Gustavo Díaz Ordaz inauguró el campeonato con un microscópico discurso de una sola línea que rápidamente fue sofocado por los chiflidos y abucheos de la gente en las gradas. Era imposible no recordar la celebración tan correcta que siguió al —también brevísimo— discurso que el mismo presidente dio dos años antes, en 1968, para dar inicio a las Olimpiadas, a solo diez días de haber llevado a cabo la masacre en Tlatelolco, la más recordada en la historia de nuestro país.
A diferencia de Díaz Ordaz, Luis Echeverría, quien fue Secretario de Estado de Ordaz y su sucesor como jefe de Estado en 1970, al final de su sexenio no podía jactarse (como el expresidente) de haber inaugurado los dos eventos deportivos más importantes del mundo; pero de lo que sí podía presumir al final de su vida, es de haber sido el primer presidente en enfrentar un proceso judicial y recibir prisión domiciliaria (2006-2009) por acusaciones de genocidio que lo responsabilizaban de la Masacre de Tlatelolco y de la Matanza de Corpus Christi, sucedida a menos de un año de haber asumido la Presidencia.
Por otro lado, el caricaturista, nadador olímpico y cineasta Alberto Isaac, El Güero, también podía alardear de haber sido parte de los Juegos Olímpicos del 68 y del Mundial del 70, pero él a través de los —para entonces— gargantuescos equipos de producción con los que filmó Olimpiadas en México (1969) y Fútbol México 70 (1970). Producciones del Estado comisionadas por la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) y por el Comité Olímpico. Es aquí donde contrasta mucho la manera en que el director llega al cine, al haber sido segundo lugar del Primer Concurso de Cine Experimental en México con En este pueblo no hay ladrones (1965), convocatoria dispuesta en una época de estancamiento creativo y económico para introducir nuevas voces al ecosistema fílmico mexicano; voces inspiradas por los nuevos cines de los 60, camadas de amigos que se convertirían en cánones de la cultura (la película adapta un cuento del aún desconocido Gabriel García Márquez) y abanderados del futuro cine setentero, definido por la doble cara de ser atrevido y crítico, a su vez que dependía del Banco Nacional Cinematográfico, cuya directiva asumiría Rodolfo Echeverría pocos meses antes de que su hermano menor tomara la Presidencia.
Alberto Isaac, quien nunca definió explícitamente una postura política (solo si ignoramos su carrera cinematográfica, claro está) y sin un estilo distinguible, resultó ser un director ideal para los grandes encargos que le haría al México pacífico y progresista en la transición de décadas. No es de sorprender que llegase a ser el primer director del IMCINE (1983-1986), cargo del que fue sustituido debido a sus pobres resultados (aunque siendo honestos, los 80 en su totalidad fueron un pobre resultado para el cine mexicano). Al haber participado como nadador en los Juegos Olímpicos de Inglaterra y de Helsinki, tenía que haber cierta expectativa en el ojo de Isaac sobre el cuerpo, en especial para su primera comisión, dada la tradición fílmica con la que contaba el evento (Los JJOO en Tokio o el clásico de propaganda nazi de Leni Riefenstahl, en la que Isaac admite haberse inspirado).
Dos años después le fue comisionado el documental de la Copa del Mundo 1970. Poco importaba el que Isaac hubiera admitido no tener conocimiento del deporte, Olimpiada en México era todo el currículum que la FIFA necesitaba: una película aclamada críticamente por su técnica que lograba con éxito dejar de lado aquello que no fuera el deporte. Una película costosa, enarbolada y obediente.
Si Olimpiada en México tenía un problema de falta de creatividad, esa ausencia se inyecta de esteroides con la modalidad fílmica televisiva que presume durante casi todo el metraje Fútbol México 70. Hacia los últimos dos encuentros: el partido del siglo entre Alemania e Italia y la final entre Italia y Brasil —quizás como intento de clímax visual— se retoman las imágenes en cámara lenta que utilizó en el primer documental (lugar común del cine deportivo) para acentuar la épica corporalidad del deporte. Los encuadres no están especialmente pensados para exaltar estas dinámicas del cuerpo, pero resultan más estimulantes de ver a ese nivel de detalle rítmico que la cobertura de planos amplios, no muy alejada de lo que uno acostumbraba a ver por televisión. El Mundial no cuenta con la misma tradición fílmica que los Juegos Olímpicos; la FIFA no exige un pensamiento cinematográfico y lo que queda es publicidad, un resumen de ciudades - nuestro León entre ellas - y buenos partidos por los que la cámara y narración poco hacen.
Si bien no se logra transmitir el drama de la cancha y los intentos por sentimentalizar a los equipos en sus contextos sociopolíticos es cursi e incompleto, Fútbol México 70 enmarca el evento dentro de la narrativa de un niño —blanco y rubio— de periferia que escapa de su casa para ir a la celebración del fútbol en la capital, haciendo un road trip por varios y maravillosos (y turísticos) escenarios del país. Un camión de Coca-Cola le da aventón: se baja echándose su ‘chesco’. La Ciudad de México, cuan gran metrópoli, está cubierta de publicidad (entre ella de Coca-Cola). El niño entra al estadio junto a dos turistas estadounidenses para presenciar la inauguración. Pasan los equipos, se hace silencio y, súbitamente, se sueltan globos y empieza el juego.
La película ha omitido el abucheado discurso de Díaz Ordaz. A diferencia de Olimpiada de México, donde se preservó la etiqueta del evento y, por ende, el discurso de inauguración sí formó parte de ese universo fílmico que ambas películas comparten: un universo limpio para la posteridad; un universo en donde las cosas estaban bien y en su lugar. Imágenes a las que se puede volver nostálgico una y otra vez, pues refieren a un mundo mejor; uno que no existe. No es de sorprender que Alberto Isaac más adelante adaptara Las batallas en el desierto en Mariana, Mariana (1987).
Los grandes eventos deportivos son aliados del poder por naturaleza, pero también están atravesados por las luchas y esfuerzos de sus eras. Alberto Isaac hace zoom al puño que Tommie Smith (medalla de oro estadounidense) levanta durante su himno nacional en protesta de los derechos civiles negros. La imagen está ahí, sí, con acercamiento del lente y todo, sugiriendo cierto peso en aquella seña inconcreta dentro de la pantalla que bien podría ser protesta o una simple celebración de victoria. Alejándose del terremoto político que trajo consigo aquel momento, la película predeciblemente omite el intento de Avery Brundge, el aquel entonces presidente del Comité Olímpico Internacional, por expulsar de la Villa Olímpica a Smith y a su compañero John Carlos (medalla de plata) por el gesto. Pero en los mundos deportivos de Isaac, Tommie Smith no enfrenta repercusiones por su puño y a Díaz Ordaz no lo abuchean en el Mundial. Como el cine tiene el poder de recordar, también lo tiene de borrar.
