Los siglos posteriores a la conquista mostraron un silencio casi total de las mujeres quienes en época precortesiana participaban activamente en las danzas y cantos colectivos. “Las ordenanzas de la iglesia católica y la idiosincrasia trasterrada las redujo a la casa, a la iglesia y a la cama” (Pulido, 1958), en el primer cuarto del s. XVI. El contexto trágico de lucha del s. xvii dio a luz a una nueva raza, surgiendo en ese medio hostil una figura de grandes vuelos a pesar de la censura y discriminación, Sor Juana Inés de la Cruz, de quien se sabe sobre su prolífica obra literaria, pero quien también ostentó una desarrollada sabiduría en el arte musical. El s. XVIII irrumpió con el esplendor de sus luces enfocadas a la música de escena (tonadillas, seguidillas, mojigangas, etc.) cautivando al pueblo complacido del espectáculo importado, el género chico del teatro español.
Con el inicio del siglo XIX, no obstante los acontecimientos devastadores del México independiente, el movimiento en torno a la música no sucumbió, el coliseo nuevo inició su actividad operística despertando así la afición por el bel canto entre la raza mestiza, que para entonces, ya destacaba por la belleza de las voces femeninas cosechando fruto hasta la segunda mitad del siglo con la primera diva mexicana, la soprano Ángela Peralta (Ciudad de México, 1845-Mazatlán, 1881), el ruiseñor mexicano, quien además de poseer la voz que la colocó con gran éxito en los escenarios internacionales (La Habana, Italia, Madrid, Barcelona, New York) — y “los cuales siguen siendo discutidos por algunos musicólogos e historiadores” (Hernández 2004) — es autora de toda una colección musical con obras de la época (valses, mazurcas, romanzas, etc.). En este mismo periodo surgieron las famosas “tertulias” destinadas a los salones de las casas aristócratas en donde poesía y música estuvieron presentes entre los espectadores. Estas festivas reuniones alcanzaron su esplendor en la época porfiriana y la figura femenina destacó principalmente en la interpretación al piano de la llamada música de salón de Ernesto Elorduy, Felipe Villanueva, Ricardo Castro, Juventino Rosas, compositores del romanticismo musical mexicano que sufrieron la influencia de sus homónimos europeos; pero también, para entonces, ya llegaba a México la música del romanticismo europeo (Chopin, Brahms, Grieg), la que se convirtió en favorita del género femenino.
En el ámbito académico nacieron instituciones antecesoras del Conservatorio Nacional de Música. Una de ellas fue la Sociedad Filarmónica (1825), instaurada por Mariano Elízaga. La Academia de Música fue otra institución importante de la época fundada por Agustín Caballero y Joaquín Beristáin, en ella se recibió a un aproximado de 140 estudiantes del sexo femenino destacando Julia Llorente, quien en 1858 dirigió la Primera Academia de Dibujo y Música para niñas pobres. Cuando el Conservatorio Nacional abrió sus puertas (1866) hubo un considerable número de alumnas de los maestros Agustín Caballero y Melesio Morales, pero no fue sino hasta la segunda generación que se graduaron: Delfina Mancera, Dolores Couto, Concepción Ruiz, María Ocadiz, Luz Reinoso, Guadalupe Alvarado y María Herrera, (Pulido, 1958). De entre todas ellas hay que destacar a Guadalupe Olmedo (Toluca, Edo. de México 1854-1889), pianista y compositora reconocida como la primera mujer graduada en composición del Conservatorio Nacional, entre sus obras se nombra aquí su Quartetto studio classico; así también a la pianista, organista y compositora Julia Alonso (Oaxaca, 1889-1977), autora de la ópera Tonantzin, dos sinfonías y dos cuartetos, entre otras obras. Por su parte, Carlos J. Meneses (1863-1929), reconocido pianista quien se desempeñó también como maestro de coros en la compañía de ópera de Ángela Peralta y profesor del Conservatorio Nacional, en 1908 abrió una clase privada para jovencitas que tenían deseos de alcanzar una carrera musical profesional entre las que se nombra a Luz Meneses, María García Agenda, Belén Pérez, Artemisa Elizondo y Ana María Silva. Poco se sabe de la trascendencia de estas mujeres “menesinas” y de todas las que integran los trabajos de este periodo decimonónico, pero es muy alentador mencionar que ahora son tema de investigación a cargo de las nuevas generaciones formadas en musicología en las diferentes universidades del país, haciendo un rescate meritorio y plausible por lo que esperamos con ansia los resultados; pero también, la suma de cada vez más especialistas para el logro de esta ya inminente labor nacional.
