Comenzaste a hablarme por culpa de tu aburrimiento, descuidaste tus quehaceres para intentar preguntarme una prohibición laboral. Aún no era el momento del rush hour y quisiste que probara tu frappé aguado que habías preparado sin ayuda del recetario. A lo mejor como no había tanta gente y no tuviste miedo en enfrentar al gerente en turno. Mi predicción fue que no quería que nos regañaran y rechacé tu cucharada de hielo con una respuesta muy tonta de mi parte.
No vi, en tus rasgos orientales, una pizca de decepción, al contrario, supiste compensar mi timidez y no pude escapar de la línea de tu juego. Abandonaste el vaso de la licuadora y usaste tu mano como plato y me diste de avioncito. Ahí, volví a recordar, que valías más para la empresa que el gerente y yo juntos. Tenías muchas ganas de reír y de expresarte adecuadamente con Teo, Marce, Camila, el Tetos, y conmigo, Adrián.
Sonaba muy chistoso cuando decías mi nombre A-dri-án, y tu voz, por más que te esforzaste, eligió llamarme Alián. «Tú llamalte Alián» decías, constantemente. Amé las líneas que dibujaban tu sonrisa diletante. Sonreías. Sonreías siempre. Recuerdo, además, que te pregunté: «¿Cuánto tiempo tú estar en León?», verdaderamente sentí que no iba a ser por mucho tiempo y estuviste interesada a mi pregunta. Mientras pude decirte con señas y repitiendo cada palabra, usando mis manos para que entendieras el español, como si fueras una bebé. Con todo, logré enseñarte lo que era cada cosa que señalabas con el índice: Va-so. A-gua. Hi-e-lo. Ja-ra-be. Ge-ren-te. Cli-en-te. Ca-fé. Por fa-vor. Gra-ci-as. De na-da. Bi-en-ve-ni-do.
De español no sabías nada, ni inglés. Tampoco las otras taiwanesas sabían defenderse un poco. ¡Ni cómo ayudarlas en el tema de las malas palabras! Ahí sí era un experto. Pero la verdad es que en ese panorama te sentí un poco incómoda. Olvidaba que no entendías ni pío. A mi conveniencia era divertido.
Como un acto de magia, no me acuerdo cómo comenzó todo. Una vez rechacé una invitación por la noche, me importaba un bledo tu vida. Iban a ir a la Madero, estaba seguro de eso. Se fueron, pero no supe si los demás las acompañaron. Ustedes llegaron al Café antes de cerrar y te filtraste en mis ojos y corazón en cuanto entraste por la puerta. Tu boca la vi más traviesa por el labial intenso. Ese trastorno debí habérmelo llevado a la casa, al menos por esa noche. Tuve un pesar amoroso, como si nunca fueras a regresar. Se fueron rápido, que sentí inconveniente acercarme para preguntarle con quién iban a pasar la noche en el bar. Eso quedó en celos secretos.
No obstante, al día siguiente, ahí estabas de aquel lado de la contra barra platicando con Vero, que estaba abajo del menú, haciendo un esfuerzo infernal para que le entendieras. Mientras los amigos del restaurante celebraban nuestra llegada a los del turno de la tarde, terminé de checar mi asistencia y fui contigo, a tus perplejas manos que todo tiraban. En sucesivas ocasiones quisiste acercarte a mí, hasta que lo hiciste sin vacilar. «¿Qué es güey?», me preguntaste con el ceño fruncido.
Disfruté mucho esa pregunta, porque siempre lo escuchabas a raudales en cada compañero y nunca supe definir su enloquecedor significado. «Es como decir amigo», dije, en resumidas cuentas. Nunca caímos en la cuenta, al menos en ti, lo mucho que te costó adaptarte a nosotros, a un país que no conocías. Todos los compañeros son diferentes y cada quien tiene su carácter diferente. Me sorprendió que salieras ese día hasta la noche, igual que yo. Estuvimos juntos en la barra, probablemente el día demasiado perfecto, sólo así pude ser otro trabajador, diferente a todos. Fui más minucioso y experto o mejor valorado por ti. «Ajas, Adrián», me decían todos. «Andas con todo con la tanaca». Y reían sin que entendieras sus palabras de burla, sin dejarnos campo libre.
No hacías caso y eso debió hacerte sentir confortable en el ambiente. Éramos libres en nuestra media hora de comida. Ese turno comimos juntos, tú tus sopas extrañas y yo una hamburguesa del carrito. Tu voz no la puedo describir, era la de una niña. Te aprontabas a darme de tu comida o al enseñarme algo de tu celular, como videos de cantantes orientales y los portales de cine y documentales.
Tu piel. Tu piel era sencilla y fácil de distinguir. Tu complexión. Tu complexión, ¿cómo se podrá decir? Era frágil y estupendamente delgada. Porque en ciertos momentos tuve la fortuna de sentir tu cintura. Puedo decir orgullosamente que no me rechazaste a donde quiera que navegaban mis manos. Tu pelo. Tu pelo era comprobable, como el de una muñeca de plástico, un fleco perfecto.
Sin embargo, días después te invité al estadio. Jugaba el León no me acuerdo contra quién. Y te compré para ese día el jersey original del equipo. La usaste en frente de tus roomies que vieron cuando llegué en el auto de mi hermano, exactamente a la hora acordada. Jamás había disfrutado un juego como lo disfruté aquella tarde. A todo le tomabas fotos. Al señor de las cervezas, al de las tortas de carnitas, a la porra, a los niños disfrazados de leones. Todos te miraban a ti, o más bien, a mí. «¿Cómo le habrá hecho ese güey para conseguirse a una muchacha así?», debieron haberse hecho esa clase de pregunta. Supongo que estamos impuestos a ver a tipos con gringas ardientes, pero no a una oriental flaca, sonriente, con deleite. Yo los veía mirarnos al unísono sin discreción.
