Y sí, el cine mexicano actual, contemporáneo o como gusten llamarlo, se sabe optimista; tanto por la cantidad como por la calidad de la diversidad de sus propuestas. Y aunque sigue en el atasco, es justo señalar que luego de años y años empantanado, hoy se ve una vereda por dónde andar, por la cual avanzar.
Antes de hablar de este presente optimista, hay que entender el pasado. Repasar el trayecto que nos trajo hasta acá, porque el cine mexicano puede ser muchas cosas, pero es imposible negar que tiene una historia llena de matices; y es desde esa historia que podemos entender su prometedor futuro.
El cine llegó a México muy pronto en la historia, en 1896 don Porfirio y su afición por todo lo que tuviera sello francés nos trajo ese invento que sorprendía al mundo.
Tras décadas de formación, experimentación e industrialización, llegaron los 40 y con ello el esplendor de nuestro cine, poco más de 10 años en donde el cine mexicano llegó a latitudes que hoy se siguen extrañando. Se consolidó un sistema de financiamiento que permitía producciones de calidad que lograban retornar la inversión, el público se multiplicó y se interesó por lo que se contaba en la pantalla, propuestas que contenían discursos auténticos y atractivos. Esto se combinó con el estallido de la Segunda Guerra Mundial que puso en pausa a toda Europa y Estados Unidos, lo que permitió que el cine nacional se convirtiera en un referente internacional.
En esa época nacieron figuras inmortales como Cantinflas, Pedro Infante, Dolores del Río, María Felix, Emilio El Indio Fernández, Gabriel Figueroa, Ismael Rodríguez, entre muchos nombres que son parte de nuestra cultura popular. En esos años también se fundó la Academia Mexicana de Ciencias y Artes Cinematográficas (1944), quienes en 1946 entregaron por primera vez el premio Ariel. Se crearon también productoras importantes como Estudios Churubusco (1945) o México Films (1947). El cine se convirtió en una de las industrias más importantes del país, permitió la llegada de cineastas extranjeros como fue el caso de Luis Buñuel, que luego de la magistral estampa social que fue Los Olvidados (1950) y una producción fructífera en México pudo consolidar su carrera internacionalmente. Sí, el cine de nuestro país fue una potencia, pero como casi todo lo bonito que tenemos, no supimos cuidarlo.
El fuego fue extinguiéndose, nunca hubo una renovación, las propuestas se convirtieron en clichés, los arquetipos en caricaturas y las figuras se diluyeron. Para finales de los 50 la decadencia de nuestro cine se anunciaba en una gran marquesina pero nadie hizo nada para detenerla. Esta sensación de apatía se tradujo en el desinterés del público que desencadenó el desinterés en la inversión, fue tan paulatino y natural que cuando alguien se dio cuenta ya era muy tarde.
Después de desaprovechar el impulso que la época dorada pudo haber generado, comenzaron diferentes esfuerzos para revivir una industria que se sentía en decadencia. Entre apoyos públicos y distintas convocatorias, la industria pretendía acercar a nuevos creadores que, a su vez, formaran nuevos públicos. Y aunque el presente nos podría resumir que todo fue un fracaso, en realidad estos esfuerzos permitieron obras de gran calidad que hoy siguen siendo referentes en nuestra cinemática historia.
Como ejemplo tenemos Los Caifanes (1967) de Juan Ibáñez, una producción que nació de iniciativas experimentales, alternativas y novedosas en donde artistas de otras disciplinas podían crear desde espacios “menos formales”. Así, con un texto de Carlos Fuentes, la dirección de un hombre de teatro como Ibáñez, la participación de figuras contrastantes como el bohemio Óscar Chávez y la estrella Julissa, junto con elementos referenciales como la aparición de Carlos Monsiváis o de Enrique Álvarez Felix, construyeron una película que en perspectiva es también un termómetro social. Las aventuras de Los Caifanes interesaron a la crítica especializada y gustaron al gran público, ahora sí que Un Caifán todas las puede… Ahí, en ese momento, un año antes de la masacre de Tlatelolco, parecía que nuestro cine alcanzaba un nuevo brillo. Todo fue apenas un destello.
Las tragedias mexicanas, los movimientos sociales y políticos en el mundo, la intervención controladora del gobierno y una industria en caos dejaron al cine, antes valorado e impulsado, en el olvido generalizado. Por si fuera poco, para ese entonces muchos hogares mexicanos ya tenían un televisor a color, lo que alejó también a las familias de las salas. Un trágico cóctel que nos llevó a un oscurantismo cinematográfico cuyos fantasmas no hemos superado.
El resultado fueron películas a destajo, producciones sin fondo, meras distracciones y entretenimiento barato. Carencia total de sentido social, de narrativa poética o reflexiva, la denuncia era impensable, las voces ya no reflejaban la necesidad de un país en crisis.
