Es un resquicio sagrado donde un niño ama un trigo inviolado, un acusado
estar en la membrana tibia: espesores de niebla apenas
traspasada por la luz del cerillo. La sombra es acariciante
y aguda. En sus muslos
gotean chispas increadas
y los murmullos de la risa pueden decir “nunca” o “siempre”.
En la ventana el vidrio acude al sol
y se traspasa de pájaros: campanas
–una constelación de leche está esperando.
Hay diamantes que fulguran en la entraña
de lo que ama sin saberlo: no una cinta rígida
contra una caja de piedras; más bien
el vellocino de oro, aleteos
rutilantes y rutas astronómicas desperdigadas por todos los pliegues.
.
Pero ahora es la paloma sin sangre
(corre, pues, el agua: sus medusas y corales
están reposando, los peces bajan por las venas
y densifican las piernas, enaltecen
los pulgares. Mira sus uñas
recientemente cortadas, aún en el piso:
ligera mugre que para algunos sería deliciosa;
y las avispas del jardín ya sobre el panal).
.
Están los dientes dispuestos
y muerden el aire. Ventiscas suaves. La cintura
es una curva y te aproximas: destella el armario.
Las paredes son de cal. Salitre en las comisuras de todos los arcos
pronunciando algo lento como un camino,
una axila semiabierta.
.
En la delgada sábana, imantaciones crepusculares
y plenilunios permeando dos testículos que suben
por las cuerdas con la suavidad de los días;
rotaciones de intuición
que amalgaman un queso fortificante, sus hoyuelos laberínticos.
.
Calcetines olorosos. Es un aljibe y nadie lo sabe.
El petirrojo bajará: dejará una semilla
en esa copa de dicha,
y el vino amortiguará el calcio, más temprano que tarde.
Todo está en orden. Todo se forma
como un mosto en un tonel
dejado a la intemperie: como los líquenes
encontrados sobre una roca.
El púber acontece.