El siglo XX se distingue como un periodo fecundo de cantantes operísticas que, como Peralta, cosecharon triunfos pisando los escenarios más importantes de la época en Europa, pero que, con el paso del tiempo, poco se sabe de sus alcances profesionales. Fanny Anitúa (Durango, 1887-Ciudad de México, 1968), las hermanas María Luisa y Consuelo Escobar, soprano y soprano coloratura respectivamente, oriundas de San Luis Potosí, las tres con carrera internacional (Italia, Francia, Estados Unidos); Elvira González Peña, quien cantó bajo la batuta de Carlos Chávez y se posicionó como una de las primeras cantantes de lied en el país; Lupe Medina (Zacatecas, 1892-Ciudad de México, 1953), quien sobresale por su dedicación a la música contemporánea interpretando a Manuel de Falla, C. Debussy y M. Mussorgsky; María Bonilla (Puebla,1902-1990), estudiante y graduada con Mención Honorífica en el Conservatorio Nacional además de haber sido maestra de la Gran Irma González (1916-2008).
La Orquesta Haydn-Beethoven fue la primera agrupación femenina creada por el maestro Luis G. Saloma, institución en la que se despertó el interés del género por participar en la ejecución de otros instrumentos ganando un sitio en el terreno del concertismo nacional distinto al canto, sobresaliendo mujeres de gran talento como la pianista Ana María Charles, a la que Manuel M. Ponce le dio el crédito de la primera mujer mexicana ejecutante de música de cámara, ella interpretó con los maestros Rocabruna y Saloma sonatas para violín y piano; Julia Alonso (Oaxaca, 1889-1977), organista, pianista y compositora, estudiante de Guadalupe Velázquez, Carlos J. Meneses y Julián Carrillo; Esperanza Cruz (Orizaba, Veracruz, 1909-1999), talento pianístico que en el extranjero recibió clase con el alemán Egon Petri y el ruso Alejandro Borowsky; Angélica Morales (Aguascalientes, 1911-E.U.A. 1996) quien debutó a los 13 años en la capital alemana y fue solista de las Filarmónicas de Berlín, Dresde y México. En los años treinta salió a los escenarios la primera compositora de ópera, pianista y cantante, Sofía Cansino de Cuevas (1897-1982) estrenó su concierto para piano y en 1935 se tocaron por primera vez en el Teatro Simón Bolívar el adagio y allegro de su primera sinfonía haciendo gala ya del academicismo como estudiante de la escuela de Música de la Universidad Autónoma de México (UNAM, 1929).
La indiferencia a los trabajos profesionales musicales de la mujer durante los primeros 50 años del siglo XX se puede verificar en la casi nula presencia de estudios dedicados a valorar su justa dimensión; sin embargo, la participación de ella en los escenarios artísticos siguió su lucha dando lugar a varias generaciones de mujeres pianistas concertistas durante el resto del siglo como María Teresa Rodríguez (Pachuca, Hidalgo, 1923-Ciudad de México, 2013), quien realizó una admirable carrera durante 60 años, aproximadamente. Hizo varias giras por Europa y E.U.A., fue solista de las orquestas más importantes del mundo y dejó huella como la primera directora del Conservatorio Nacional de México, sin dejar de subrayar su fecundo trabajo con la grabación integral de la obra pianística de Carlos Chávez. Luz María Puente (1923-2021), Stella Contreras (1919-1976) y Aurora Serratos (1927-2014) forman parte de esta trascendental pléyade de pianistas mexicanas. El canto siguió siendo en el país una constante, ya que, México es poseedor de voces que siguen y seguirán desplegándose a nivel internacional como la de Irma González (Ciudad de México, 1916-2008), Guadalupe Pérez Arias (Guanajuato, 1921-Ciudad de México, 2005), Oralia Domínguez (Ciudad de México, 1925-Milán, 1988), Margarita González (Chihuahua,1927-Cuernavaca, 2006); estas dos últimas, hicieron su debut en la Ópera de Bellas Artes en los años 50.
