- ESPACIO EXTERIOR
El 9 de diciembre de 1874 sucedió un tránsito de Venus. Este fenómeno consiste en que el pequeño planeta pasa entre el Sol y la Tierra, haciéndose visible en la Tierra al proyectar su silueta como una pequeña mancha en el Sol. Este tipo de eventos resultaba de gran interés para los astrónomos de la época, quienes a partir de ellos estudiaban incógnitas como el tamaño del sistema solar.
Entre estos astrónomos se encontraba Jules Jenssen (conocido por descubrir el helio) quien viajó a Nagasaki, junto al ingeniero brasileño Franciso Antonio de Almeida, para filmar el pasaje. Así, tal cual se lee. Más de 20 años antes de la Fábrica de los Lumière, Jenssen y Almeida estaban en la tierra del sol naciente con una enorme cámara de mecanismo revolver para capturar el movimiento del pasaje; sin embargo, se dice que la operación fue fallida y las placas se perdieron. Pero, entonces, ¿cómo es que tenemos la supuesta película del pasaje? La única explicación es que Jenssen y Almeida filmaron una serie de simulaciones del fenómeno astronómico que ellos mismos hicieron como pruebas antes de la filmación. El resultado final es una pequeña película de seis segundos, más cercana al caballo de Muybridge que a los Lumière, donde vemos a Venus hecho manchita cruzando a brincos la superficie del Sol.
El propósito de tales películas, a diferencia de la simbólica innovación de los Lumière, era exclusivamente científico; sin embargo, de querer tomar al Pasaje de Venus (1874) de Jenssen como la primera película, es imposible no imponer ciertas lecturas románticas desde el futuro: la primera película simuló la realidad para descubrirla.
Setenta años después, en 1945, los nazis estrenaron el primer misil balístico, el Vergeltungswaffe 2 (que se puede traducir a Misil de venganza 2) o V2. Éste fue también el primer objeto humano en llegar al espacio. Aunque las primeras pruebas en combate fueron efectivas, dada la fecha, se sabe que no lo disfrutaron por mucho tiempo: Hitler se suicida y las primeras bombas nucleares caen en Hiroshima y Nagasaki. Estados Unidos y Rusia se sumergen en la carrera espacial y muchos de los primeros cohetes de prueba eran armamento nazi recuperado tras la Guerra; entre estos el V2, que fue utilizado para distintas pruebas de Estados Unidos.
En una de éstas se colocó una cámara en el Vergeltungswaffe 2, apuntando hacia la Tierra. El cohete despega: en un instante el suelo queda lejano, la cámara empieza a girar y en sus bordes podemos vislumbrar un trazo curvo, una superficie vidriosa, luminosa, gentil. El movimiento es caótico, salvaje, casi ilegible. Corte a negro. Aquella fue la primera película del espacio y nuestro planeta; más adelante, el mundo vería a Neil Armstrong pisar la Luna y varias décadas después somos capaces de ver un video 360º de Marte. El cine, la ciencia, el espacio y nuestra mirada avanzan a un ritmo acompasado.
Todo aquello se puede conjugar en los eclipses: ese paisaje prohibido, fabulesco. De mirarlo, ¡quedarás ciego! Para eso inventamos un ojo artificial. En las vísperas del siglo XX, Nevil Maskelyn, mago, astrólogo y el considerado primer hacker del mundo, grabó un eclipse durante una expedición de la Asociación Astronómica Británica en Carolina del Norte (Solar Eclipse [1900]). Similar a Méliès, Maskelyn entendía la imagen cinematográfica como un tipo de magia. A pesar de que su plan era incorporar el material a espectáculos de ilusionismo, la película de Maskelyn es de una belleza inconmensurable, tanto por su logro científico como por su simpleza natural.
Esto me hace pensar en lo mucho que ha evolucionado nuestra mirada colectiva. Antes, eventos como un eclipse eran registrables por apenas unos pocos, los privilegiados de la ciencia que trabajaban en descubrir el mundo y sus misterios. Para el eclipse de abril de 2024, ya no eran solo un par de cámaras las que miraban al cielo, sino todo el planeta, como si nuestro globo se tornase en un ojo gigante (despojado de sus misterios).
- ESPACIO INTERIOR
Pero el cine no únicamente nos ha permitido ver lo que nos rodea, sino aquello que habita en las propias imágenes. El cine, no tardamos en descubrir, se puede explorar a sí mismo, y en él también hemos visto las estrellas.
