INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Mariella Motilla: El arte de entramar espacios

Mariella Motilla: una historia que comenzó a tejerse desde la infancia hasta lograr un entramado que la llevó fuera de México.
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Pamela Pedroza
Es el cuidado del entramado de los hilos, la precisión de los nudos y el teñido artesanal lo que da vida a cuadros que recrean paisajes de montañas, candiles alucinantes y piezas de gran formato que decoran, de un extremo a otro, recepciones y restaurantes de hoteles. Y aunque estas obras son agentes imprescindibles de esta historia, en el proceso que conlleva cada una de ellas hay una protagonista: Mariella Motilla Bermúdez, quien es referente importante en el mundo del arte y la decoración textil.

A diez años de la fundación de su taller, sus piezas habitan espacios en otros países como Estados Unidos, Canadá, Chile, Colombia y hasta Dubái —incluso adornan paredes de celebridades como Checo Pérez—  pero, ciertamente, cada acontecer y cada proyecto atraviesa etapas distintas, no todo comenzó siendo de gran escala. 

Su interés por los textiles nació de manera casi intuitiva. A los ocho años pidió a su mamá que la llevara a aprender a tejer y el destino fue TAMM, un negocio de hilos ubicado en la calle Zaragoza de donde, descifrando una hoja con una explicación confusa y con ayuda de una señora que no conocía, salió con una bufanda de trenzas y un queso que le compró a la que, por casualidad, se convirtió en su tutora. 

Comenzó a experimentar con agujas, gancho y distintos materiales, y en ello encontró una veta emprendedora: hacía piezas que después vendía entre sus conocidos. Esa curiosidad se mantuvo por un tiempo, sin tener presente que la conduciría a lo que es ahora su profesión. 

Cuando llegó el momento de elegir su formación universitaria, Mariella tenía afinidad por el arte, el trabajo manual y el diseño, y su elección fue estudiar Diseño de Modas en Barcelona, en el IED (Instituto Europeo de Diseño). Pronto descubrió que la moda, como tal, no era a lo que deseaba dedicar su andar por la vida; al mismo tiempo, le fue evidente que lo que realmente disfrutaba eran las materias relacionadas con los textiles.

También probó con joyería y más tarde con la marroquinería —por la relación con los oficios de León—, hasta que descubrió la existencia de algo que hasta entonces desconocía: una carrera dedicada exclusivamente al diseño textil. Así inició sus estudios en la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Ahí encontró, finalmente, la convicción de permanecer en el telar de pedales, tramado, tejido, agujas y distintas técnicas que comenzaron a formar parte de su aprendizaje y, sobre todo, de una manera de entender las posibilidades que podían tener los textiles más allá de la moda.

Llegó el último día de la licenciatura y con él la inevitable incertidumbre del futuro. Con su naturaleza creativa y emprendedora comenzó haciendo pequeñas piezas de acuarela que vendía entre sus amigas. En ese proceso surgió la primera intención de construir una marca y, casi por casualidad, el primer proyecto con los hilos. 

Sucedió cuando, al visitar la oficina de la amiga que creaba el branding de su proyecto, vio que trabajaba el diseño de interiores para un estudio de pilates y propuso que en un espacio se colocará una decoración de macramé. Mariella había visto alguna imagen similar y, con la seguridad que a veces precede al conocimiento, respondió que podía elaborarla. El problema apareció cuando regresó a casa y se dio cuenta de que no sabía dónde comprar los materiales ni cómo construir exactamente aquello a lo que acababa de comprometerse. 

“Yo había visto en algún lado una imagen, la verdad es que en ese entonces casi no se usaba. O sea, este taller tiene 10 años. Entonces, hace 10 años no estaba tan de moda como ahorita, que te metes, le picas y te sale en todo internet”, menciona. 

Así, llegó otro proyecto, otra mampara y otra más y, como suele ocurrir con los emprendimientos, los inicios fueron de constante resolución ante dificultades imprevistas: los proveedores no confiaban, los materiales se compraban en pequeñas cantidades, resultaban productos que no funcionaban y había que buscar otros. No había grandes inversiones ni una infraestructura lista para producir; en cambio, se contaba con gran creatividad para resolver. Los materiales fueron cambiando, las dimensiones también, y con ellas, la necesidad de integrar a más personas al trabajo. 

En medio de ese crecimiento apareció un viejo telar de pedales que pertenecía a su mamá. Mariella lo recuperó y volvió a ponerlo en funcionamiento. Lo que había aprendido en la universidad tuvo que trasladarse a lo profesional y poco a poco surgieron cojines, candiles y piezas de mayor escala.  

Mariella continuaba viviendo en Ciudad de México mientras el taller permanecía en León, por lo que durante un tiempo su vida transcurrió entre ambas ciudades. La demanda comenzó a crecer y llegó el momento en que ya no podía seguir viajando, por lo que definitivamente regresó a León. 

Terminó un diplomado en Diseño de Interiores, desarrolló nuevos proyectos y comenzó a mostrar su trabajo en Instagram. Uno de sus primeros candiles llegó a manos de un cliente que, además de confiar en su trabajo, le ayudó a dimensionar el valor de lo que estaba haciendo. Mariella reconoce que en aquel momento vendía sus piezas a un costo que no era equivalente a la labor artesanal que sus piezas representan, porque todavía no conocía las reglas del mercado. Aquel cliente le enseñó a valorar su trabajo de otra manera y, además, la conectó con otras personas que terminarían convirtiéndose en clientes recurrentes.

