El concepto lo basó en la idea de que, así como los genes que son transmisibles biológicamente, los memes se transmiten culturalmente y ambos tienen las capacidades de evolucionar, viralizarse y mutar. Y estos pueden reconocerse y calificarse según tres características principales: 1) Fidelidad, facilidad para identificarse en cierto entorno social; 2) Fecundidad, alta posibilidad para reproducirse; 3) Longevidad, capacidad de ser recordados por mucho tiempo.
Esto significa que un meme puede ser una obra de arte, una receta de cocina o un oficio; por lo que los chistes digitales que actualmente conocemos como memes, dice Dawkins que son más bien, memes de los memes, aunque para fines prácticos de este artículo, seguiremos llamando sólo meme al material gráfico, audiovisual o hashtags que utilizamos en redes sociales.
En fin, un meme en esta era digital se caracteriza, además de lo ya mencionado, por su sentido del humor, anonimato y su tendencia a ser difundidos especialmente a través de Internet. Se cree que el primer meme viral fue el dancing baby, una animación 3D que surgió en 1996 y, como su nombre lo dice, es un bebé bailando en pañales.
Aunque con los avances tecnológicos pueden ser cada vez más elaborados, hasta la fecha los más exitosos suelen ser los más básicos, los que con ilustraciones simples asemejan las emociones humanas, como el trollface, la cara sarcástica e ilustrada de Yao Ming; la rana Pepe; Bongo cat o el Forever Alone. Esto porque casi en cualquier cultura o círculo social se puede empatizar con el cómo se siente o se ve la burla, el poder y control de la situación, la tristeza o la soledad.
La característica simplista de estas ilustraciones tan populares ayuda a que la ‘mutación’ de los memes sea extremadamente variada y que así estos prevalezcan vigentes por más tiempo y en casi cualquier círculo social. Ejemplo de ellos son los florks que, incluso sin detalles faciales, muestran expresiones exageradas que resultan cómicas y, por otro lado, podemos mencionar a wojak (en español conocido como el hombre sensible), que con más precisión en la semejanza al rostro humano ―ya que puede mostrar lágrimas, arrugas o sangre, según la emoción que el usuario quiera plasmar― y gracias a la sencillez de sus trazos, es fácil poder editarlos en programas básicos de diseño, en una página web o en alguna app.
Si bien estas siguen siendo ilustraciones, entre los memes más virales podemos encontrar, actualmente, diversas fotografías o fotogramas como ¿Esto es una paloma? sacado del anime de los 90, Taiyō no Yūsha Fighbird; las muchas variantes del tierno Cheems; la foto del novio distraído salida de un banco de imágenes o el fragmento congelado de The real Housewife de una mujer que le grita a un gato.
Que estas imitaciones de la realidad hayan tenido tanta aceptación en épocas actuales es gracias a su alta afinidad con emociones que buscamos expresar o contextos que queremos explicar y que a veces no encontramos el tiempo o el lenguaje que necesitamos para esto, además, brindan un toque de humor a cualquier conversación aunque ésta sea profunda o complicada.
También hay que tener en cuenta que gran parte de la comunicación actual se hace a través de pantallas, así que si bien aún podemos echar mano de un vocabulario abundante y mandar kilométricos mensajes por WhatsApp, hay redes como X que limitan el uso de vocablos u otras que, aunque es posible usar texto a placer, es más entendible y aceptable pocas letras y más imágenes, o incluso en memes es recurrente la escritura mal aplicada a propósito usando frases como “adios jalogüin”, “ola meri crismas” o “en fin, la hipotenusa”, bien escrito pero evidenciando que la intención en realidad era decirle hipócrita a alguien.
Es así que, por un lado, un meme puede ser un ‘nuevo’ elemento para la comunicación actual que nos puede abrir posibilidades de conexión con personas o culturas con las que no podríamos entrar en contacto por barreras del lenguaje, pero también es cierto que, así como los chistes, puede que no tengan la misma resonancia humorística con todas las personas y esto se potencializa cuando los memes se vuelven más específicos o especialistas. Por ejemplo, la mini historieta del dinosaurio cómico puede presentarse con bromas blancas y de cultura general, o bien, se puede encontrar con un chiste sobre química que sólo los expertos en esa ciencia entenderán.
Algo similar pasa con el contexto de donde salen los memes, si bien muchos no necesitan mayor explicación para generarnos empatía, seguramente un meme con el rostro de Jungkook confundido despierte de inmediato ternura o gracia de fans mexicanas o surcoreanas de BTS, pero sus padres ―que pueden sentarse a un lado de ellas mientras consumen este contenido― requieran una explicación para captar el mensaje, y todo mundo sabe lo que pasa cuando se debe explicar una broma, pierde su sentido.
Después de todo lo anterior, me parece que queda en evidencia que los memes nos permiten relacionarnos con personas con las que compartimos las mismas bases culturales, sean estas heredades o aprendidas por intereses personales, y como lo hacen a través de un sustento ingeniosos y divertido, resultan elementos nobles para introducir en casi cualquier conversación.
Pero, por más usados y por todas las bondades que tenga esta unidad cultural, también queda preguntarnos si el meme ¿le quita, le da o le cambia el valor a la cultura que lo genera y consume?