Desde hace algún tiempo emprendí una búsqueda por encontrar cómo se construyen los límites. La polisemia del asunto me sobrepasa, aun así, haré el intento de compartir mis descubrimientos. Estos los encontré en posibilidades políticas, psicológicas, ontológicas y, especialmente para mis asuntos, estéticas. Porque en mi camino por aprender a decir que no, para los demás, para conmigo, para evitar hacer daño, para evitarle el daño a alguien, para disfrutar (nos) surgió una exposición de arte: Déjame estar solx, ahora existente en Torre Andrade. Les narro esta historia.
Al inicio encontré un saber antiguo con sabor muy presente. La razón etimológica de esa palabra es latina, proviene de la locución limes. Para los romanos, los limes son las señales con carácter administrativo, proveniente de las dictaminaciones de Augusto, que dan cuenta de dónde comienza y termina el imperio; a su vez, son formas especulativas para señalar la identidad de los enemigos: aquellos bárbaros que se encuentran del otro lado. Los limes siempre son simbólicos, en ocasiones artificiales, así han llegado a nosotrxs vestigios de “fortificados de muros, fosos, vallas y torres defensivas”[1]; aunque también podrían haber sido accidentes naturales: por ejemplo, el mar para memorizar las márgenes de Hispania.
Fue ahí que me di cuenta que los límites poseen un antepasado como signos “colonizantes” uso el término de forma anacrónica puesto que su finalidad siempre fue civilizatoria[2] en tanto designan el dominio en las provincias. Su historia nos indica que éstos son marcas para la protección, así como la exclusión, aquel que no sea romano, es adversario, y aquí no es bienvenido. Así, me arrebatan severas críticas contemporáneas sobre la edificación de las fronteras. Esas ideas han sobrevivido de la peor manera posible. He notado la presencia, la cual no es nueva y ante la evidencia es muy vieja, de posiciones xenófobas, racistas y supremacistas blancas en contra del ingreso de (¿¿in??) migrantes a ciertas naciones, especialmente del norte en América. Porque nadie quiere a los mojados cuando llegan de aquel lado; aunque a todo mundo le encanta la mano de obra y más si es barata.
¿Y cuántos son y de esos cuántos sobreviven? ¿Dónde están? ¿Están bien? ¿Y cómo se llaman? ¿Y si murieron, alguien les lloró una lágrima? En el proceso de la escritura de esta breve reflexión curatorial, Los Angeles Times anunció la peor tragedia “con mayor número de víctimas fatales durante una operación de tráfico de migrantes desde México” [3] después me enteré que hubo dos de Guatemala también, el hallazgo de 51 muertos “tras ser abandonadas en un tractocamión sin aire acondicionado bajo el sofocante calor de Texas”[4]. ¿Y cómo se llaman? ¿Y si fue la peor tragedia, cómo son las “mejores”? ¿Y quién los abandonó? ¿Y cuánto les cobró por el pasaje? ¿Y quiénes ganan de esta economía basada en la destrucción? ¿Y por qué se vieron en la necesidad de arriesgar su vida para cruzar del otro lado donde per sé hay romanos con ánimos esclavizantes? ¿Es que será la vida mejor allá que de donde venían? ¿Por qué? ¿Y cómo se llaman?
[1] J. Jacobo Storch, “La Defensa de las Fronteras” en Las Provincias del Imperio (Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 2020) p. 718
[2] Hugh Honour y John Fleming, Historia Mundial del Arte (
[3] Paul J. Weber, Juan Lozano y Elliot Spagat, “Texas: Suman 51 los migrantes muertos hallados en camión”, Los Ángeles Times, Junio 28, 2022.
[4] Paul, J. Weber, “Texas: Suman”

Preguntarme por las condiciones de vida de gentes que jamás conoceré, inauguró una serie de más dudas por la serie de construcciones simbólicas entre unxs y otrxs. Desde un carácter legislativo, me preocupa cómo garantizar tanto la sobrevivencia de poblaciones en la necesidad de cruzar limes
modernos ya no es el mar, ahora el Río Bravo; así como asegurar, a su vez, que su, mi, nuestra la vida de todxs sea una vida vivible, que ésta valga la pena desde el primer instante hasta el último.
Por los que se van, por los que se quedan. Y si es así, ¿bajo qué atmósfera pueden darse una serie de políticas, tanto las de allá como las de acá, que no estén forjadas en la violencia para y contra ciertos tipos específicos de cuerpos ahora presumidos con un número sin nombre? Porque si las fronteras de Roma cayeron, no hay muro tan resistente en el mundo que pueda contener el SU odio.

