En 163 años de existencia oficial (Inglaterra, 1863), el fútbol ha conquistado todos los continentes habitados por los seres humanos. Se ha convertido en una máquina de hacer dinero, en un imperio, en mercadotecnia pura a partir de jugadores, en una industria polémica donde todo tiene fecha de caducidad.
Sí, así de cruda es la realidad del fútbol, pero también hay una contraparte de la que a veces nos olvidamos. Las infancias forjando su talento tras un balón, la herencia pasional por un equipo, la mimetización familiar, la convivencia, el fútbol llanero.
Por eso, acudir al estadio es un ritual digno de análisis, pero también digno de vivirse, de experimentarse. Porque al final se convierte en una fiesta deportiva en la que no importa qué tan analista futbolero puedas ser. Aquí se viene a gritar, a comer, a mentar madres, a disfrutar y a frustrarse, a pasar por múltiples emociones en cuestión de minutos.
Y si bien cada partido, cada estadio en cada lugar del mundo tiene su propia dinámica, tomaremos como punto de partida el León vs Atlas que se vivió en el Nou Camp en la temporada que recién termina.
La noche comenzaba a caer, las luces en el estadio eran cada vez de un blanco más intenso. En el campo ya estaban los 22 jugadores dispuestos a hacer rodar el balón, pero la fiesta había comenzado mucho antes, desde que los más de 22 mil espectadores comenzaron a llegar al estadio.
Y es que, si bien el campo se convierte en el punto culmen de la atención, detrás de él hay cientos de personas trabajando para que eso pase: los representantes de las empresas aliadas haciendo las activaciones, los cocineros y personal de servicio al cliente en cada uno de los puestos de alimentos, los elementos de seguridad revisando los bolsos y mochilas de los asistentes, el personal de acreditaciones, los reporteros llegando listos para tomar nota y los fotógrafos buscando el mejor lugar para tomar la mejor fotografía en caso de que llegue el momento más esperado de la noche: el gol.
En la tribuna, las y los asistentes tardan varios minutos en dar con su lugar, miran sus boletos una, dos y hasta tres veces para asegurar que estén en los asientos indicados. Los vendedores comienzan su travesía por las gradas con las cubetas al hombro llenas de frías ‘chelas’ que sin duda contribuirán a poner el ambiente. Agua fresca para quien opta por la sobriedad y para quienes no alcanzaron a comer están los fieradogs, las pizzas individuales o de perdida los postres o dulces para mitigar el hambre.
La marea esmeralda predomina en el estadio, aquí quien no trae la playera bien puesta se ve como un extraño, en la puerta 5 están Los de arriba, la porra oficial del León. A lo lejos se ve la veintena de banderas verdiblancas que les identifican y de entre ellas sobresalen cuatro, cada una con las letras que forman la palabra LEÓN. Los tambores también resuenan por todo el coloso al igual que los cánticos que replican las y los aficionados en cualquier punto del estadio.
Sí, en la cancha está por escucharse el silbatazo inicial, pero el jolgorio empezó desde antes y promete ir subiendo de intensidad conforme pasen los minutos.
Comienza el partido y, a diferencia de la televisión donde la cancha parece kilométrica, aquí son visibles las jugadas de lado a lado. Los jugadores ya no se ven tan lejanos, tan ajenos.
Da inicio el ir y venir de la pelota. León se planta firme y muestra su poderío en la cancha bajo el estratega Javier Gandolfi que tiene poco más de diez días de asumir el banquillo.
Minuto 11 con 42 segundos. Ocurre la primera llegada latente de gol para el León y se escucha un “¡ay!” colectivo. En el sonido local suena “León, León”, animando al equipo. Menos de un minuto después, al 12' 38’’, un contragolpe del club de casa los acerca a la portería rival y de pronto retumba el “¡gol!” por todo el estadio. Díber Cambindo da la ventaja al León y la afición le corresponde con aplausos y manos al aire y, como si de un deber ser del ritual se tratara, todo mundo se pone de pie. Esta fiesta va agarrando calor.
