Al salir deja encendida la pequeña lámpara de mesa con forma de ángel. Todavía está la ropa en el suelo y se oye la llave del agua abierta. Llevamos en las manos lo poco de vida que le queda. En dos maletas cupieron todos sus triunfos y caídas. Toma las llaves que están detrás de la alacena, siempre las esconde detrás de la alacena, mientras con la mano me pide que vigile. Atravesamos el pasillo a tientas vigilados por las miradas petrificadas de las fotografías. Miradas inmóviles provenientes de una enturbiada región más allá del tiempo. Miradas sentenciosas de muertos que hieren y lastiman tal como los vivos. Miradas celadoras, rumiantes que no toleran faltas ni admiten súplicas. De puntillas dejamos atrás la sala, el viejo altar consagrado por su cuñado el sacerdote, las imágenes, los estantes con libros empolvados y recuerditos de fiesta. Lentamente cerramos la puerta y dejamos atrás el miedo, las palabras lacerantes y el peso de la ira.
La noche nos recibe fresca, inquieta. Las casas se iluminan con el ir y venir de los automóviles. Corremos hasta perdernos en las calles. Nunca más volveremos a ser así de libres. Susana se detiene, no puede andar más, tiene el rostro cubierto de lágrimas. Está feliz. Me abraza como el día que descubrió que tenía talento para ser pintora, pero aún más importante, descubrió un enorme amor por ella misma. Ese día salimos del curso de pintura de Patricia Vázquez para ir a escuchar a una banda en una pizzería. Bailamos un rato, nos mirábamos extrañados, radiantes. Nos reímos de su gran avance y cantamos. ¿Qué tanto se gana cuando es el miedo el que se pierde? Entonces Humberto llegó, la jaló bruscamente del brazo y discutieron largo rato hasta que, al final, los dos se fueron juntos caminando.
Claro que Humberto no había sido así desde un inicio. Había sido joven y atractivo. Había sido el mejor de su clase en la licenciatura. Jugaba fútbol los domingos después de ir a misa. Tenía aspiraciones de ser alguien importante y a Susana le hipnotizaba su manera de contar historias del antiguo testamento. Él mismo había cursado el bachillerato en el seminario, pero creía tanto en el amor como un sentimiento vehemente e incontrolable que, estaba seguro, se le complicaría el celibato. También era una persona que reconocía sus inseguridades, decía sentirse inseguro de tener una pareja… y añadía: “tan extraordinaria” “tan perfecta”, “tan fuerte e independiente”, “tan única”. Era una persona que se decía sentirse temeroso de perder “lo más valioso de su atormentada existencia”. Susana lo admiraba y lo defendía sin esperar que él hiciera lo mismo. Con los años construyó una efigie en su cabeza.
Supimos que esa época de ternura se disolvió poco tiempo después de casarse. Pero Susana logró una absoluta discreción hasta una noche que todos recordamos. En mitad de una cena con amigos y excompañeros de la facultad, Humberto se quedó apartado en un banco de la esquina, decía estar al borde del llanto por sus celos y que su timidez lo devoraba desde adentro, hasta que se emborrachó y comenzó a decir toda clase de comentarios sardónicos y ofensivos. Luego se dirigió a su Susana, la llamó tierra yerma, estéril, mujer inútil, mujer inservible, rota. Después de esa noche sus amigas intentaron hablar con ella. “Por lo menos no me pega”. Fue su respuesta después de explicarles que todas las parejas tienen sus peleas, que nadie sabe realmente cómo son los dos cuando están solos. Que ellas ignoraban que él provenía de una buena familia, una familia de valores, de tradición. Así había sido el bisabuelo, el abuelo y el padre. Eso es lo que hacía falta, hombres de carácter. Que eran ellas ─sus supuestas amigas─ las irrespetuosas y vulgares por meterse en un problema que no les correspondía. Que sus padres estaban orgullosos de ella por tener un esposo satisfecho y conservar un sacramento en los términos de Dios sin hacer escenas o desfiguros públicos. ¿Cómo deshacer algo que unió el Señor hace 23 años?
La noche huele a jacarandas. De los altavoces suena la armonía de los boleros. El parque iluminado es un mundo que no duerme. Los amigos se divierten, se emborrachan, corren y dan saltos. Varios grupos bailan o conversan sobre el pasto. Las parejas se abrazan, caminan tomadas de la mano, se besan. La vida sigue su ritmo indiferente, pese a todo. Cada lugar parece novedoso, resplandecen los colores de los edificios que circundan el parque, de los cafés y los bares. De pronto el aroma de las hojas le recuerda la vez que vio a su padre darle una cachetada a su madre en este mismo sitio. A Susana su padre nunca le había pegado. Su madre, en cambio, solía decir que los padres pueden ser muy permisivos con las travesuras de sus hijos y ella sí nalgueaba a Susana por sus berrinches y desplantes de niña. Cuando pensaba en eso se alegraba de no haber podido tener hijos. Fue Humberto quien le dijo que su padre era un violento y una persona agresiva que no toleraba ni un poco a su madre y la tenía casi como prisionera. Le dijo que tenía que abrir los ojos, entender que en realidad la gente se va a aprovechar de quien se deje, así como su madre dejaba que su padre dominara cada aspecto de su vida. Humberto, por el contrario, proclamaba ser alguien de mentalidad abierta, era un moderno, pero no un degenerado, como él mismo decía. La madre de Susana tenía que tener cuidado porque un día su padre podía estallar y hacerles daño. No volvieron a hablar del tema, pero a veces, borracho, insultaba al padre de Susana. Le decía a ella que los dos eran iguales, con la misma asquerosa cara reptiliana, los mismos ojos de serpientes, con sus venenosos deseos y conjuras.
Soy yo el que lo ve atravesar la calle con las manos enguantadas, la cara severa. Camina despacio hacia nosotros empuñando su bastón y un teléfono en la mano. Susana se queda lívida. Él apoya el bastón en el suelo, se detiene un momento y me grita: “¡Maricón!” Susana deja caer la bolsa que lleva colgando al brazo y corre a extender el brazo a su padre. Trato de acercarme a ella, pero ya no puede oírme. Su padre la toma con firmeza y le vuelve la cabeza. Su rostro bajo el poste de luz deja ver esa mirada con furia en los ojos. Los mismos ojos de Susana, y los de las fotografías, los mismos, aunque hayan habitado diferentes cuerpos. Ojos temerosos, confundidos, dubitantes. Los sigo a una distancia sensata, decidido a correr en su llamado, si acaso hay uno.
Al ver la casa en la esquina reconoció la lámpara de mesa con forma de ángel a través de la ventana. Ya no opone la menor resistencia con el cuerpo, se deja conducir dócilmente por sus padres. Sigue viendo la lámpara y suspira sollozante. La lámpara que era señal de su presencia una de tantas noches esperando a su marido, temerosa, preguntándose si tendría que convertirse otra vez en un cuerpo insensible, inerte, disponible en toda su oquedad y su abandono. Abierta sin reproche. Esa luz ambarina y cálida que la acompañaba en las interminables horas de angustia, que era testigo de su dolor y sus heridas, que había acariciado su cuerpo magullado. Esa luz que a partir de ahora sería como una vela que se moja, una esperanza que se hunde, una estrella que se extingue o una vida que se pierde.