Lo anterior, me permitió establecer una postura “exterior” cuya base es la paz ante las relaciones de interdependencia; la cual asegura su justificación, si es que fuese necesaria, en tanto que la valía del otrx como la mía, posee una mutua equivalencia. Importamos de la misma manera. Sugiero que nos vinculamos con otrxs sujetos incluso con aquellxs cuya existencia jamás conoceré al presumir que su presencia en este mundo es igual de valiosa que la propia.
No obstante, presumirse no violento se dice con facilidad, especialmente cuando hablamos de las relaciones con seres aún sin conocer. ¿Y cómo se llaman? ¿Pero qué sucede con aquellas otras formas vivenciales que son cercanas? Me debatí y me confronto constantemente si es posible un vínculo pacífico, que a su vez, fuese realista consigo mismo; que supiera que incluso que en cualquier convenio de cercanía, por amoroso y fraterno que sea, éste pudiera ser inundado por la rabia, la decepción y los desacuerdos. Empero, a su vez, que ésta posición no se volviera tirana contra sus semejantes y contra sí misma. Presumo, entonces, que no hay nosotrxs sin conflicto. ¿Cómo lograr ilaciones afectivas desde un carácter saludable, aun sabiendo de la presencia inminente del daño mutuo?
Mis motivaciones para contestarme no eran de índole académica, mis fines eran por responder ante una necesidad emocional. Porque he pasado mucho tiempo en un ambiente de daño somático y quisiera estar en otro lado, quisiera que mi cuerpo ya no esté acostumbrado al caos. Lo hacía por tranquilidad, tanto la de los demás, como la propia. No es por petulancia que mi investigación derivó en un asunto del arte, es lo que sé hacer. Si fuese químico hablaría de sustancias y si fuese astrónomo, de las estrellas. Pero soy curador y todo terminó en un asunto de letras, pintura y estética.
La raíz de la palabra curador proviene de otro saber antiguo también de origen latino con un sabor dulce. Mi oficio viene de la palabra curare, que podemos traducir como cuidar[1]. Un curador actualmente se entiende como un personaje que genera historias a través de la gestión de exposiciones en la cual se vehiculizan significados dispuestos entre las piezas seleccionadas para la misma. Sin embargo, revolví el pasado[2], y quise regresar a la idea primigenia de la palabra. No un narrador, sino un cuidador: de mí, del equipo con el que colaboro, de las piezas con las que trabajo, de los significados que de ellas vienen.
Lo hice así porque me importaba generar una muestra que hablara sobre la protección de las decisiones individuales y de las colectivas. En el proceso, intentaba entender los mecanismos de perjuicio y agresión en las relaciones de cercanía recíproca. Mi lenguaje no es de la matemática, no hablé por los números. Me expresé a través de los signos que conozco. El primero de ellos fue el lugar. No es azarosa mi elección por Torre Andrade, un viejo edificio abandonado vuelto centro de investigación cultural.
Quería activar toda la construcción, sus penumbras y sus silencios (fig.1). Hubo una profunda intención por entender el temperamento del lugar. Hace algún tiempo un mentor, Leonardo Ramírez Cartier, me comentó que él se tomaba el privilegio de darle una pared a una obra. Sin embargo, mi vida que se trata sobre el exceso se tomó el privilegio de darle no sólo una pared a una pintura, sino una torre entera. Bajo el mismo argumento, los asistentes comienzan la experiencia por un piso superior en el cual reciben una serie de instrucciones para la anti exposición, (fig. 2) éstas son un guiño a Fluxus; así como una referencia a la investigación sobre los limes, ahora desde un carácter íntimo: les advertimos cómo tratar a la pieza. ¿Alguna vez le has dicho a una persona que, por favor, no te haga daño y aún así lo hace con un carácter deliberado? ¿Por qué? ¿Se puede evitar ese dolo?
[1] Michael Bhaskar, Curaduría: El poder de la selección en un mundo de excesos, (México: Fondo de Cultura Económica, 2017).
[2] Esta frase proviene de un buen amigo, Luis Vargas Santiago. A él le agradezco su cariño así como sus enseñanzas.

