A tres metros de la puerta, en la mesa junto al sillón, estaba la caracola de mar. Aún en el pasillo podía escuchar el sonido que de ella emanaba cuando juntaba sus labios a sus oídos.
En el librero ubicado a la izquierda del sillón se encontraban perfectamente acomodados Bradbury con Farenheit y sus 451, Saramago con su Memorial y Gioconda Belli con Waslala.
En la esquina, por debajo del reloj, se localizaba el escritorio. Un ejemplar de madera de roble rojo que al tacto era duro. Símbolo de la resistencia que representó. Había pertenecido a su familia por más de tres generaciones.
Su abuelo solía contar que su bisabuela había guardado 365 cartas de su enamorado en él, una por cada día del año.
Cuando el general Ignacio Jaral, su padre, encontró el compartimento, terminó el secreto y mandó matar a Antonio Ochoa, su enamorado.
A la luz de la luna huyeron y de aquello no se sabe nada más. Pero esa es otra historia.
(…) Giró rápidamente su ojo en otra dirección. Borboletas moradas, azules y amarillas inundaron la habitación. Provenían del ventanal que disponía a su antojo de los rayos de sol, transformándolos en lepidópteros de luz.
De pronto, un sonido interrumpió su observación, era la voz de su madre. La llamaba desde el otro lado del corredor.
Despegó así el ojo de la bocallave y volvió a ser ciega.
