que cree conocer. La pregunta es si aquello es suficiente para ver a Henrietta como posibilidad de vida, de compañera, de compartir o de persona.
Un año después llegó The Heartbreak Kid, identificable para muchos por su refrito de 2007 con Ben Stiller, La mujer de mis pesadillas. La historia de Lenny, un vendedor de bienes deportivos, un recién casado que en plena luna de miel se arrepiente de su matrimonio tras conocer a otra. La trama va como anillo al dedo de ese tipo de comedias ‘Adam-Sandlerescas’ o ‘Ben-Stillescas’ de embrollos románticos, protagonizadas por niño-adultos emocionalmente torpes y frenéticos. La diferencia entre aquellas propuestas y la que hace May es el tono y su manejo actoral. Las risas provienen de lo incómodo de situaciones dirigidas como piezas dramáticas: ver a una pareja pelearse en un restaurante. La frontalidad con la que May aborda la historia siempre la hace pender de un hilo entre la comedia romántica que su premisa promete y un crudísimo retrato de personaje que, de nuevo, ahí es donde reside la tragedia. Pocos personajes tan desagradables y odiosos como Lenny existen en el cine. Es un tipo roñoso, chantajista y manipulador sin un ápice de responsabilidad afectiva. Solo le importa lo que en el momento le importa, es decir, que no sabemos qué le importa realmente.
La película empieza con un fugaz resumen de la historia de amor entre Lenny y su esposa, plantando sutilmente lo poco que aquello importa en el gran esquema de su vida. La travesía para ganarse el corazón de Kelly, la universitaria-rubia, y desprenderse de su esposa, no le significa una mayor importancia a aquella chica, sino el mismo instinto de perseguir y conseguir, como el vendedor que es. A su manera, Lenny es un durísimo reflejo de lo poco que nos puede importar el otro con tal de conseguir lo que queramos, mejor reflejado en esa dinámica repetida de A new leaf del hombre interesado y la mujer alucinada. A diferencia de Graham, estamos seguros que Lenny no podrá cambiar, que su destino es mantenerse en esa búsqueda perpetua de amores, intereses y objetivos interminables donde la constante será la insuficiencia de un hombre y la destrucción de quienes le rodean.
Llegamos entonces a Mikey and Nicky, el cual fue mi primer encuentro con May. Alejándose de las pretensiones cómicas, es una odisea nocturna de gánsteres sobre los amigos titulares: Nicky, quien teme le han puesto un precio a su cabeza, y Mikey, su amigo que intenta ayudarlo a escapar. Mientras en sus dos filmes anteriores la tragedia reside en el subtexto, en Mikey and Nicky está en la superficie: la película inicia con una extensa secuencia de un Nicky paranoico en una habitación de hotel temiendo que en cualquier momento lo puedan matar; Mikey intenta tranquilizarlo, dudando de que siquiera lo hayan mandado matar, diciendo que se ha sugestionado. Durante los primeros 10 minutos se establece una dinámica de amistad desesperada pero tierna, donde un amigo acude al rescate del otro. No obstante, poco después nos enteramos que Mikey ha sido enviado para notificar sobre el paradero de Nicky y poder mandar al asesino. Lo que al inicio parecía una película sobre compañerismo y amistad pura, rápidamente se transforma en un descenso por la noche donde aquella amistad que peligra, más nunca parece deshonesta, se va revelando: una amistad duradera, conflictiva y profundamente dolorosa.
Cuando terminó la película y apareció el nombre Elaine May quedé sorprendido por el hecho de que una mujer hubiese dirigido algo tan punzante y cercano sobre la masculinidad. Quizás se debía a yo estar inmiscuido en los discursos de los que hablaba al inicio y no poder concebir aquel acercamiento al género opuesto como una realidad, y que por ende, me pareció milagroso. La precisión de los gestos, de las ternuras, de los dolores entre estos dos hombres solo podía surgir de un alto grado de empatía y cariño. Pero también solo podía surgir de alguien que pudiese ver con cierta distancia el castigo de sus hombrías, de sus emociones contenidas, de sus violentas maneras de expresarse. El anuncio de que todo aquello terminará mal no solo ocurre a nivel eventivo, sino también emotivo: su longeva ya los había condenado desde hace mucho tiempo. Me hizo pensar en varias amistades dañinas a lo largo de mi vida. En su naturaleza dañina. En cómo, tarde o temprano, tendría que terminar con ellas y solo prolongaba ese final. Fue una película con la que descubrí emociones y pensamientos ocultos, pero presentes: esa cualidad mágica del cine para hacernos cambiar a través de la mirada.
