Casi desde su origen, las pantallas han conectado audiencias con el propio concepto de la naturaleza. Y tal vez la conexión más inmediata entre la naturaleza y los medios audiovisuales recaiga en el cine documental, y es ahí en donde radica también el gran estereotipo del cine de no ficción, en la idea de que el documental es aquel que nos narra las historias de la vida de la sabana africana, o como hiciera Robert Flaherty en 1922, mostrar sobre pueblos y costumbres tan lejanas como la vida de Nanuk el esquimal, pieza en que de manera tal vez un tanto ingenua, por aquel entonces aún sin muchos lineamientos existentes entre el cine y la realidad, sin trazos firmes entre la antropología y la cinematografía, la línea entre la ficción y la no ficción, la puesta en escena y la documentación se entrecruzan en diversas ocasiones del relato, planteando tal vez los fortuitos inicios del docudrama.
El paso de los años forjó la manera de relacionar al cine con su propio entorno, y por tanto, de relacionarse con la propia cultura y la fuerte manera de permear en las conciencias de audiencias cada vez más amplias. El cine va adquiriendo un tono con mayor autoridad para la denuncia. Desde hace décadas, el cine ya gritaba sobre el futuro distópico que hoy comienza a convertirse en presente.
En 2018, dirigida por la directora canadiense Jennifer Baichwal, surge Antropoceno: la era del hombre, una ambiciosa pieza documental de una desgarradora belleza visual en la que la poesía de la imagen funciona sin necesidad de gran acompañamiento narrativo. La belleza intrínseca de la naturaleza y sus fenómenos yuxtapuesta con la brutalidad de la creación humana y el devastador aprovechamiento de los recursos de la tierra. Desde la belleza cruel (y de absurda finalidad) de las esculturas talladas en colmillos de elefantes hasta las desgastadas paredes de las minas de litio que hacen posible la existencia de la batería que mantiene encendida la pantalla en la que probablemente se lee este texto.
En sí, hablar sobre humanidad pareciera que nos separa del concepto de la naturaleza, como si fuésemos nosotros mismos una especie o un algo fuera del sistema natural. Como si no necesitáramos de él. La película, más allá de recurrir a fórmulas o estructuras narrativas dramatizantes, es poderosísima por hacer comprender conceptos complejos de maneras eminentemente simples. Ahí el enorme y grandilocuente poder de la imagen en torno al cambio de conciencia.
El cine puede ser usado para, como hizo Wim Wenders en su inmortal La Sal de la Tierra (2014), recordarnos que siempre puede ser posible hacer florecer la vida incluso en la tierra quemada. Y es ese cambio de conciencia lo que debe ser motor hacia nuevas narrativas en el cine, que con su gran poder para llegar a millones de conciencias, ¿por qué no intentar cambiarlas?