Desde su nacimiento, el lenguaje de las imágenes y los sonidos volteó a su innegable herencia escénica y narrativa. Era lógico ver en primera instancia a las letras. El lenguaje escrito, la literatura, comenzó a dar forma a los primeros sueños hechos imágenes. Cuando en 1902 Georges Meliès, uno de los primeros grandes alquimistas del nuevo medio, llevó a la humanidad a la Luna fue a través de la adaptación de las historias de Julio Verne.
Por otro lado, a través del fortuito nacimiento del cine como un medio para documentar la realidad, el lenguaje cinematográfico resulta un trayecto esencial para la interpretación de nuestra sociedad al ser en sí un reflejo de nosotros y nuestros relatos; de nuestros mitos expresados entre las cuatro paredes que conforman los límites del encuadre cinematográfico.
Entonces, más allá de comprender la estructura de un relato a través de las bases literarias, el cine busca, mediante su propia voz (de un lenguaje propio con características y capacidades únicas), convertirse en una forma de narrativa que pueda ser separada de sus antecesoras y que más allá de brindar la posibilidad de llevar al ámbito audiovisual historias previamente existentes en las páginas de libros, el cine pueda elevarse en historias nacidas desde sus propias formas para contar historias.
En la escritura cinematográfica, el escritor se ve convertido en un creador no sólo capaz de escribir y narrar con palabras, sino en un políglota que convierte las palabras en metáforas audiovisuales, en artificio cinematográfico; un intérprete y traductor de relatos a complejidades sentimentales comprensibles ahora a través de los espectros visuales y auditivos. El literato cinematográfico, el guionista, es el nuevo alquimista que busca materializar ideas en forma de movimiento: el cine, que indudablemente se ha convertido en el nuevo y tal vez, más poderoso lenguaje para narrarnos. Nuestra historia ahora se escribe en una pantalla.