Y Si Ya Me Hiciste Daño, ¿Qué Sigue? No Lo Tomes Personal, Pero No Esperes que me quede
Después de abrir las puertas, los recibe el texto curatorial inundado en neones rojos (fig.3 y 4). Una vez, concluido ese punto, los asistentes tendrán que bajar 88 escalones. Allá abajo no los espera La Suave Melodía (fig.5, 6, 7, 8, 9), la pintura que elegí del acervo del artista leonés conocido como Umo Carlos. Ésta no quiere ser vista, se encuentra vagamente iluminada con unas veladoras, se protege con su fuego, se resguarda en su candor. Dicha obra es un palimpsesto, un ejercicio de reescritura de otra pieza más antigua: El Martirio de San Andrés de José de Ribera.
Umo mantuvo la estructura original de la pieza. (Re)hizo el barroco a su imagen y semejanza. Hizo que la fe hablara de sus ansiedades, de sus conflictos y de sus miedos. Ya no se trata sobre la adoración a un santo, esta pintura narra sobre su agorafobia y de las manías que le inundan cuando está en compañía no solicitada. Sin embargo, de regreso al tema del esquema constructivo de la pieza, el leonés hundió en negrura a todos los personajes de la historia de Ribera, salvo un pequeño brazo que se encuentra en la esquina inferior izquierda. Cuando el detalle apareció a mí, lo interpreté como un protector de la figura principal; luego, el artista me explicó que es más bien un castigador. Quise explorar esa dualidad en el performance de Twyla Rave, artista del drag y atrocidad nocturna. Travesti para desestabilizar lo dicho.

Por su parte, Twyla custodia la obra (fig. 10, 11, 12): su papel nace de lo que no se puede ver. Aparece cuando alguien ha llegado, padece su presencia. Baila, gira, se retuerce en phatos en un acto performático que delimita hasta dónde es permitido acercarse a la pintura. Su gesto artístico es en defensa de los límites: una revancha. Su conclusión es asesinar la luz. De sus labios exhala una suave melodía de aire que interrumpe el fuego de las veladoras. Sigue un principio del idealismo kantiano: la razón y su iluminación nos dan certeza de la existencia. Sin ésta, la razón confunde en monstruos cuyas presencias no son claras. Pueden estar afuera, pueden ser nosotrxs, pero y si nadie los ve, ¿existen? Quizá y los bárbaros somos los de este lado.
Finalmente, en un acto de abuso mutuo, aquí ya nadie está. El arte, los asistentes, la belleza y la fealdad se extinguen en su presencia. ¿A caso la disolución de las fronteras de significado borra lo que fuiste tú y lo que soy yo? Y si desaparecen, ¿nosotrxs algún existimos? La siguiente propuesta de exhibición es una respuesta ante las contraposiciones infinitas y siempre vivas en las relaciones humanas. Es tragedia y sublimación. ¿Acaso podemos existir sin estar en compañía? Peor aún, ¿cuánto podemos vivir en soledad? ¿Y CÓMO SE LLAMAN? Mientras encontramos respuesta, nosotrxs sugerimos el alejamiento.

La exposición contará con una activación final el viernes 15 de julio. Contará con una visita guiada, performance y un conversatorio. Registro previo en redes sociales de la Torre.
Ficha técnica de la obra: “La Suave Melodia”, Umo Carlos, 2022, óleo sobre cedro, 20 x 28 cm, colección particular del artista. La instalación final incluye velas y la máscara utilizada durante el primer performance de la exposición.
Documentación realizada por Armando Belsoj, salvo piezas del texto de sala y espacio iluminado, así como la fig. 12.
Arte por @umo.carlos/ Instagram
Performance por @twylarave /Instagram
Curaduría por @juankibuenrostro/ Instagram
Documentación por @armando.belsoj/ Instagram
En @torre.andrade/ Instagram

