Un disparo; un alfiler. Dos formas de matar. Catalina (mexicanización de Catherine) entra a la habitación con el rifle con que mató a un zopilote: carroñeros. Su esposo Eduardo (Edgar Linton, interpretado por Ernesto Alonso) estaca en un alfiler a una mariposa que se retuerce. La cámara recorre la afición necrofílica del esposo: la pared repleta de marcos con cadáveres de insectos preservados. Una casa decorada con muerte. A diferencia de la novela, la Catalina de Buñuel no se muestra plena en su vida de alta alcurnia: se dedica a cazar y escandalizar, sospechando una pronta muerte para sí. Piensa la muerte, la efectúa, la vive. Su voz con acento polaco denota cierta aversión hacia ese esposo al que le gusta preservar muerto lo que considera bello. Él le responde cuestionando su gusto por cazar, preguntándole por qué no mata al pájaro que tiene enjaulado: “¡Porque lo quiero!” contesta Catalina “¿No es bastante que yo te quiera para que no te importe estar encerrado?” le pregunta al pájaro. Enjaular; embalsamar. Dos formas de necrofilia. Hay zopilotes cerca.
Cumbres Borrascosas fue una novela querida por los surrealistas: su irracional y desbordante noción del amor, junto a las macabras escenas de violencia desmedida, descripciones demoníacas, necrofilia y fantasmagoria que tienden a evadir su imaginario popular, fue lo que en su momento atrajo al movimiento surreal. En los años 30, cuando aún residía en París, Luis Buñuel preparó un libreto que, al no encontrar productor, quedó relegado. Veinte años después, en su faceta mexicana, Buñuel rechaza un guión que le ofrece el productor Óscar Dancigers, quien en ese entonces tenía los contratos de Jorge Mistral e Iresma Dilián, futuros Alejandro (Heathcliff) y Catalina. Buñuel le propuso mejor adaptar aquel guión empolvado de los 30 bajo el nombre Abismos de Pasión. Sin el mismo interés que alguna vez tuvo por la novela, el libreto no sufrió cambios a excepción de las modificaciones regionales (en los nombres, modismos y paisajes). Buñuel decía que era “una película vieja, con 24 años encima, pero (...) fiel al espíritu de Emily Brontë”, o Emilia Bronté, como se lee en los títulos iniciales de la cinta.
La constatación seguro se debe tanto a los mexicanismos y recortes, como a la alteración del inicio y final de la novela. Como tiende a suceder con Cumbres Borrascosas (aunque para ese entonces la única otra adaptación que se tomaba en cuenta era la de William Wyler del 39), solo se adapta el violento y febril choque de pasiones en la primera mitad de la novela, dejando afuera la prolongada venganza que Heathcliff infringe tras la muerte de Catherine en la segunda mitad. El cambio más notorio en Abismos de Pasión es la omisión de la infancia de los protagonistas, prólogo de inocencia en que presenciamos el origen de su amor y desdichas antes del oscuro descenso de sus acciones adultas. En esta versión, la historia empieza cuando Alejandro, tras años de su desaparición (interludio en la novela), vuelve durante una noche torrencial, disonante en aquel páramo desértico que grita: ¡él es la tormenta! Cuando María (Nelly), el ama de llaves, le dice que se vaya, éste forza su entrada rompiendo la ventana.
A diferencia de la novela, donde Heathcliff regresa a un páramo cubierto de nieve y se encuentra a una Catherine felizmente casada, pero conflictuada por el regreso de su gran amor, en la versión de Buñuel, Catalina y Alejandro —apenas se ven— estrechan sus manos a la altura del pecho: “Hubo días en que sentía como un plomo en el corazón: era cuando estabas tan lejos que ya no te podía alcanzar”, dice Catalina. “Yo he tenido momentos de fatiga en medio del trabajo, eran esos días en que tú te tiendes al sol sin querer hacer nada”, dice Alejandro. “Yo he titiritado de pronto en medio del verano, es que estabas en un país de nieve”, Alejandro se golpea el corazón. “¡Y yo te he llevado siempre aquí!”, Catalina le sostiene el puño. “¡Un minuto después de irte estabas conmigo otra vez y no me has dejado nunca!”. Todo esto frente al marido, cabe mencionar.
