INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Pecadores: la mordida de la cultura

Pecadores es y será una de las grandes películas que el 2025 nos tendrá que ofrecer.
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Miguel Domínguez
Incisión e incidir. El corte que interviene y las ondas a las que éste da luz, expandiéndose hacia todas las direcciones; del pasado al futuro, por territorios y lenguas. Esta es mi versión de Pecadores.

El 17 de abril se estrenó Pecadores (2025) de Ryan Coogler, mejor conocido por las Black Panther (2018, 2021) que hizo para Marvel, aunque ya se había hecho de un nombre con la primera entrega de la saga Creed (2015). Su primera película, Fruitvale Station (2013), de considerable menor escala a sus proyectos siguientes, también fue un éxito de crítica que narró el último día de la vida de Oscar Grant, joven afroamericano asesinado por la policía. Este filme también fue el primer protagónico de Michael B. Jordan quien, junto a Ryan Coogler, ha establecido una de las grandes simbiosis director-actor para el cine estadounidense de los últimos 10 años: Coogler martirizó a Jordan como Grant, lo hizo aprendiz de Rocky en Creed, le escribió uno de los mejores villanos de todo el Universo Marvel en Black Panther y ahora le da el papel de su vida en Pecadores, donde interpreta a los gemelos Smoke & Stack, mafiosos de Capone que regresan a su pueblo natal en Mississippi para poner una cantina.

Similar a Fruitvale Station, la mayor parte de la película se desarrolla a lo largo de un día en que los gemelos hacen los preparativos y animan a la gente a ir a la inauguración del recinto. Entre ellos se encuentra su primo Sammie, el protagonista de la película, joven músico de blues e hijo de un sacerdote que intenta disuadirlo de su pasión musical. A pesar de que la esclavitud lleva décadas de ser abolida, en el sur sigue ebullendo la tensión racial. La sombra del Klan permea las plantaciones de algodón y la división de clases es clara (la familia asiática del pueblo tiene dos negocios en la avenida principal: una llena de negros y la otra de blancos). Sugerido en la noción del gemelo, Pecadores trabaja mucho con la dualidad, empezando por su título. El pecador es el que obra mal, el que transgrede lo correcto, la incisión del bien. Sin embargo, en un mundo de opresiones donde la noción del bien y el mal es establecida por intereses y sus tiempos, aquel que intenta romper con ese estado de las cosas para reclamar lo suyo dentro de un mundo que dice que nada le pertenece, podría ser un pecador.

Smoke & Stack son hombres imponentes, peligrosos y ricos en cuyos trajes finos siempre cargan fajos de dinero sucio conseguido con la mafia. Son criminales, pero también figuras aspiracionales para alguien como su primo Sammie: ellos son el hombre negro que logró ir a la gran ciudad donde se dice que “la segregación no existe” y que uno puede hacerse de un nombre por sí mismo. Ahora vuelven para devolver el dinero ganado a su comunidad, donde han cultivado miedo y respeto. Son hombres exitosos de la manera en que un hombre negro podía serlo en aquella época: por fuera del sistema que se los habría impedido. El mal, la violencia y el terror, quizás sólo sean la piedra que evidencia la quietud de las aguas. 

Pecadores es una película de música. Empieza con una narración sobre una especie de músicos chamánicos presentes en varias culturas, cuyas habilidades son tan poderosas que pueden diluir la barrera entre la vida y la muerte, pero que, a su vez, pueden convocar espíritus indeseados. Sammie es uno de estos talentos místicos. La más enorme escena de la película es cuando Sammie estrena su blues en la cantina. Toda la película es permeada por esta música, no sólo como su textura sonora, sino en el montaje: la historia se mueve al ritmo de esos sonidos. Hay un constante crescendo hacia este anticipado momento en que el joven prodigio descubre su talento frente a su comunidad y la audiencia. Sammie es presentado: toca su guitarra y canta; la cámara da vueltas por el granero de la cantina, repleto de baile. Volvemos a escuchar la narración del prólogo, cómo existen estos músicos que pueden diluir la frontera entre la vida y la muerte, pero también sus sinónimos físicos: el pasado y el futuro.

Entonces, en plena década de los 30, un milagro del cine: aparece Jimmy Hendrix tocando su guitarra eléctrica. La cámara se mueve: ahora revela un set de DJ. Después,  pandilleros haciendo el crip walk. Se escuchan las bases del hip hop ochentero y noventero, ritmos latinos, música del hoy; aparecen bailarines chinos; hay mujeres perreando en la barra. El mundo se disuelve en llamas cuyas chispas se confunden entre las estrellas. Esto contado en un bellísimo plano secuencia que es una herramienta a la que se nos tiene terriblemente acostumbrados como fetiche técnico: el plano secuencia aquí no se refiere a sí mismo, sino que es esa incisión del tiempo en que el corte de la cinta no es el vaivén entre antes y después, sino que las temporalidades confluyen en un mismo espacio físico y cinematográfico: el espacio del presente, el plano.

Pecadores también es una película de vampiros. Esa incisión del tiempo, una vez invocada por la música, respira durante el resto de la película a través de la carne expuesta por el colmillo. Los vampiros entran a escena; hombres del pasado, presente y futuro, malditos inmortales: irlandeses que vieron la colonización de su pueblo, inmigrantes del sueño americano. Una herida que sólo cicatriza suturada bajo los rayos del sol. Por un momento, la película parece dejar atrás la cualidad metafísica que introdujo con ese plano para volverse una historia más tradicional de terror y supervivencia. Pero, sin darnos cuenta, más allá de la fuerte impresión que deja, aquel momento en que la música negra se coctela en el ahora ha incidido en el resto del montaje hasta arribar a un epílogo del futuro donde los personajes llaman a aquella “la mejor noche de sus vidas”. Un músico y un vampiro: la misma cosa. Viajeros del tiempo.

Pecadores es y será una de las grandes películas que el 2025 nos tendrá que ofrecer. Un blockbuster emocionantísimo, el más emocionante quizás desde ¡Nop! (2022) de Jordan Peele, otro cineasta negro. Ambas odiseas de la imagen comercial.

Miguel Domínguez Miguel Domínguez

 Nací en Lázaro Cárdenas, pero llevo 7 años siendo leonés. Escribo sobre cine a pesar de espantarme con Shrek cuando era niño (¿o debido a eso?). Mención honorífica del Sexto Concurso de Crítica Cinematográfica del Festival Internacional de Cine de Los Cabos. El tomate es mi comida favorita.

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