INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

La espera, el cine y el café

Una forma de tomarse el tiempo a sorbos mientras se disfruta del cine.
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Miguel Domínguez
Disfrutar de un café posterior a la función de cine puede convertirse en un ritual placentero que evoca una buena charla o un debate en torno a lo que se vio en la pantalla.

Tomo tres cafés al día, en promedio. Uno en la madrugada antes de salir a trabajar y dos en la oficina, dependiendo de cuándo se enciende la cafetera y los ánimos que traiga. A veces tomo tres tazas, a veces solo una; a veces el café está muy malo y aún así lo tomo. Cuando escribo, casi siempre lo hago en cafeterías pues me concentro mejor: pagar por el café también es pagar un par de horas de concentración. Y si escribo en casa, me sirvo del grano que tengamos en ese momento. Bebidas calientes como el té o el café nos vuelven conscientes del tiempo por naturaleza, les acompañemos —o no— con una acción paralela. Son bebidas que te fuerzan a beber a un ritmo preciso: ni muy lento para que no se enfríen ni muy rápido para no quemarse. Son bebidas que, por acentuar los tiempos en que se toman, dan nuevo ritmo a la vida, capaz de capitularla.

Cada que asisto al Cineclub de la UG en Guanajuato capital, si voy en compañía (que siempre es el caso), tras la función caminamos hacia el Café Tal para pedir una taza de ‘Beso Negro’ —su riquísimo chocolate condensado— con el que acompañamos la conversación sobre la película que acabamos de ver antes de derivar en otros temas. Es levantarse del asiento de la sala para volver a sentarse en el de la cafetería, en donde la bebida baja las imágenes del filme; primero la película en ese cuarto oscuro de ensueño, para luego la bebida, que al avivar el cuerpo, nos confirma que todo aquello sucedió.

Otras veces, antes de las funciones en el CineClub de la Casa de la Cultura Diego Rivera, pasamos por el Day Coffee. Difícilmente se puede hablar de una película que aún no se ha visto, pero esa parada en el café funciona como una especie de preludio de la función, ya que el cine también da forma al flujo del día. Puede que las manipulaciones temporales de la gastronomía y el cine, a pesar de rimar, estén lejos entre sí: el cine exige un estado pasivo dado que su dinámica temporal radica en la pantalla, a la que solo se puede acceder con la mirada sin un involucramiento físico mayor. Mientras que el café exige (no pide) que se le aborde activamente, que nosotros tomemos control de la relación y sepamos cuándo alzar la taza, cuánto soplar, qué tan rápido sorber y con qué conversación acompañar. El cine es texto y el café caligrafía.

Señalando la capacidad compañera del café (las bebidas tienden a estar presentes en las comidas, pero no es necesario que haya de comer cuando se antoja una bebida. El plan de ir a tomar algo se acostumbra a pensar como escenario para un evento aparte), uno puede percibir ese atractivo del preludio y el epílogo que la bebida tiene en relación a algo como el cine, cuyos tiempos, similares a los del café, están físicamente definidos. La duración de la película y la temperatura del café estructuran con bellísima simetría la salida al cine. Muchas veces se puede optar por una cerveza post película (nunca pre) cuando el plan va más allá del cine, pero si la idea es redondear una salida en la que el meollo es la cinta, la ida al café es la perfecta asimilación de una escena final. Aquellos preludios y epílogos no son pretensiones intelectuales, son placer. Es estirar la sensación de la película que se vio o que se está por ver. Es estirar la compañía y la conversación. Es engrandecer, expandir y grabar en el tiempo las sensaciones que surgen del epicentro de la ocasión, antes de retomar los tránsitos: del café a la casa, de su entrada a la cama, del día al sueño. Es como dedicarle el día entero al cine sin necesidad de aquello que signifique pasar 24 horas en la sala. Pues el cine sigue existiendo en las sensaciones arropadas por el no-tiempo de la película, ese en el que a pesar de suceder antes y después de, sobrevive su insinuación.

Han habido varios momentos que me han vuelto consciente de la importancia del no-tiempo y de cómo el cine se estira en las acciones que se hacen en su honor. Hace diez años, la anticipación que sentía por el capítulo 7 de Star Wars, El Despertar de la Fuerza, fue quizás la mayor que he sentido por una película. Cada vez que repetía el trailer en YouTube, en los visionados que hice de la trilogía original y de las precuelas, en las teorías que discutía con amigos, nuestros duelos a sable de luz, el viaje de noche al cine y la espera en un lobby lleno de gente igual de entusiasmada, invocaban el placer sobre una cinta que aún no existía: la película que disfruté existió en cada momento precedente a su función de medianoche.

Quizás el momento que más significativo me es, referente a lo que aquí pienso, fue la vez que le enseñé a mi novia Twin Peaks: El Retorno. David Lynch, el legendario director surrealista, murió inesperadamente en enero de este año. Siendo sincero, sus únicos largometrajes que he visto son Cabeza de borrador (1977) y Twin Peaks: fuego camina conmigo (1992), lo que no quita que las tres temporadas de Twin Peaks sumen más horas de metraje que todos sus largos juntos.

La primera vez que vi El Retorno (tercera y última temporada del show, estrenada tras 25 años del final de la segunda) lo hice a manera de un ritual compulsivo en el que cada noche veía dos episodios antes de dormir, terminando así la serie en menos de una semana. Cuando la revisité con mi novia, también decidimos ver dos capítulos pero cada semana, lo que nos hizo tardar más de dos meses en terminarla. Esas anticipaciones semanales fueron las que cargaron cada visionado con un éxtasis tremendo, colmado de expectativa sobre lo que opinaría mi pareja y un tremendo disfrute tanto del tiempo frente a la pantalla, como en la masoquista espera autoimpuesta. Una especie de disciplina fetichista que potenció nuestra experiencia. Repetimos el ejercicio cuando ella me enseñó Better Call Saul y resultó igual de efectivo.

Lynch fue aficionado del café y de la meditación. Decía que no iba a terapia pues interrumpiría su proceso creativo. Esas fuerzas que se imponen a nuestro estado fisiológico, las de las privaciones, los estímulos y los trances, moldean poderosamente nuestros sentidos y, en consecuencia, nuestra manera de percibir y crear. Es una especie de ciclo en el que la organización de nuestro entorno traza los estímulos que a su vez trazan al entorno mismo. Todo parte de la coordenada donde tanto entorno como estímulo se cruzan: en mi caso, las cafeteras de la oficina.

Placer, tiempo y disciplina: tres elementos con los que procuro dar forma a mi vida en este instante. La disciplina frente al no-tiempo y el eventual éxtasis. El cinéfilo pasa más tiempo esperando las películas que frente a ellas. Entonces los tiempos, como claroscuros, dan forma a cuando creemos que algo sucede y cuando no. Una edificación en cuya delicada cima reside el placer, sostenido por una base de espera: cuasi imperceptible por abarcar tanto. El placer no se maximiza en la espera como no reside únicamente en el evento: el placer se difumina para volver a concentrarse y, así como partículas que pasan de lo sólido a lo líquido al gas cíclicamente, el placer nunca deja de existir. Para el cinéfilo, pasa lo mismo con el cine, que habita en distintos estados de su espera, de su visionado o en un café.

Miguel Domínguez Miguel Domínguez

 Nací en Lázaro Cárdenas, pero llevo 7 años siendo leonés. Escribo sobre cine a pesar de espantarme con Shrek cuando era niño (¿o debido a eso?). Mención honorífica del Sexto Concurso de Crítica Cinematográfica del Festival Internacional de Cine de Los Cabos. El tomate es mi comida favorita.