Comedia vulgar, crimen y misoginia. Las décadas de 1970 y 1980 fueron hervidero para fórmulas básicas y corrientes que ridiculizaron elementos que en otras épocas fueron orgullosos reflejos de nuestra rica cultura como la lucha libre, la fiesta y la noche. Sería injusto decir que no hay nada que rescatar de esa dolorosa época, Carlos Enrique Taboada y su Veneno para las hadas (1986), Arturo Ripstein y El lugar sin límites (1978), Felipe Cazals y Canoa (1976), entre otros, dan evidencia de que por más difíciles que hayan sido los tiempos, en este país siempre ha habido gente haciendo buen cine.
Tras años de apestarse de escasez, de atascarse y tocar fondo, llegó una nueva década, una que trajo consigo movimientos sociales, políticos y económicos. El Tratado de Libre Comercio, el EZLN, el Fobaproa y el Chupacabras. El cine mexicano se hallaba cómodamente en la mediocridad, el TLC le daba prioridad a la oferta extranjera, las producciones nacionales cayeron al mínimo gracias a la nueva Ley Cinematográfica de 1992. Una vez en el inframundo, los únicos pasos que se podían dar eran hacia arriba.
Danzón (1991) de María Novaro, La mujer de Benjamín (1991) de Carlos Carrera, Como agua para chocolate (1992) de Alfonso Arau o El callejón de los milagros (1995) de Jorge Fons, son ejemplos de producciones que retomaron el valor en el discurso y a través de sus propias narrativas buscaban una profundidad más allá del llano entretenimiento. A través de propuestas realistas, crudas y dramáticas inició el bosquejo de una línea que se convertiría en el camino por el que hoy anda el cine mexicano.
Y entonces llegó el nuevo milenio y con él, la que para mí es la película que confirmó el renacer de nuestro cine: Amores Perros (2000) de Alejandro González Iñárritu. Gustos aparte, esta cinta nominada a mejor película extranjera combinó distintos elementos que evidenciaban que el cine en México, incluso el cine —mal llamado— comercial podía ofrecer algo más que distracciones.
Desde ahí comenzó una afortunada serie de sucesos que fortalecieron las marchitas venas de este cine anémico. Dándole nombres propios a algunos de esos sucesos puedo mencionar la cercana franqueza de Y tu mamá también (2001) de Alfonso Cuarón, el brillante relato de El espinazo del diablo (2001) de Guillermo del Toro (sí, producción mitad mexicana y mitad española), incluso el interés que generó la polémica El crimen del padre Amaro (2002) de Carlos Carrera, la hilarante Matando Cabos de Alejandro Lozano y no olvidar la peculiar y genial ópera prima de Fernando Eimbcke, Temporada de patos (2004). Agregarle también la creación del Estímulo Fiscal a Proyectos de Inversión en la Producción Cinematográfica Nacional, EFICINE 189 en el 2006.
Actualmente, el cine mexicano vive una realidad muy distinta a la de sus años más oscuros. Las propuestas son pertinentes, hay mensajes necesarios y discursos que proponen transformación. El público que exige y que busca el cine nacional es cada día más numeroso, seguimos siendo una minoría, pero en crecimiento.
Treinta años tuvieron que pasar para que la luz comenzara a invadir la oscuridad de un cine moribundo. Las historias han comenzado a encontrar nuevos lenguajes, el estilo se vuelve auténtico y las temáticas son cada día más cercanas a lo que sucede en México, un país que necesita con urgencia al séptimo arte.
En la última década podemos mencionar un abanico de producciones de calidad para todos los gustos. Desde la comedia satírica del México contemporáneo como Nosotros los Nobles (2013) de Gary Alazraki, pasando por las ficciones provocadoras de Reygadas o las incómodas y cuestionables historias de Michel Franco, hasta llegar a las genialidades que han sido Güeros (2014) de Alonso Ruizpalacios, Tiempo Compartido (2018) de Sebastián Hoffman, Ya no estoy aquí (2019) de Fernando Frías o en el ámbito del documental, cruda y asfixiante La libertad del diablo (2017) de Everardo González.
Por supuesto que en este recorrido me he dejado a muchas otras producciones destacables, pero es que afortunadamente vivimos una época donde no se puede decir que no hay buen cine mexicano.
Hoy, el discurso incluye a los rotos pero no desde la lástima sino desde la visibilización, a los inadaptados pero no desde la represión sino desde la inclusión, encuentra en lo no convencional formas de contarse, porque al cine mexicano se la había olvidado su voz, y aunque esto es un proceso, el escenario es alentador.
Los invito a ver, buscar y exigir buen cine mexicano, estos son los tiempos de cicatrizar y anhelar un mejor presente.
Referencias:
El cine mexicano contemporáneo. La emergencia de nuevos figurantes, Cinémas d’Amérique Latine. Recuperado de: https://journals.openedition.org/cinelatino/1399
Pistas del cine mexicano actual. Aceprensa. Recuperado de: https://www.aceprensa.com/cine-series/cine/pistas-del-cine-mexicano-actual/
Historia del cine mexicano. Ibermedia digital. Recuperado de: https://ibermediadigital.com/ibermedia-television/contexto-historico/historia-del-cine-mexicano/