Es entonces, el movimiento, aquello que da origen sentido a toda exploración.
Errare humanum est. Errar es humano. La frase en sí misma parece contener una verdad y a la vez una especie de apología sobre nuestra naturaleza humana, llena de fallos. De caminos por recorrer, de errar en encontrar rutas precisas y perdernos en el paisaje. La exploración, como un término amplio, implica observar, reconocer y recorrer ciertos caminos para el trazo de metodologías o rutas a seguir. La cartografía es la “ciencia aplicada que se encarga de reunir, realizar y analizar medidas y datos de regiones de la Tierra, para representarlas gráficamente con diferentes dimensiones lineales”. Esto implica, entonces, un proceso de exploración y reconocimiento que deje un antecedente para los otros. El punto de partida, entonces, puede ser planteado como un reconocimiento a partir de la existencia de una ruta trazada, con puntos y espacios específicos, pero que en sí misma, pueda implicar una simple base para una nueva exploración y un trazo de nuevos puntos explorados a incluir en una ruta previamente trazada. Es entonces, el movimiento, aquello que da origen sentido a toda exploración.
El movimiento ha atrapado al hombre desde sus más primitivos inicios y, paradójicamente, lo ha llevado también a buscar maneras de congelarlo. De la fotografía a la cronofotografía y al gran salto tecnológico que implicó el nacimiento del cine «del griego kinos, movimiento». Del menhir a la tienda, de la aldea a la urbe, la arquitectura, el hecho consciente de edificar, por su lado, implicó en sí la construcción de espacios que permitieran el paso de la vida nómada a la vida sedentaria. La Firmitas de la tríada de Vitruvio clama por erigir espacios firmes que aseguren una permanencia en el tiempo incluso más allá del movimiento de sus propios constructores, del de la naturaleza misma. Aunque es el movimiento en sí lo que ha impulsado a su propia evolución. La arquitectura es también, indudablemente, una forma tangible de comunicación, de narrativa, compartiendo las unidades básicas de la misma: tiempo y espacio. Es justo en esa intersección en donde se unifica el lenguaje de lo cinematográfico y de lo arquitectónico. En buscar ser espacios para condensar y contener el movimiento, aunque a su vez, natural y paradójicamente, en ser motores que lo impulsan.