Cuando pienso que no tengo arroz ni frijol,
corto más queso en fajitas que hagan más bulto la merienda.
Acaso abundan los olores dulzones del vino y la leche podrida.
Quiero que todo salga bueno, y en pocos minutos
sacar el olor a queso que atrapa a las aves de casa. Trato de comer a solas
pintando mi pequeño cuarto color vino.
Degusto la tarde fría que azota el olor a quemazón. Es inevitable
oír pasos que aturden al silencio de este condominio.
Sobre todo, cuando no hay un mísero ruido en mi habitación,
que no sea el ronroneo de la tubería del agua cayendo gotas dentro de
un pocillo. Haré rendir ese queso y me lo comeré, antes de que
se consuma él mismo.