INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Platos que son poemas. La poética culinaria

La activación de lo poético en la comida aparece cuando ésta ha trascendido su cualidad de sustento y supervivencia.
Poesía eres tú, le susurré a mi rebanada de pan de masa madre al ver los generosos trozos de almendra tostada que, junto con varios arándanos purpúreos, jugaban entre los alvéolos aún perfumados a levadura de este pedacito de cielo cuando, calientito y crujiente, salió del tostador.

Con una cucharita de madera dejé escurrir un hilo gordo y dorado de miel de azahares. Aromas de naranjos, de lluvia y de campo me movieron las dulzuras que ya traía por dentro esa mañana y que volaron como abejas zumbonas por todo el comedor. 

La poesía es, a mi humilde modo de entender, el ectoplasma que queda como residuo del paso de un espíritu por nuestro mundo material. Esa evidencia fosforescente que convence a los incrédulos de la existencia del más allá. Porque la poesía vive en el más allá y hay mil formas de invocarla. El arte suele ser la ouija que provoca el encuentro.

Como en todas las artes, el dominio de la técnica, ese artificio logrado con el trabajo del que consigue conquistar con maestría los materiales que va a emplear para despertar los sentidos, toca a la puerta de nuestros cuerpos para permitir la entrada a una conmoción que hace que estalle dentro de casa una revolución desenfrenada que subleve a todos nuestros duendes, demonios o ángeles. Según el caso, el día y la hora.

Un plato que nos lleve a la ensoñación o a la sorpresa, que nos despierte recuerdos de alegrías o pesares, le da alas a aquello que estaba atrapado por ahí para que, como Ícaro, salga volando de su laberinto o, como Lázaro, resucite, aunque sea por un momento.

Un platillo poético es diferente para cada comensal, depende de qué fibras le toque; no sólo por el gusto, sino por su propia historia, la suerte de condicionamientos sociales, culturales y geopolíticos que le hayan tocado, y su propia sensibilidad. Un molito mexicano, un curry indio, un té chino, un pastelito vienés, un café turco o un chocolatito belga suelen hacer poesía en muchas personas a lo largo y ancho del mundo y por ello su fama. 

La activación de lo poético en la comida aparece cuando ésta ha trascendido su cualidad de sustento y supervivencia, y profundiza para convertirse en vínculo entre individuos y pueblos que expresan en ella su concepción del mundo, sus rituales y símbolos. Cuenta Abel González (El elogio de la berenjena, 2000) que Oscar Wilde decía que: “Lo que un hombre pone en su mesa es inseparable de su estilo”, y me parece una observación muy atinada, pues suele pasar que lo que está en el plato o en el fogón de un sujeto, sea pues cocinero o comensal, refleja su disposición a la fiesta, al hedonismo y a la ligereza o, por el contrario, un autocontrol férreo, la culpa, la austeridad, la tacañería o la generosidad, que —para consigo mismo y para con los demás— son claves para conocer a quien come como un trámite o al que es capaz de enfiestarse alegremente. Moderados hay pocos. Como en todo. 

Antonio Calera Grobet dice así en un artículo excelente del cual les pongo el vínculo más abajo.

Saben los más sensibles y atentos a su felicidad que hay algo ahí en su plato (que no está necesariamente en el plato, sino atrás en el tiempo), algo magnánimo que los jala desde la memoria, la inteligencia de un cuerpo sensible, como si dentro de las profundidades de ese potaje, caldo, cocido o guiso dado (tal y como sucede en las versuras de un texto) se hallaran escondidos, misteriosamente, no sólo un índice de querencias colectivas, sino, en un nivel absolutamente místico, espiritual, eso que llamamos cultura y que nos identifica genéticamente, socialmente.1

Cada uno de esos platillos que consideramos maravillosos pueden ser platos poéticos que, al contrario de ser intangibles, son de una poética concretísima en donde el espíritu habita en la materia y así, un mole rojito del que hacen en mi pueblo, los huevos al albañil de mi papá, la cremosa sopita de papa que hacía mi madre, las generosísimas tortas de jamón que se arma mi marido cuando cenamos todos juntos, están aquí, viviendo entre mi pecho y mi espalda. Como mi corazón.  

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