INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Azul

Colaboración Narrativa con una mención honorífica de los Premios de Literatura León 2024.
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Gabriela Josephine Montes Cervantes
No tomes muy en serio/ lo que te dice la memoria./ A lo mejor no hubo esa tarde./ Quizá todo fue autoengaño./ La gran pasión/ sólo existió en tu deseo./ Quién te dice que no te está contando ficciones/ para alargar la/ prórroga del fin/ y sugerir que todo esto/ tuvo al menos algún sentido. Memorias, José Emilio Pacheco.

Una mujer sola. La luz se enciende al fondo del corredor mientras N camina hacia el cuarto. Levanta la cabeza, ve el televisor encendido. Un blanco insoportable calcina sus ojos acostumbrados a las luces neón. Ve lo que parece ser una película de la región NGLK-H, no la comprende del todo. Ve con sus ojos los últimos registros de la humanidad que se conjuntan en la imagen claroscura de dos vagabundos que esperan frente a un árbol. Ante la falta de claridad visual se acuesta a escuchar el crujir de los dientes. La danza del cuerpo de lo que parece una trama predeterminada como los algoritmos de la computadora de N al clasificar las especies del azul. Me están mirando, dijo al recordar cuando la encerraron en ese espacio, ahora también. Pero hoy no hay nadie más, no hombres, no perros, no plantas, no más mujeres —solo ella— y el azul; una masa deforme que se plagaba por las paredes con filamentos pegajosos. Reclina su cabeza en el sillón y mira una facción en el rostro incognoscible. Ahora se repetía. Siente la tristeza de sus últimos días con M. La posibilidad de no saber interpretar aquellas acciones de ruido estridente que se aglutinan en un movimiento de la boca: la forma ascendente y baja de la sonrisa en intervalos casi imperceptibles.

La conocí de vista, porque ya no quedábamos muchos, se dijo mientras mantenía clavada la mirada en el televisor. Recordó su cara en su pecho, las caricias en su pelo, la mano que navegaba hacia el poniente de su corporalidad. Antes solo eran ellas dos, ¿era importante? A la distancia, el flashazo de la memoria perdía nitidez al pasar los segundos. Miró a ambos personajes, algo se arremolinó en su estómago. Ambos se desenvolvían de una forma desconocida, inalcanzable para N, una forma primitiva de comunicarse. De su abuela B la había escuchado cuando uno de sus compañeros de la escuela le gritó que deseaba bañarse en sangre de niñas malas, mientras su cuidadora se lo llevaba. Las otras niñas no sabían si arquear su boca hacia arriba o hacia abajo por la manera en la que el chico gritaba a la salida, o por la forma despreocupada de su cuidadora al recogerlo. Bajo ese escenario, parecía M compartir esa cualidad que N, una versión posterior, ya no tenía en sus entrañas. 

Pensó que más de uno sobreviviría cuando se los llevó al solar, pero se fueron apagando como los faros de salida en un quirófano. Ella estaba ahí, sumida en una esquina y le mostraba a N las manchas de azul en su cuerpo. B se lo dijo, pero ya no recordaba la palabra al cuerpo de M. Ningún día flanqueó, se durmió y el azul empezó a confundirse con el de su sangre. Se quedó con una mueca estirada. N no poseía algún sentimiento, tampoco rastro de los monos, solo la curiosidad datada en los últimos informes. Levantó el cuerpo de M y la abrazó en búsqueda de saber si todavía albergaba una chispa del calor, redactó unas cuartillas para ella e imaginó que el alma se desprendía del cuerpo como en la antigüedad. Se vio en los vagabundos de la obra de teatro, en aquel que llamaban Didi y también en la curiosidad de Gogo. Ellos, los otros esperaban como N, aunque la respuesta culminaba en un absurdo.

Somos adultos tristes, le comentó un día otro hombre en el solar. N lo nombró LL, porque nunca le agradó escribir esa letra en los ejercicios de la escuela. Las letras siempre acechaban a la M, le causaba asco. ¿Sabías que el próximo estado para nosotros, lo que ahora llamamos humanidad, es terminar siendo un jugo gigante amorfo como el mar? Dos semanas duró LL antes de que N lo asfixiara para comprobar su teoría, fue el único que no murió esperando algo, ni por el azul. En su vientre se gestaba una conmoción enorme y sentía consuelo en sus actos. Así, LL dejaría de mirar las costillas azules de M, dejaría de desabrochar su botón, de tirar de su pelo por las noches, de hacerla reír. Esa palabra siempre huía del vocabulario de N. No comprendía las implicaciones para el subir y bajar de la boca con una estridencia abismal, eso era un alarido de muerte. O eso sentía en sus entrañas cuando ocurría. Recordó sus manos extendidas, su boca abierta, su cuerpo desnudo, la contracción de su diafragma. Lo que sale del vientre son los niños, escuchó un día decir cuando era pequeña y sintió miedo. Pensó en microbios en su abdomen del azul mismo llenando a cuentagotas el vientre. ¿Recuerdas a los niños? Preguntó un día a su compañera. Claro que los recuerdo: yo fui uno, le dijo M. Tengo mar en mi vientre, le dijo con una mueca ascendente mientras arremolinaba el pelo de N. Miró las llagas azules, N abrió los ojos y examinó la cartografía de su cuerpo. En un momento de ternura intentó enseñar los dientes justo como en los documentales de la NGLK-H. 

Los ojos se duermen, comienza a bajar el párpado que por el cansancio flanquea y se va cerrando ante la molestia de la luz. Ambos párpados estaban hinchados como si hubieran llorado con los deseos de N. En la penumbra solo se ve Esperando a Godot en la televisión y el azul que tiñe las paredes de alrededor. Entonces, N caminó, con las pocas fuerzas que le quedaban, al televisor para ajustar la imagen, mientras escuchaba las risas del público. Entendió que aquel vacío se llenaba con las carcajadas de los actos de Didi y Gogo. Sintió el mar en su vientre, pensó en M, en sus labios, en sus cejas, en sus ojos azules y antes de caer en el sillón N ríe con ternura al ver el final de la obra. Ambos actores salen después del vitoreo del público, se despiden, se les nota felices, humanos. N rió junto a ellos, siente como su vientre se va llenando de agua salada. Escucha cómo rechinan sus dientes. Entiende a M, a LL y a su abuela. Recuerda a los simios enseñando los dientes mientras brincan efusivos. Recuerda la calidez del mundo y el azul llenando el globo terráqueo en la creación. 

Gabriela Josephine Montes Cervantes Gabriela Josephine Montes Cervantes

(León, Gto. 2000). Es estudiante de Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato. Ha sido creadora de contenido en páginas de literatura y formó parte del comité organizador del Coloquio Nacional Efraín Huerta y Efrén Hernández.