INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

¡Aoquic iez in Mexico! ¡Ya México no existirá más!

Annalisa D. Quagliata plantea los cruces de México ancestral y su presente en este metraje de 80 minutos.
/assets/images/placeholder.png
Miguel Domínguez
“¡Aoquic iez in Mexico! ¡Ya México no existirá más!”. Esa sentencia es una viajera del tiempo. Una sentencia dicha por el dios Tezcatlipoca a hechiceros en la que predicaba el próximo fin de Tenochtitlán. Es una sentencia temporalmente cautivante por referirse a un futuro en el que parecemos habitar.

La demolición de la ciudad erigida sobre Texcoco dio paso a la capital de algo nuevo que preservó el nombre de aquello que acababa de morir. ¡Ya México no existirá más! ¿De qué México hablamos? ¿Del que fue o del que es? ¿Y es que acaso podemos distinguir entre ambos? Porque si el México al que Tezcatlipoca pronosticó su fin realmente desapareció, eso nos ubica en la no-existencia. No en la no-existencia de nuestro ser, sino en la de aquellos que alguna vez fueron y de cuyo existir sabemos por destellos y coágulos que aún brotan de la identidad cicatrizada que portamos en los cuerpos: del concreto, de la carne, de la imagen. 

La película de Annalisa D. Quagliata, directora experimental veracruzana educada cinematográficamente en el Massachusetts College of Art and Design, en Estados Unidos, es una orquesta iconográfica de lo «mexicano»: esos fragmentos sobrevivientes y que han sido reanimados y rearmados tras la conquista, tras el colapso del 90% de la demografía nativa por las enfermedades europeas, tras el mestizaje, el sincretismo, tras la independencia, tras el globalismo y el neoliberalismo. La sentencia deja una sensación contradictoria: predica el no-existir de algo, que, según el montaje, sigue habitándonos debajo de las capas y capas de futuro que se han amontonando tras la caída de la capital mexica. 

Una Virgen de Guadalupe revela en llamas a Coatlicue-Tonantzin: nuestra venerable madre, madre de los dioses. Los cuerpos de los intérpretes Marcela Vásquez y Brian Espitia encarnan a los dioses y sus mitos: Quetzalcóatl derramando la sangre de su pene para crear a la humanidad; a Tlazoltéotl comiendo la inmundicia, absolviendo la lujuria, y a Xochiquétzal dando luz. Mientras tanto, enterradas en el subsuelo de la Ciudad de México, los íconos de las estaciones del metro desmiembran el metraje en rápidas secuencias de imágenes: nopales, águilas, maíz, chapulines, vasijas, ayoyote, chimalli. Las pieles de los habitantes llevan grabados tatuajes de estos símbolos, como tallos de piedra viviente. Símbolos que se leen como epígrafes, la Ciudad de México es una tumba gigante. Y en México, lo muerto vive. Sus habitantes, a diario, descienden al inframundo para moverse por la ciudad. Y a diario, el sol se alza sobre el Valle.

Más sobre mí vuelve a caer la sensación contradictoria. Cuando una obra se propone a abarcar tanto terreno con esta energía y ambición, es imposible no caer aunque sea en unas cuantas generalidades importantes. ¡Ya México no existirá más! es una búsqueda hacia la identidad, ya sea en su definición o en su desdibuje. Es una preservación intuitiva, que es como Quagliata explica su proceso fílmico, de cómo se siente la idea de ese México no-existente que resiste al olvido, que evidencia el pasado y que respira a la par de la desprendida célula inquietante que habitamos. Pero es acaso por habitar en uno de los desprendimientos de esta célula que reside este sentimiento de distancia que me confunde. 