Este nivel de entrega melodramática, no poco común en la Época de Oro, ha llegado a despertar risas que no creo estén fuera de lugar. Cuando leí la novela, hubo varios momentos de risa entre nerviosa y asombrada por la desfachatez con que los personajes confesaban y enfrentaban sus emociones. La historia de Cumbres Borrascosas, al final de cuentas, es un chisme: el chisme que el ama de llaves, Nelly, le cuenta al inquilino Lockwood. Y como en todo buen chisme, quien escucha se posiciona con cautela pero también con cierta arrogancia en el lugar de los personajes, pensando el cómo habría hecho las cosas diferentes o haciendo burla de las torpezas sentimentales de otros, cuando también somos susceptibles a ellas. Los chismes, aunque nos provoquen quisquillo, tienden a ser de las narrativas en las que más nos involucramos. Un cruce entre envolvimiento y distante ligereza que la novela de Bronté lleva al límite con sus gargantuescos arrebatos de amor loco, de amor violento, de un amor que trasciende al cuerpo, al mundo, a la vida. Catherine dice: “Yo soy Heathcliff”; Catalina y Alejandro sienten lo que el otro a pesar de la distancia.
El cuerpo de la cinta consiste en las fricciones encendidas tras el regreso de Alejandro. Los arquetipos de los personajes y sus conflictos sentimentales en la novela quedan como anillo al dedo al melodrama mexicano. El sirviente y fanático religioso José (Joseph); María, el ama de llaves chismosa (Nelly); el hermano caído en desgracia de Catalina, Ricardo (Hindley), a quien pertenecía el rancho familiar, que tras perder en apuestas es tomado en posesión de Alejandro, a quien Ricardo odia. A diferencia de la adaptación de Wyler en que los personajes conservan el filo de sus lenguas aunque se esfuercen por guardar la compostura, la adaptación de Buñuel, apenas empieza, desemboca sin vergüenza en la violencia que permea durante toda la novela, partiendo con el sonido de un disparo, tirando diálogos como “¡ese perro las persigue a las dos!” o su fea y hostil visión del mundo representada en las varias escenas de maltrato animal (injustificables a mí parecer). El mundo refleja la imposibilidad del espíritu por materializar su deseo: la rabia que suscita la discordancia entre el interior (el amor, el futuro y lo que hay más allá del cuerpo) y el exterior (las clases, las distancias y que el cuerpo muera).
El otro gran cambio que Abismos de Pasión hace a la novela es el final.Tras la muerte de Catalina, un Alejandro convertido en sombra la maldice y le ruega rabiosamente a su fantasma que le aceche. Pero como el fantasma no aparece, Alejandro fueza su entrada en la cripta (como lo hizo con la ventana al inicio), baja a ver el cuerpo de Catalina y la besa en los labios. Entonces escucha la voz de su amada cuyo espectro, vestido de novia, le alza las manos; en un parpadear, sus manos extendidas cargan un rifle y el espectro se convierte en Ricardo, quien tras varias escenas amenazando con terminar la vida de Alejandro (como inútilmente hace Hindley con Heathcliff en la novela), finalmente le dispara.
De seguir los pasos de la novela, Ricardo hubiese sucumbido a su alcoholismo y Alejandro continuaría viviendo juramentando venganza. Buñuel no solo decide recuperar el imaginario necrófilo de Brontë para el cierre, sino dar una conclusión, en términos de la novela, irónicamente definitiva y trágicamente cruda a sus eternos protagonistas. Con el amor y la muerte, imaginar otras vidas, para los amantes, conlleva perder esta; si el amor pervive a la muerte, entonces necrofilia; y si el amor se da en la muerte, llegándose a reunir en el más allá, los amantes serán cuerpos. Amar en un mundo que nos es contrario hace de nuestros afectos algo grotesco: destruir a quienes nos rodean, besar lo putrefacto y reunirnos a costa de un disparo. La película empieza con zopilotes y un disparo. Para la eternidad seremos carroñeros.
