El Cascanueces (1892), un clásico imperdible del ballet en la época navideña, es un ejemplo de las increíbles historias y legado coreográfico que dejó el precursor de esta disciplina, el bailarín Marius Petipa, quien además creó la coreografía para distinguidas obras como El Lago de los Cisnes, La Bella Durmiente y La Bayadère, todas éstas con un increíble impacto cultural que permanece en la actualidad.
Hoy ‘abrimos el telón’ y damos un salto a las ‘primeras luces’ del ballet, la gracia del movimiento hecho espectáculo, en conmemoración del Día Mundial del Ballet.
Primer acto: Génesis
El ballet nace en las cortes renacentistas de la Italia del siglo XV. Gracias a su pasión por el arte y el buen espectáculo, la aristócrata Catalina de Medici (esposa del francés Enrique II) traslada su buen gusto hacia la corte francesa y crea ahí el epicentro del ballet. Catalina contrata al violinista y bailarín Balthasar de Beaujoyeux para sus exquisitos shows que, por cierto, podían durar hasta 5 horas.
Su primer encargo fue un espectáculo que se estrenó el 15 de octubre de 1581, Le Ballet Comique de la Reine, basado en la leyenda de Circe. Su éxito se esparció por toda Europa con gran vivacidad.
Un siglo después, el rey y —bailarín apasionado— Luis XIV, estandarizó esta expresión artística y él mismo encarnó papeles como el del Rey Sol en el Ballet de la nuit, además estableció dos academias donde el ballet alcanzó otra frase de desarrollo: la Académie Royale de Danse, instituida para preservar la escuela clásica de la danza noble, y la Académie Royale de Musique.
Segundo acto: El ballet de ensueño
Un mundo sobrenatural con espíritus y magia se avecinó en la escena del ballet durante la primera mitad del siglo XIX, dentro del Romanticismo: la figura de la mujer frágil y pasiva se hizo presente en obras como Giselle y La Sylphide. Además, también fue un periodo donde se realizaba el point work (bailar de puntillas) así como la introducción de los tutús románticos: una falda larga hasta la pantorrilla hecha de tul.
Para la segunda mitad del siglo XIX la popularidad del ballet creció en Rusia y compositores y coreógrafos como Lev Ivanov y Marius Petipa (mencionado anteriormente) llevaron el ballet a su cúspide en términos de técnica y complejidad, con trabajo en puntas, extensiones altas, precisión del movimiento, rotación de las piernas desde la cadera, secuencias complicadas y giros exigentes que hacen característico a El lago de los cisnes y La Bella Durmiente, por ejemplo.
A finales de este siglo, el centro de actividades del ballet se trasladó a San Petersburgo, donde la danza, la música y el diseño escénico lo reforzaron como una obra de arte en movimiento. Dentro de los bailarines de la época destacan Vaslav Nijinsky, bailarín de un nivel nunca antes visto en la historia, y el reconocimiento a bailarinas como Anna Pavlova y Tamara Karasavina.
Tercer acto: La transmutación
El ballet neoclásico es introducido por George Balanchine, coreógrafo ruso y fundador de New York City Ballet, como una expansión de la forma clásica del baile, el cual representa la innovación del ballet contemporáneo ‘sin argumento’, cuyo propósito es usar el movimiento para expresar la música y las emociones de una manera poco convencional y multifacética.
Actualmente las formas clásicas, las historias tradicionales y las innovaciones coreográficas contemporáneas, se entrelazan para producir el carácter del ballet moderno.
Acto final: ¿La historia se acabó?
Después de nuestro recorrido histórico, el escenario y el público sigue expectante por encontrar nuevas formas de reinventarse y seguirse construyendo. Los bailarines listos y emocionados para un grand Jeté, pirrouette o assemblé.
El telón sigue y seguirá abierto para darnos cuenta que no habrá un acto final que dé cierre a la historia del ballet, y que el escenario incluirá a aquellos sabios que encuentran su pasión en el baile.
“Los grandes bailarines no son geniales por su técnica, son geniales por su pasión”. –Martha Graham.