El proceso de creación parte de distintos lugares. Algunas personas llegan con un diseño que ya existe en el catálogo del taller y quieren adaptarlo a las características de su casa o espacio; otras llegan con una idea que se transforma durante el desarrollo y, en ocasiones, el proyecto resuelve un problema: un ducto que necesita ocultarse, un plafón que requiere una solución estética o un material que no puede utilizarse por las condiciones climáticas del lugar. A partir de ahí, Mariella y su equipo diseñan, prueban, deshacen y vuelven a comenzar.

Aunque el macramé fue importante en los primeros años, actualmente representa apenas una pequeña parte de su trabajo. El taller combina numerosas técnicas de tejido y cada integrante aporta conocimientos distintos. Hay quien borda, quien teje, quien trabaja con gancho y quienes conocen otras formas de construcción textil. La combinación de todas ellas permite crear piezas que difícilmente podrían clasificarse dentro de una sola técnica.

“Muchas veces hemos hecho las piezas y las hemos deshecho o las hemos vuelto a hacer porque no quedan como esperábamos”, cuenta. Lejos de considerar esto un fracaso, encuentra ahí parte de la riqueza del proceso: descubrir por qué algo no funcionó y esto también puede conducir a una nueva manera de hacerlo.

Suele recurrir a materiales como el yute, el algodón y algunas fibras sintéticas, mientras que los colores transitan por terracotas, cafés, verdes y azules. Los paisajes, especialmente las montañas, aparecen con frecuencia, aunque cada proyecto termina adquiriendo características propias de acuerdo con el espacio y el cliente.

Los candiles son de los productos más solicitados, así como los telares que recrean montañas. Mariella no tiene una pieza favorita, lo que más disfruta es ver el proyecto terminado y, sobre todo, observar cómo la obra cambia cuando finalmente ocupa el lugar para el que fue creada. 

Pero cuando las dimensiones crecen, también los retos. Uno de los ejemplos más memorables ocurrió con un telar destinado a una casa en Los Cabos que, una vez terminado, descubrieron que no cabía por la puerta y tuvieron que trasladarlo por una ruta lateral para elevarlo cuidadosamente hasta introducirlo en la propiedad. En otra ocasión, un telar fue llevado mediante una grúa hasta un penthouse que resultó ser de Checo Pérez.  

Pero quizá el proyecto que más orgullo le provoca es una instalación realizada para un hotel en Arizona, el Kimpton Miralina Resort & Villas. La pieza ocupa alrededor de 14 metros y está compuesta por distintos telares que se entrecruzan para dividir visualmente las áreas del restaurante y el bar. Se involucró a personas ubicadas en México, Canadá, Estados Unidos e incluso Francia. Hubo planos, cálculos, normas de seguridad, pruebas de color, teñido artesanal y especificaciones milimétricas. A ello se sumó la logística de transportar una pieza de esas dimensiones por partes, desde México, y ensamblarlas en el sitio. La instalación, que originalmente debía tomar alrededor de una semana, terminó extendiéndose por más de 20 días.

Cada jornada traía una nueva complicación: el envío que no llegaba, la aduana, el piso recién terminado, la necesidad de una grúa, cambios en las medidas o pequeños detalles que obligaban a deshacer y volver a tejer. Todo sucedía simultáneamente mientras otros equipos trabajaban en el mismo espacio. Al final, la instalación quedó más allá de lo ideal. 

Quizá parte de su capacidad para resolver tantos aspectos de cada proyecto tenga que ver con el lugar del que proviene. Mariella creció en una familia rodeada de arte. Con un padre escultor y una madre arquitecta, reconoce que eso le ha permitido contar con muchas manos y muchas cabezas cuando aparece un problema. Para ella, crecer rodeada de personas dedicadas al trabajo creativo significa también compartir un lenguaje. 

Y aunque el nombre de Mariella aparezca como protagonista, detrás de cada pieza existe un entramado mucho más amplio. Está el equipo que teje y construye, quienes ayudan a encontrar materiales, los proveedores, las personas encargadas de las estructuras, los instaladores y los diseñadores que han confiado en su trabajo a lo largo de los años. 

“Para tener un negocio que funcione no es nada más decir: «ah, bueno, yo y mi equipo, los que tejen». Hay toda una comunidad que se va haciendo y se va entrelazando”, explica.

Tal vez no exista una mejor manera de describir lo que ocurre dentro de su taller. Porque al igual que en sus piezas, donde un hilo se cruza con otro hasta construir una forma que antes no existía, el trabajo de Mariella se ha construido a partir de encuentros: entre técnicas, materiales, personas, lugares y proyectos.

Y así, aquella niña que a los ocho años quiso aprender a tejer, la joven que pasó por moda, joyería y marroquinería buscando su lugar, y la diseñadora que un día se comprometió a hacer macramé sin saber todavía cómo, terminó encontrando en los textiles mucho más que un emprendimiento: Encontró una manera de imaginar, resolver y construir espacios; una forma de convertir hilos en paisajes y materiales en ambientación. Y, sobre todo, un oficio que continúa creciendo con cada nuevo proyecto, cada nuevo reto y cada persona que se suma a este entramado.

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