Durante la sesión de fotos tuve esa sensación que rara vez se repite: la de volver a imaginar con rapidez, de conectar con un personaje y reírme sin forzar nada. Frente a mí estaba una hermosa coneja rosa, viva, curiosa, capaz de mirarte a los ojos como si de verdad te escuchara. En ese instante entendí que Sofi Giles no solo manipula títeres: les da voz y alma. Hay una energía suave y poderosa en lo que hace, una manera de transformar lo cotidiano en juego y el silencio en conversación.
En su vida, el arte no fue una elección sino una herencia inevitable. Nació en un entorno donde la creatividad era parte del aire que se respiraba, su historia está marcada por generaciones que convirtieron el escenario en hogar. Su abuela fue cantante de salsa; su padre, el primer actor infantil afrodescendiente en tener un protagónico en Televisa; y su madre, profundamente enamorada del teatro de títeres, utilizó esta disciplina para acercar a las infancias al arte y la espiritualidad.
Entre escenografías, guantes de tela y voces que emergían de figuras de espuma, Sofi descubrió su vocación antes de entenderla: “Era tan pequeña que no podía levantar la cabeza del títere, pero vivir esa experiencia fue divertido”, recuerda entre risas. Tenía apenas cuatro años.
Su formación comenzó con el guiñol —el títere de guante—, técnica que moldeó su relación con el cuerpo, la voz y la imaginación. Pero, más allá de la técnica, lo que la llevó a permanecer fue el lazo humano que surge entre el titiritero y el público: un espacio de libertad en el que todo puede volver a nacer.

Sofi encontró en el teatro de títeres una forma de resistencia frente a las estructuras rígidas del mundo. “Quise experimentar, pero entendí que lo que amaba era crear. Encontré mi voz rebelde en la necesidad de escuchar y aprender para nutrirme, y nutrir al público, sobre todo a las infancias”, afirma. Para ella, el arte no solo entretiene, sino que cura, forma y despierta. Defiende que si los niños no crecen rodeados de arte, difícilmente podrán comprenderlo o valorarlo como adultos.
Pero su herramienta para conectar mejor con las personas es el teatro. “No sabemos cuánto ha vivido una persona y la empatía se vuelve compleja; el teatro ayuda a entender, a observar, a amar más a la humanidad”. Así, su visión está atravesada por el deseo de que las nuevas generaciones no pierdan su capacidad de asombro ni su derecho a imaginar.
Aunque inició con la intención de ser actriz, pronto comprendió que su verdadera pasión estaba en construir y dar vida a lo inerte. Con el paso del tiempo, su estilo se fue puliendo hasta desarrollar una estética propia: figuras redondeadas, de apariencia suave y colorida, hechas de poliuretano, con gestos capaces de contener ternura y fuerza al mismo tiempo. Su sello está en el equilibrio entre la risa y la reflexión: “Me gusta hacer teatro para que podamos reír y, a través de la risa, aprender. Puede ser un mensaje fuerte, pero te lo ‘comes’ con una sonrisa”, menciona.

Entre sus obras más emblemáticas se encuentran El gran delirio de Anacleto y Cascarrabias, donde aborda la esclavitud infantil desde una mirada crítica pero amable, y Casca y Cone, y el misterio de la zanahoria, protagonizada por su alter ego: Cone, una coneja folclórica, alegre y solidaria que conecta a los niños con la tierra y la naturaleza. Para el público adulto, su pieza Las tejedoras representó un punto de inflexión emocional y artístico: una obra sobre los trabajos forzados y las voces silenciadas de la infancia. “Cuando lo expresas, lo puedes soltar”, confiesa.
Para Sofi, el teatro de títeres es un universo sin límites: “De cualquier cosa se puede hacer vida; el límite es la imaginación”. Sus procesos creativos parten siempre de una necesidad interior: ¿qué quiero decir y por qué? De ahí emergen las historias impulsadas por lo que observa en su entorno.
Habla del teatro como un espacio de sanación mutua. “Una obra bien manejada puede sanar corazones, pero una obra mal manejada puede lastimarlos. Tenemos la responsabilidad de cuidar lo que decimos y hacemos”. En su visión, el arte tiene un deber ético: ser generador de empatía y conciencia, un reflejo de lo humano en su forma más luminosa.
Pero su labor también trasciende del escenario. Sofi Giles también es conductora y gestora cultural.
Actualmente es parte del elenco del programa infantil La Chunchetería, transmitido por TV4. Desde ahí da vida a Chapi, un personaje alegre que invita a niñas y niños a explorar el mundo con imaginación.
Por otra parte, es directora del Festival Internacional de Teatro de Títeres Bocón, donde ha construido una plataforma itinerante que lleva arte a comunidades rurales, escuelas y espacios donde el teatro rara vez está presente. “Buscamos llegar a donde no llega nadie, porque el arte es un derecho y el títere es una forma de ejercerlo”, dice con convicción.
El festival, que tiene sedes en León e Irapuato, nació de la necesidad de ayudar a las infancias en contextos vulnerables. Sofi y su equipo no solo presentan funciones: crean puentes entre artistas y públicos, fomentan el pensamiento crítico y abren puertas a nuevas voces dentro del teatro mexicano.

Para ella y Marcelo, su compañero de vida y de proyectos, el futuro del festival se encamina hacia generar un circuito de posibilidades para artistas de latinoamérica que buscan llevar sus obras a otros países y que, por costos de producción, es complejo que itineren fuera de su país.
Para ella, su arte es como una siembra: cada función, cada carcajada infantil, cada títere que cobra vida es una semilla. “Lo único que quiero es que haya mentes más empáticas y amorosas, que alguien diga que aprendió algo”. Su anhelo es simple pero poderoso: que el teatro siga siendo una ventana hacia lo invisible, un espejo donde la humanidad se reconozca y se transforme.
Así, entre risas, canciones y figuras de espuma, continúa tejiendo una historia donde los títeres no solo hablan: respiran el alma de quien los crea.
Sofi Giles es la voz rebelde del teatro de títeres, porque incluso antes de ser plenamente consciente del poder que tenía su manera de pensar y de contar historias, ya estaba transformando lo evidente en algo necesario de visibilizar. A través de sus personajes, explica a las infancias cómo funciona el mundo, cómo opera el sistema y por qué es importante tener una mirada crítica, amorosa y consciente.
Su arte no solo entretiene, sino que provoca, cuestiona y despierta. Se ha forjado no solo como artista, promotora cultural o conductora que conecta con su audiencia, sino como una voz contracultural que se mueve desde la curiosidad, el amor y la empatía, con la firme intención de dejar a las infancias un mundo donde imaginar siga siendo un acto de libertad.