En la entrevista que le hizo Nicolás Ruiz a la directora, este menciona el «deseo de reencontrarnos con algo para siempre perdido». A lo que Quagliata responde que «Todos los que viven ese deseo lo viven desde lugares muy distintos, desde coordenadas muy distintas en todos los territorios de México». Nicolás Ruiz y Quagliata comparten el hábitat de la Ciudad de México, algo que me es ajeno al escribir estas palabras desde León, Guanajuato. Cuando ¡Ya México no existirá más! habla de México, en realidad habla de la México-Tenochtitlán de los mexicas: el final predicado por Tezcatlipoca —un dios mexica—, es el de esa ciudad en específico. Y esa predicción la podemos encontrar en el Códice Florentino: producción enciclopédica española sobre los pueblos nahuas. 

El México en que hoy vivimos no tiene un pasado, sino muchos, y hasta eso podría ser una simplificación. Son estas tierras cuyos nombres cambian cada cientos de años las que conglomeran a todas las narrativas y civilizaciones que alguna vez las habitaron, muchas de las que perecieron tras la llegada de los españoles, a quienes podemos asimilar a la masa sobre la que cae la sangre del pene de Quetzalcoatl en el capítulo final de la cinta: unas cuantas gotas que impregnan y definen aquello otro a lo que dio luz el capullo novohispano; aquello otro que nunca termina por sentirse propio, como no siento del todo propio los anhelos por el pasado del Valle, por el brevísimo imperio Mexica, ese Centro del que nos seguimos sintiendo aislados aquellos que no lo habitamos; como tampoco siento conexión por la Nueva España, por el vasallaje, por la cultura que aún respira al otro lado del Atlántico. 

Nueva España y el Imperio Mexica son ideas centralizadas e inconclusas de lo que es/fue México. Ideas a las que volvemos constantemente. Pues quizás eso que tuvo fin más nunca terminó del todo sea México; o quizás México sea el no-admitir todo lo que es y no a la vez; quizás la manía y consuelo de volver al mismo centro sea una de sus tantas definiciones. México parece ser, como la historia, una serie de inconclusiones.

En León de Los Aldama, vamos al Centro, a la Plaza de los Mártires por unos elotes frente al Sport Palace. Le echamos salsa Valentina y salsa de arándano. Pasamos por un Cristo dentro de un vitral que te mira penitente para llegar al cruce en el que un puesto de donas recién abiertas llamadas I DO NUT hacen contraesquina con un OXXO. Los latigazos del Torito rebotan por los edificios vacíos de la López Mateos. Si sigues por el bulevar hacia el sureste verás centros comerciales, outlets, el pasillo industrial y toda una serie de fraccionamientos aislados de la ciudad. Se dice que si sigues recorriendo ese camino llegarás a una ciudad flotante, construida en un islote, en medio de un lago. Se dice que pronto caerá en llamas y que pronto seguiremos nosotros, aunque las guerrillas y Chichimecas no darán tregua tan fácil. Eso no impide que en la ciudad palpita cierta ligereza: la de esos edificios abandonados y todos esos letreros en lenguas extranjeras que dispersan nuestra comprensión. Las fundaciones parecen no estar bien puestas.

Entonces aparece una película titulada ¡Aoquic iez in Mexico! ¡Ya México no existirá más!, como un relámpago a lo lejos. Un estruendo de luz anunciada. Un eco proveniente del olvido. Quizás la vida sí sea cíclica y esa sentencia puede interpretarse como pronóstico del fin orgánico (este fin) al presente que habitamos. Pero quizás también pueda interpretarse como algo premeditado, algo sobre lo que finalmente sintamos injerencia: un plan de destrucción. Si se define ¿Qué es México? se sabrá a qué dársele fin, para sobre lo que quede esparcir semillas de maíz. Así, el elote crecerá de nuevo.

Miguel Domínguez Miguel Domínguez

 Nací en Lázaro Cárdenas, pero llevo 7 años siendo leonés. Escribo sobre cine a pesar de espantarme con Shrek cuando era niño (¿o debido a eso?). Mención honorífica del Sexto Concurso de Crítica Cinematográfica del Festival Internacional de Cine de Los Cabos. El tomate es mi comida favorita.