Yo tenía las mañanas libres y tú también. Por supuesto, que no quedó en la salida al estadio. Fuimos al Zoológico a los tres días. Te ilustraste entusiasmada desde nuestra selfie en la entrada, con el fondo de los colmillotes y también adentro. Seiscientas o setecientas fotos habrás tomado a los animales y lo horrendo fue que pisamos caca al distraernos un chango que nos levantó el dedo de en medio. Al final reímos mucho. De ahí salieron mejores cosas, no sabías tanto español, pero lo que te enseñaba lo aprendías rápido. Lo demostraste.
Te pregunté, como pude, porqué del nombre Susan. «Mi nomble en chino mandalín es Ling Jia Lai», respondiste. Comprendí que es más fácil Susan que el nombre nato. A parte, me sorprendió cuando dijiste que ustedes los taiwaneses se ofendían si pronunciábamos mal su verdadero nombre. Ya entiendo el porqué Fiona se llamó Fiona y también Mey, como Mey. Más fácil para todos. ¡Qué barbaridad!
Salimos otra vez. Pedí prestado el coche a mi papá. No conducía mal y sabía llegar a Cerro Gordo. Hasta arriba. Para ver desde el mirador toda la ciudad. La mañana era fresca, con un sol que no quemaba y un viento riquísimo, de esos que dan ganas de estar puebleando un día entero. Llegamos hasta el templo del Refugio y la vista panorámica era increíble. El templo estaba cerrado, dijo un viejito que salió con una escoba que cuidaba el lugar. Permanecimos unos instantes. Te señalé la Presa del Palote. Miraste la presa. «Mira, ahí estar zoológico donde ir tú y yo», te dije. Hiciste lo que pudiste para encontrar los colmillos lejanos. Los miraste hasta que te dije. «Tú gustarme mucho». Te jalé hacia mí, para ver bien tu rostro ovalado que tomé con mis dos manos. Nos miramos un rato y te jalé más a mí para darte un beso en la boca que aceptaste para ser el beso perfecto. Nos dimos un beso delicioso, como si nunca fuéramos a volver a besarnos. «Me gustas un chingo», dijiste. Ya sabías decir esa mala palabra. Nos reímos y nos seguimos besando. La vista era romántica, hasta que empezaron a llegar aventureros en bicicleta y nos tuvimos que retirar para irnos al Café.
Fuimos a otros lados más, al centro, obviamente. A que probara la cebadina que se te derramó al suelo. A San Juan de Dios por una nieve. Al Coecillo a que comieras guacamaya. A todo le tomabas foto. A los hippies, a los señores en bicicleta que transportaban pieles o cajas de zapatos, al río, a las iglesias, a las vaquetas, a los camiones. Creo que conocí más mi ciudad por ti, más bien, me reconcilié con ella al caminar por sus calles, y contigo fue deslumbrante. Créeme que por mi cuenta jamás habría salido por aquellos rumbos.
No olvidaré el día que desapareciste de mi vida. Lo gacho fue eso, que te hayas ido sin despedirte. Un lunes de julio no te vi más. Fiona, la única taiwanesa que se había quedado me dio una carta que escribiste para mí. «Susan te dejó carta para ti. Ella estar bien y que mejor estarás siempre», me dijo ella que sabía expresarse mejor que Susan.
Ya no quiero seguir contando más porque me siento triste y acongojado por no despedirse de mí, como un amorío de ocasión que al mes se irá al olvido. ¡Carajo! Pues si estaría unos días aquí. Tengo que aceptarlo. Fue amor eso sí. Lo sentimos los dos. Desconozco si ella tiene novio allá en Taiwán, yo creo que sí. Fue una diversión amorosa, un viaje, simplemente. «Todo pasa por algo, Adrían», me dijo Vero, sobándome ligeramente la espalda. ¡Ya qué! A seguir adelante con mi vida. Susan debió haber llegado a su destino en la madrugada.
Les dejo la carta:
«Mi Adrián:
Muy feliz puedo encontrarte.
Recuerdo el primero día que trabajé en Café, tuve mucho nerviosa. En tarde, me enseñaste cómo hacer bebidas, poner pana y pintar comandas… Me parecí más tranquila porque tuviste muchas paciencias.
Gracias por enseñarme, cuidarme mucho y invitarme a ver fútbol. No he visto el juego de fútbol en Taiwán. Cuando fuimos a ver fútbol, me parecí muy entusiasmada y me gusta canción que para animar.
Me gusta fútbol y conozco fútbol más por ti. Muchas gracias por regalarme la playera de fútbol de León. ¡Me gusta mucho!
Y llevarnos a comer guacamaya, tomar cebadina. No saber tomar más. Y pasar a centro, aunque tuvimos frío y regresaste a casa tarde. Y llevar a Cerro Gordo y Zoológico.
Siento muy feliz contigo. Gracias por platicar conmigo, aunque entiendo poco tienes muchas paciencias. Y voy a aprender español más. Aunque pocos a veces hablamos en Café me parece feliz porque yo te puedo ver.
Me gusta trabajar contigo. Apareció tienes buena actitud de trabajo siempre. Eres muy genial.
Ojalá que poder tú realizar todos tus sueños y podamos volver a ver. Me das muchas buenas memorias. Muchas gracias y te voy a extrañar mucho.
Me gustas un chingo, ¡ja, ja, ja!
Susan, un beso. 2018.
Otra cosa, que todos los compañeros me preguntan del tema del amor. Si hicimos el amor o tuvimos sexo, eso quedará para mí. Jamás diré eso a nadie. Y menos a los dueños.