Nació en León, Guanajuato, siendo la hija menor de una familia numerosa, la decimoquinta; situación que considera algo difícil por tener siempre a toda su familia sobre ella, por supuesto protegiéndola.
Creció rodeada de prácticamente puros hermanos hombres, quienes eran los más cercanos a su edad, lo que moldeó su infancia y carácter, entre juegos como las canicas, el balero, el yoyo y las escondidas.
Toda su vida se ha desarrollado en la misma ciudad, después de secundaria ingresó a la Normal Preescolar, posteriormente se involucró en la pedagogía en la Universidad Pedagógica Nacional y realizó además una licenciatura en Educación Artística con especialidad en Danza. Después, y hasta la fecha, la Casa de la Cultura Diego Rivera, por ende, el Instituto cultural de León, ha sido su morada profesional. Una vida tranquila, como ella misma la describe, pero siempre activa y apasionada en el escenario de la cultura.
El amor por el arte parece haberle sido heredado. Su padre, oriundo de Jalisco, fue actor en carpas callejeras junto con su único hermano, un legado que influyó en varios miembros de la familia: “Uno de mis hermanos fue teatrero, pues le gustaba mucho el sketch y cantar, tocaba la guitarra y nos invitaba a sus shows que armaba con otros amigos y entonces como que de ahí le fuimos agarrando más el gusto”.
Si bien en su niñez las oportunidades para explorar el arte eran limitadas, Rita tuvo su primer acercamiento al baile en la primaria, en un bailable escolar que le permitió participar implementando vestuario que tenía en casa.
Fue en la secundaria cuando la maestra tuvo su primer contacto con la danza folclórica. “Nos pusieron un baile de Jalisco, creo que fue Guadalajara, y me tocó hacerla de hombre”, cuenta entre risas. Pero fue durante sus estudios en la Normal Preescolar cuando la danza cobró un sentido más formal en su vida. Con la maestra Margarita, docente también de la Casa de la Cultura Diego Rivera, como su guía, empezó a aprender y admirar la disciplina desde sus bases.
Años después de su primer baile, su madre fue quien la impulsó a unirse al grupo representativo de la Casa de la Cultura, espacio donde todo comenzó a cobrar fuerza. Ahí inició ensayos bajo la dirección del maestro Octavio García Frausto y, en apenas dos semanas, participó en su primera presentación: "Salí toda perdida, pero emocionada. Fue una experiencia única".
“Dos meses y medio después ya estaba en el Teatro Manuel Doblado bailando, mi hermano, detrás de mí, se vino como a la semana, «oye, estás en la Casa de la Cultura, yo quiero también entrar», «pues vamos»; entonces me tocó bailar con él, me tocó bailar polkas y que me caigo. Mi primera experiencia en el teatro y con esas cosas, pero mi hermano hábilmente me levanta y sigo bailando. No, no, muy bonitas experiencias”, comparte emocionada.
La trayectoria de Rita en la Diego Rivera abarcó más de una década como estudiante e integrante del Ballet Folclórico. Al mismo tiempo, su talento como docente comenzó a forjarse, pues el maestro Octavio confió en ella para suplirlo como director en el grupo de danza de adultos mayores Tonantzin, experiencia que cimentó su habilidad como formadora.
"Trabajar con adultos es muy satisfactorio", comparte. “Tú aprendes mucho de ellos por la experiencia de vida que tienen. Muchos llegan diciendo: «no lo hice de joven, ahora ya tengo el tiempo». Ellos te aprenden a ti, pero tú también aprendes mucho de ellos. Te valoran mucho, son muy agradecidos”.
Rita también ha trabajado con jóvenes, quienes la han desafiado a reinventarse. “Los jóvenes te exigen más por la energía que tienen. Con ellos son nuevos retos porque buscan cosas con más habilidad y grados de dificultad”, comenta.
Fue a la partida del maestro Octavio, en 2003, cuando la maestra asumió la responsabilidad de liderar el grupo representativo de la Casa de la Cultura, que ese mismo año adquirió el nombre del maestro en homenaje a su trayectoria y memoria. Ser directora titular representó dejar de bailar, fue un reto y una gran satisfacción, destaca. Desde entonces, han pasado 21 años en los que ha dedicado su vida a la creación de coreografías, a la enseñanza de la danza folclórica y al acompañamiento de nuevas generaciones de bailarines.
Su mayor recompensa, asegura, está en el resultado final: ver a sus bailarines interpretar las coreografías en el escenario. “Puedes disfrutar mucho montando, diseñando coreografías, pero lo máximo es verlo reflejado. Y que lo hagan bien, como tú lo imaginaste”. Sin embargo, admite, entre risas, que también hay regaños: “Si les exijo, es porque sé que lo pueden hacer”.
Su proceso creativo y docente puede definirse como riguroso pero lleno de corazón, empatía y respetando las tradiciones. Como integrante del Instituto de Investigación y Difusión de la Danza Mexicana, viaja por el país aprendiendo y compartiendo repertorios auténticos. Con voz firme, destaca que “en la danza folclórica no puedes inventar cosas nuevas, porque trabajas con la tradición. Nos inspiran los bailes originales y las enseñanzas que recibimos en congresos y comunidades”.
La trayectoria de Rita Hermosillo no ha pasado desapercibida; recientemente fue reconocida por la Asociación Nacional de Grupos de Danza Folclórica Mexicana A.C., por más de 30 años de labor en dicho arte, un homenaje que recibe con humildad: “Es mucha responsabilidad; primero te preguntas por qué, por qué se fijaron en ti si solamente haces lo que amas, lo que te corresponde hacer. Todavía no me la creo, es una experiencia muy bonita y a la vez pues la reflexión de que dices, si te voltean a ver es porque estás haciendo bien las cosas o porque algo les gusta de tu trabajo”.
A sus estudiantes, busca dejarles un legado simple pero profundo: el amor y la pasión por esta disciplina. Y aunque no todos sus alumnos se dediquen profesionalmente a la danza, celebra que la hagan parte de sus vidas.
Para la maestra, la danza folclórica es el reflejo de la identidad de cada región del país. Al preguntarle si tiene un baile favorito, responde sin dudar: “Para mí no hay diferencia. Todo México es bonito en sus danzas. Cada paso, cada movimiento, hasta el más simple, tiene su magia”. Su compromiso, pasión y dedicación no solo mantienen viva una tradición, sino que inspiran a nuevas generaciones a amar, respetar y compartir la riqueza cultural de México.