En la generación de la segunda mitad del siglo se destacaron las pianistas María Teresa Castrillón y Silvia Navarrete (1953-). También, las que figuraron hasta 2016 como concertistas de Bellas artes como Guadalupe Parrondo (Perú, 1948-), quien radica desde 1976 en México; Eva María Zuk (Polonia, 1946-Ciudad de México, 2017); Consuelo Luna y María Teresa Frenk, por nombrar algunas; y las cantantes Lourdes Ambriz, la contralto Ana Caridad Acosta, la mezzosoprano Adriana Díaz de León. En los instrumentos de cuerda, como solista, la mujer mexicana no ha sido muy afortunada en estos periodos que aborda el presente escrito, pero dentro de las orquestas sinfónicas cada vez se ha dejado ver más la presencia femenina nacional en todas las familias de instrumentos, como es el caso de Gabriela Jiménez Lara, percusionista principal de la Orquesta Sinfónica de Minería.
Los primeros 40 años del siglo marcan el interés por alcanzar la identidad nacional a través de las manifestaciones artísticas, en la música los compositores Manuel M. Ponce, Silvestre Revueltas y Carlos Chávez recurrieron a las raíces profundas del pueblo mexicano con la idea de apartarse de las tendencias europeas arraigadas en los siglos precedentes. Esta emancipación, conforme avanza la centuria, vuelve sus ojos a las nuevas propuestas universales surgidas entre los años cuarenta y cincuenta, iniciando con ello una evolución musical de múltiples estéticas (Arezt, 2004), serialismo integral, aleatorismo, electrónica, minimalismo.
Los compositores Rodolfo Halffter y Carlos Jiménez Mabarak fueron inductores de este nuevo aire que influyó en el desarrollo de la técnica dodecafónica en la composición nacional, siendo pionera, en el género femenino y abriendo brecha para las generaciones posteriores, la compositora Alicia Urreta (Veracruz, 1930-Ciudad de México, 1986) quien estudió en el Conservatorio Nacional con el mismo Halffter, especializándose en la música experimental en la Schola Cantorum de París, desplegando además una carrera como pianista dentro de la música de cámara y como maestra de instrumento y concertista de la UNAM, siguiendo las bases del academicismo, pero también del antiacademicismo musical. Tras ella, dentro del contexto de la música nueva, florece una generación de compositoras formadas por maestros como Héctor Quintanar, Mario Lavista y Federico Ibarra, generación que se involucra en las nuevas propuestas contemporáneas, conquistando escenarios internacionales, premios y distinciones como Gabriela Ortiz (Ciudad de México, 1964-) quien recibió la Beca de la Fundación Guggenheim (2004), también es la primera compositora que ingresa a la Academia de las Artes (2015) y ganadora del Premio Nacional en Artes y Literatura en diciembre de 2016. Con lo anterior se proyecta, dentro de la creación musical, un terreno más amplio con un enfoque totalmente profesional, académico y de innovación en la formación de las mujeres compositoras que generan sus propias propuestas estéticas.
Ahora bien, en la parte musicológica esta intervención no hubiera sido posible sin los trabajos realizados por los musicólogos coterráneos, destacando hoy a las mujeres que han ayudado a ganar terreno en esta disciplina por su dedicación al rescate de archivos, análisis de textos y fuentes primarias para contribuir a la historiografía musical; abriendo camino Alba Herrera y Ogazón (Ciudad de México, 1885-1931), Esperanza Pulido (Zamora Michoacán, 1909-1991) y Yolanda Moreno (Ciudad de México, 1937-1994).
Con estas líneas sólo queda esbozado el panorama en donde se aprecia cómo la participación de la mujer mexicana en el ámbito profesional de la música de concierto con el paso del tiempo se ha ensanchado y desarrollado a niveles académicos, gracias a sus aspiraciones y a la necesidad de desarrollar el talento que posee.
Referencias
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