INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

El hechizo del cine

Cada nueva era de la imagen es una nueva era de la información, y eso implica una nueva era para la realidad.
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Miguel Domínguez
Cuando el mundo arde en el cine, aceptamos su ilusión. Cuando en redes vemos la Torre Eiffel arder, pero nos enteramos de que es un video falso, nos alarma la mentira. ¿Traicionaron nuestra confianza? ¿Querremos seguir confiando en las imágenes?

El pensamiento mágico tiene varios nombres, entre ellos, el cine. Muy tempranamente, George Méliès percibió la cualidad mágica de esta nueva invención. En Escamotage d'une dame au théâtre Robert-Houdin (Desaparición de una dama en el teatro Robert-Houdin, 1896), tal cual acto de magia, en una habitación-escenario, Méliès cubre con una manta a una mujer sentada en una silla; al descubrir la manta, la mujer ha desaparecido y en su lugar hace aparecer a un esqueleto al que Méliès vuelve a cubrir para traer a la mujer de regreso. Méliès y la mujer salen de la habitación y regresan en breve para hacer una reverencia a su futura audiencia (como si la cámara les permitiera viajar en el tiempo). Desde su visión ingeniera y teatral, Méliès entendía la forma del cine como materia de hechizo en la que realizaba, presentaba y divulgaba su acto. Sus películas fantásticas eran aventuras técnicas para elaborar trucos e ilusiones que hasta el día de hoy asombran y tientan la pregunta ¿Cómo lo hizo? Incógnita capaz de habitar dos extremos: el de la creencia paranormal y la curiosidad del proceso. Ver el cine de Méliès y no entender cómo era su hechura era permitirse, por un breve instante, creer en lo imposible. Era esquivar el tren que se aproxima más no colisiona en L'arrivée d'un train à La Ciotat (La llegada de un tren a la estación de La Ciotat, Dir. Louis y Auguste Lumière, 1985). Como los mejores magos cuyos trucos escapan la explicación, al no tener respuesta, hasta al más frío corazón le coquetea la posibilidad de hechicería. Mas tales corazones fríos, que siguen negando lo imposible, se preguntan de manera racional: ¿Cómo hizo ese truco? ¿Qué técnicas emplea? ¿De qué química, movimientos o aparatos hizo uso? El cine de Méliès ejemplifica la relación y experiencia dual entre el cineasta-mago y su audiencia. La audiencia atiende a la magia; el cineasta a los fierros.

Esto nos puede encallar en la visión del cine como instrumento de manipulación. El cineasta trabaja las imágenes para despertar en la audiencia reacciones que busca. Aunque al hablar de cine no se debe ignorar esta posibilidad, admito tener menos estima por los cineastas que sostienen esta visión de su oficio (disfruto mucho el cine de Fincher pero me alejo de lo que inspira su figura). Perciben a la audiencia o como reto a domar o como consumidor acrítico. La imagen es manipulable por naturaleza, sí, pero no por esto la audiencia debe serlo, pues se da lugar a un cine unilateral, que en el mejor de los casos impacta, para la mayoría de las veces caducar rápido. Regresamos a la noción de la cine-magia: ¿Qué no la audiencia paga para ser encantados? ¿Acaso eso no implica rendirse a la manipulación? Permitirse hechizar por la imagen no implica rendirle la razón. Hacer esto nos deja a merced de quienes fabrican las imágenes y sus intenciones: por eso siempre mantener el ojo crítico atento. 

Y es que la invención del cine ha abierto una serie de cajas de pandora que se han vuelto exponencialmente permeantes, sin nunca dejar atrás sus fenómenos primordiales: el feriado, lo emocionante, la ilusión y el conocimiento. Noticias, redes sociales, episodios semanales, franquicias multimillonarias, en vivos, propaganda, confesiones, engaños, conexión, mercantilidad, alegrías y violencias. El desatado poder de la imagen al alcance de todos, con su prometedora emoción como manipular; en sus cercanías como en sus desprecios; en sus objetivos como en su libertad. En sus infinitas posibilidades nos hemos anclado a su verdad para después rechazarla. De lo real a la duda, lo real y la duda o, lo real o la duda. La imagen, cuando niña, compartió el mundo y creó magia; se volvió lengua universal: capaz de comunicar, expresar, decir la verdad o engañar. La palabra conjuga el hechizo. Y conforme más información y más imágenes nos abordan, más abrumados e inseguros sobre ellas nos tornamos. Como una charlatanería. Sobre la ingenuidad del inventor y del primer espectador, la imagen abrió la realidad evidenciándola, enseñando el mundo (ya sea como medio turístico o científico) pero también era segura cuando su irracionalidad, cuando asumía al teatro y el mago. La imagen quizás pueda ser prueba, pero nunca renunciará al engaño: ¿creemos o dudamos?