Mientras en el campo los jugadores continúan con el ir y venir de jugadas, entre barridas, faltas, choques y pases, en la tribuna las parejas aprovechan para tomarse la selfie, pero no son los únicos, ya sea con los amigos o la familia, todos quieren dejar una prueba de que su sábado por la noche fue en el estadio.
En las gradas también destaca la convivencia familiar, aunque en muchas ocasiones a los más pequeños parece que el partido «ni les va ni les viene». En contraparte están aquellos que dan instrucciones a los jugadores, aunque de antemano saben que no serán escuchados.
“Arriba… afuera… bájala”, se escucha decir a un aficionado. “Chingada madre, estás de frente, cabrón” complementa mientras a lo lejos su reclamo se entremezcla con el grito de “algodones”, que dice un vendedor a su paso por la gradería.
Cerca de finalizar el primer tiempo se escucha un “¡ey!” al unísono y el silbante sin titubear saca la tarjeta roja a Jorge Rodríguez, jugador del Atlas. Así, con ventaja de uno más terminan los primeros 45 minutos y es momento de recargar pila, ya sea al salir a comprar algo extra de alimentos o acudir al baño. En el campo es momento de que el patrocinador en turno se luzca con sus activaciones (porque sí, por más que queramos romantizar la experiencia, sigue siendo una industria).
El ambiente en el estadio pasa a transformarse, por unos minutos, en un símil de antro con luces de colores y la música de Bad Bunny de fondo. El ambiente está a tope y hay que mantenerlo así. En tanto, Los de arriba, que desde el minuto uno comenzaron con cánticos, se toman un breve descanso para, en cuanto suene el silbatazo del medio tiempo, dar inicio nuevamente con las porras, porque el compromiso de ánimo y lealtad al equipo es cosa seria.
Intercambio de porterías y arranca el segundo tiempo. En términos sencillos la dinámica del juego se mantiene. Atlas intenta, León contiene; León intenta, Atlas contiene. Es un ir y venir constante.
Cuando todo parecía caer en una tensa tranquilidad, se escucha un estruendo que hace voltear a todos a cierto punto y termina con una exclamación agridulce. Sí, en la tribuna también hay accidentes y en esta ocasión le tocó a un vendedor que terminó viendo cómo rodaba por los escalones la cubeta llena de cervezas y en cada uno más de una botella terminaba rota.
Los escalones terminaron bañados de ‘cheve’ y, aunque se percibía al vendedor levemente agüitado, no faltó quién intentara animarlo con más de una broma. En solidaridad, una compañera se acercó y entre los dos hicieron la limpieza. No quedaba más por hacer.
En el terreno de juego continuaba la lucha, pero el marcador no se movía. En cuanto el Atlas se acercaba a la meta del León, la gente comenzaba con los abucheos haciendo su papel de doceavo jugador. Que se sintiera que los esmeraldas estaban en casa.
“Vamos vamos verdiblanco” se escucha en el estadio y una vez más se siente el ambiente de fiesta con fuerza. Los de arriba no han dejado de cantar ni un solo minuto.
Ya se percibe el ocaso del partido. Al minuto 81 llega otra opción clara de gol para los esmeraldas, pero no es sino hasta el tiempo de compensación, al 91”, que Daniel Arcila cierra el marcador 2-0 a favor de los de casa. La gente en el estadio estalla de alegría. ¡Qué mejor forma de cerrar el partido!.
Silbatazo final. Todo ha concluido. Es momento de, poco a poco, salir de las entrañas del estadio. Afuera del redondel, algunos de los puestos han comenzado a cerrar el ‘changarro’ y bajar las cortinas, mientras algunos aficionados aprovechan para ‘garnachear’ a gusto en los puestos que están afuera del estadio y nunca está de más la venta de merch de La Fiera, para portarla con orgullo en el próximo partido.
Y mientras las luces del estadio se apagan, los estacionamientos y las orugas del transporte público se abarrotan para llevar a las y los aficionados a casa. Sí, podría decirse que fue solo un momento efímero, pero las emociones que causan a cada persona bien valen la pena.