Hace poco terminé el libro Gödel, Escher, Bach: un Eterno y Grácil Bucle, de Douglas Hofstadter, donde uno de los temas principales es cómo los sistemas están compuestos por sistemas de escalas menores, ad infinitum. En términos de cine, una película está hecha de escenas, que a su vez están hechas de planos, que a su vez están compuestos por fotogramas, que a su vez son el resultado de una detallada relación entre cámara, químicos y luz, que a su vez… Se entiende el punto. Bajo esa lógica, me ha interesado mucho la noción del cine experimental sobre el espacio y cómo muchas de las representaciones del cosmos hechas con estas técnicas son una forma de auto referencia de la imagen que encuentra al universo dentro de sí misma. Imágenes que, místicamente, habitan ese mismo universo. El universo dentro de las imágenes dentro del universo.
Un ejemplo explícito sería The More I Zoom in on the Image of These Dogs, The Clearer it Becomes That They Are Related to the Stars (2023), de Alexandre Koberidze (que se traduce a Conforme más le hago zoom a la imagen de estos perros, me es más claro que están relacionados con las estrellas). El corto es bastante autoexplicativo: por dos minutos se le hace zoom a la imagen de dos perros, a la que conforme nos acercamos, se distorsiona en píxeles que se asemejan al espacio. Es una manera juguetona, pero a su vez certera y hermosa, de descubrir esa cualidad espacial en la textura de la imagen. Como si los pixeles fuesen estrellas.
Pero las exploraciones del espacio en la imagen vienen desde décadas atrás. Uno de los ejemplos más famosos es Stellar (1993), del legendario Stan Barkhage, quien con un montaje silente de fotogramas pintados invoca una caída libre por el espacio, con sus bellos y hostiles colores negros, verdes, azules, púrpuras oscuros y rojos sangre. La aproximación de Brakhage es rústica comparada a la de Toshino Matsumoso, director de Funeral Parade of Roses y autor de White Hole (1979), un fascinante cortometraje (dado su temprano imaginario digital) con el que simula grandiosas imágenes de su espacio. Jonah Mills, quien sube su trabajo a YouTube, en 2021 publicó el hermoso Light Years, que captura un viaje a la velocidad de la luz con luminiscencias urbanas ya sea del tráfico, de faroles, de las ventanas de oficinas y de los espectaculares publicitarios. Sean pinturas, animaciones 3D o luces metropolitanas, descubrir el universo en las expresiones del mundo es mera cuestión de atención y deformidad. Todo el universo en todas partes: el cine tan solo lo reordena.
Hay películas con abordajes más frontales. Moondance I (1976), de Willie Varela, es un corto donde, a partir de zooms hacia la Luna, el director parece convertirla en una pelotita dentro del encuadre, la cual mueve y agita, pareciendo jugar con ella. (Gracias al cine, podemos jugar con satélites). Emmanuel Piton y Emilie Morin recuperan para su cortometraje Space (2015) material del filme científico Voyage dans le ciel (Jean Painlevé, 1937), una cinta hermosa con imágenes de ensoñación infantil, pero que estos transforman en una cuasi pesadilla sonora sobre estar perdidos en el espacio. Jeanne Liotta, por otro lado, ofrece una aproximación más cercana a los espectadores en Observando el cielo (2007), donde monta siete años de filmaciones celestes en 16mm. Quizás de esta lista, este sea el cortometraje que más se acerca a la experiencia casual del asombro por el espacio.
Esta fascinación científica, formal y mundana, se conjuga en el corto educativo Powers of Tens (Charles Eames & Ray Eames, 1977) que demuestra las escalas del universo a partir de un neoyorquino y su picnic, alejándose de él con zooms que gradualmente se expanden diez veces más que el anterior hasta presenciar nuestra galaxia; seguido, el proceso es revertido pero hacia el universo microscópico que habita al hombre del picnic. Aunque su cometido sea principalmente educativo, Powers of Tens será el cortometraje que mejor encapsule el repertorio de ideas en este texto: una fascinación instintiva por el infinitivo y su magnitud; la belleza de representar al espacio con materiales del cine, y encontrarte al universo oculto en sus propios detalles. En este caso, los fotogramas, los pixeles, el grano. Solo tienes que mirar lo suficientemente cerca para descubrir galaxias enteras, que naturalmente, existirán en el reflejo de tus ojos.
