INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Celos

Un cuento sobre enfermedades desatendidas.
/assets/images/placeholder.png
Annete Araceli Rodríguez Curiel

El diagnóstico del médico fue claro: muerte por celos. No era la primera mujer del pueblo que moría por eso, la gente estaba alterada porque varias habían enfermado por esta terrible causa, lo que anunciaba una posible epidemia de celos. Las víctimas más comunes eran jóvenes recién casadas o comprometidas, aunque había casos aislados de mujeres con varios años de matrimonio.

Lo más difícil para curarse los celos, era cumplir al pie de la letra el tratamiento que se prescribía, ya que implicaba ingerir té de valeriana con lavanda cada hora, escribir los pensamientos en el agua por lo menos dos veces al día y hacer masaje púbico con hormigas diariamente. Pocas habían podido seguir las indicaciones del médico y habían sido curadas, pues las demás sufrían terribles ataques que las orillaban a rasgar su ropa, cortar su cabello, morderse la lengua o golpearse fuertemente contra los muros.

Los hombres del lugar estaban muy preocupados por la situación. Uno de ellos era don Felipe, el alcalde del pueblo, quien después de saber que su hermano había enviudado debido a los celos, no pudo evitar pensar que su vida se convertiría en un martirio, si su amada Anita enfermaba y moría igual que su cuñada. Por eso decidió prohibirle salir a la calle, llegando al extremo de obligar al sacerdote a oficiar una misa diaria en su casa, porque ni al templo la dejaba ir.

Pero ni todos esos cuidados evitaron que doña Anita enfermara de celos. Como todos los sábados por la mañana, don Felipe tomó su escopeta y pasó por su amigo Arturo, mataron huilotas, y mientras tomaban algunas cervezas, hicieron una lista de las mujeres que se llevarían a la cama.

Al llegar a casa, don Felipe saludó a Anita, pero nadie respondió. La criada le dijo que desde temprano no la encontraba por ninguna parte. Con cara de espanto, don Felipe subió a su camioneta dispuesto a encontrar a su esposa. Apenas había avanzado dos cuadras, cuando desde el retrovisor, vio cómo se iba asomando la cara de doña Anita con la mirada perdida. Frenó rápidamente y cuando abrió la cajuela, la encontró con fuertes mordidas en los brazos, mientras susurraba para sí misma “se acuesta con otras, se acuesta con otras”. Don Felipe la abrazó con fuerza mientras sollozaba, la cargó hasta el asiento del copiloto y regresaron a casa.

Doña Anita se había subido a la camioneta de su esposo desde muy temprano, para poder espiarlo. Escuchó a su marido conversar con su amigo. Sintió cómo le hervía la sangre y comenzó a morderse los brazos, para después arrancarse algunos cabellos al escuchar los nombres de las mujeres que su esposo deseaba. Apenas llegaron a casa, ella quebró todos los vasos de la cocina, tiró los cuadros de las paredes, corrió a la azotea y se aventó. Don Felipe no tuvo la oportunidad de llevar a su mujer al médico. Luego de la muerte de su esposa, fue él quien bebió té de valeriana con lavanda durante varios días, después de eso no volvió a tocar a una mujer ni a hablar acerca de ellas. 

Poco a poco fueron muriendo otras víctimas de celos, hasta dejar el pueblo casi libre de muchachas. Ahora los hombres se van a buscar esposa a otros lugares, les dan té de lavanda con valeriana, procuran masajear su pubis con frecuencia y no hablan de otras mujeres. Y es que, ¿quién quiere a una esposa celosa?

Annete Araceli Rodríguez Curiel Annete Araceli Rodríguez Curiel

Guadalajara, Jalisco (1991). Escritora por ilusión, disfruta promover la literatura infantil e inventar historias. Actualmente se dedica a la enseñanza. Forma parte del taller de narrativa Medialuna con el maestro Roberto Dueñas. Obtuvo mención honorífica en tercer certamen de cuento corto Efrén Hernández.