No tenía nada qué hacer y por eso me fijé que en el brazo se me marcaba una vena. Empecé a tirar de ella despacio, con constancia. La piel que la cubría se fue deshaciendo y la pude extraer como si fuera la larga raíz de una planta. Cuando la fui sacando me dolía, pero al acabar sentí la satisfacción de haber arrancado, por fin, un pelo enterrado.
La vena goteaba sangre. Era como de un metro de largo y su figura era como de un árbol, un tronco que se divide en ramas cada vez más pequeñas.
Por la herida en mi piel se alcanzaban a ver otras venas. Fui jalando una a la vez y, después de muchas horas, logré deshacerme del aparato circulatorio, dejando adentro sólo el corazón.
Fue entonces que sentí miedo, porque ¿cómo iba a sobrevivir sin que la sangre llegara a mi organismo? Por otro lado, resultaba evidente que no estaba muerto, es más, ni siquiera me sentía mal; quizá había sucedido como cuando consigues quitar la pieza inferior de una torre de bloques sin derrumbarla. Tal vez había removido los vasos sanguíneos con suficiente cuidado y por eso no se había caído mi vida que, como torre, seguía de pie, aunque más frágil, en espera quizá de un poco de aire o de algún movimiento brusco para desmoronarse.
Yo sabía que con precisión y paciencia era posible hacer el tipo de maravillas como la que acababa de lograr. Se sabe, por ejemplo, que existe una forma de arrancar con rapidez el mantel de una mesa sin que se muevan los cubiertos y los platos, todo queda en el mismo lugar, pero sin el mantel. Otro ejemplo de estas cosas increíbles también me pasó a mí. Fue una vez que tuve un sueño muy interesante y no quería olvidarlo, por eso moví mi cabeza muy despacio, con mucha precaución, evitando que las imágenes en mi mente se mezclaran entre sí. Avancé lento, uno o dos centímetros por minuto hasta alcanzar pluma y libreta para apuntar mi sueño. Me tomó unas seis horas aquel proceso, pero nada se me escapó.
El problema ahora, que me encontraba sin venas, era saber si debía moverme rápido como en el caso del mantel o lento, como cuidando sueños, o, de plano, quedarme inmóvil.
Decidí caminar a velocidad normal hacia al espejo. Al llegar, me sorprendí, pues, aunque tengo la piel clara, mi reflejo era blanco como el papel. Parecía como si me hubieran dado el peor de los sustos. Debía sentir mucho miedo de verme así, sin embargo, mi corazón no estaba desbocado, lo sentía girar despacio dentro de mí como un gato esponjoso que se revuelve sobre un cojín. Ya no estaba atado a venas ni arterias y no le quedaba trabajo por hacer, ahora sólo latía para sí mismo, se encontraba tranquilo y eso era lo que probablemente confundía mis emociones.
¿Cuánta vida me quedaba? Quizá la torre no estaba a punto de caer, sino que se había vuelto más estable. ¿Cómo saberlo? Si hubiera ido al doctor, seguro me habría dicho que sin sistema circulatorio resulta imposible vivir, me habría enseñado investigaciones realizadas en animales, en las que todos mueren en menos de una hora después de perder sus arterias principales. Yo no hubiera logrado convencer al doctor de lo contrario, por más que le insistiera en las diferencias entre humanos y animales, por más que le mostrara que seguía vivo. Habría pagado una consulta en vano.
A pesar de eso, el lado racional de mi cerebro no dejaba de alertarme sobre mi inminente fallecimiento. ¿Qué podía hacer para mantenerme vivo? Pensé en aquella vez que había logrado conservar mi sueño con palabras y se me ocurrió que, quizá también las palabras podían, además de registrar lo sucedido, guardar la realidad. ¿Cabría yo en un texto? Tal vez solo era necesaria mucha paciencia para meter, en forma de tinta, no sólo ideas, sino partes de mi cuerpo y algunos objetos personales. En la hoja yo no necesitaría ni órganos, ni músculos, sino solo un lector; la voz de su mente o de sus labios sería suficiente para moverme, para que se mostraran mis pensamientos y sentimientos. Estaría despierto en cada lectura y el resto del tiempo dormiría entre las páginas de un libro.
Quizá el único riesgo sería que alguien descubriera que las letras están formadas por hilitos de tinta. Que, sin nada mejor qué hacer, esa persona encontrara la manera de extraer una por una, las vocales, las consonantes y los signos ortográficos como fragmentos de venas negras. Y así, iría borrando palabras, renglones, hasta dejar una hoja aún más blanca que mi rostro, un espacio sin rastros de mí, aunque, eso sí, con infinitas posibilidades por delante.