Cada nueva era de la imagen es una nueva era de la información, y eso implica una nueva era para la realidad. La generación de imágenes con Inteligencia Artificial estremece con nostálgico asombro: aquel de la innovación, de estar en el portal de algo nuevo, de un episodio evidente, de quedar estupefactos frente a lo que no era y ahora es: una imagen que proviene del vacío; un video conformado por metamorfosis: la magia, pues. 

De los varios usos que en este momento se le está dando, el de las imágenes contiene una doble sospecha: la del autor y el contenido. Se puede poner en duda la autoría de un texto, código, diseño, pieza músical, etc., respecto a si fue hecho por un humano o la IA. Mientras que conceptos como la imagen, la voz o los chats nos plantean la urgente duda de si aquello que vemos, escuchamos o respondemos es real; no si fue o no hecho por máquina; si esas creaciones son parte del mundo en que vivimos o imaginación digital. Aquellos estímulos que antes eran evidencia del mundo, aunque ya dudosos, son menos de fiar. El rumbo (como siempre) se ha vuelto incierto; no creo que sea correcto augurar. Hacia donde sea que se tornen las transformaciones de estas tecnologías serán diálogos de futuros presentes. No obstante, me resulta irónico pensar que la democratización de la imagen juegue en su desconfianza. El saber que cualquier imagen que vemos puede ser creada por cualquiera naufraga la narrativa oficial: ¿en quién o qué creer?

Ahora que la magia está al alcance de todos, el privilegio del cine, donde los magos eran los pocos y la audiencia estábamos a su merced, adquiere un aire de nostalgia contradictoria: como si aquello fuese mejor. Quizás, conforme al recorrido del mundo, este nuevo alcance de los medios de producción de la imagen difumine toda predatoria. Quizás la imagen deje de importar. En esta nueva desmedida asombrosa, en la que vemos a la máquina asimilar nuestro instinto de hacer pasar el artificio por real, la magia se vuelve patrón: un sistema más. Oprimes el botón y aparece una imagen, proveniente del misterioso robot y sus misteriosos métodos. Como por arte de magia.

Al final de cuentas, y a pesar de la bilis dramática, a todo esto negar generalidades, incluidas las que se resbalan en estos textos. El escéptico puede rendirse a la fe como el creyente recela del mundo. Navegar por las redes me puede anestesiar al emisor, al mundo y sus pruebas, pero sigo manteniendo mi fe en el cine y sigo cayendo en sus hechizos, aunque exista en ese mismo mundo que me desborda. ¿Pues no reside en eso la fe: en donde desborda la razón? 

Las películas me siguen asombrando con sus formas y capacidades. Como Méliès descubriendo el montaje para teletransportar; como el brinco de un caballo congelado docenas de tiempos; como el rostro transformado en evento; como la arcilla que cobra vida, como los mundos extraterrestres y las tierras lejanas; como un movimiento de cámara, un difuminado o un corte bajo, que si bien no rigen la vida, por un momento parecen hacerlo. Como cada efecto y afecto que se sienten. Como esa emoción suscitada por la palabra encantada de una imagen que se sigue por otra y por otra hasta desaparecer en energía. Dudo del mundo pero soy creyente del cine: donde el mismo mundo habita. He sido engañado, he abrazado el engaño. 

Miguel Domínguez Miguel Domínguez

 Nací en Lázaro Cárdenas, pero llevo 7 años siendo leonés. Escribo sobre cine a pesar de espantarme con Shrek cuando era niño (¿o debido a eso?). Mención honorífica del Sexto Concurso de Crítica Cinematográfica del Festival Internacional de Cine de Los Cabos. El tomate es mi comida favorita.