La manera de responder esta pregunta tiene una relación intrínseca con la manera en que vivimos el arte. La frase vivir el arte no es gratuita. A lo que estoy invitando es a imaginar la manera de participar activamente en la vivencia artística, entendida como una dialéctica entre el participar y el percibir el fenómeno artístico. Ambas vivencias son complementarias y se dinamizan mutuamente, por lo que estar sólo de un lado de la barrera del arte es, en principio, incompleto.
En algún punto de la historia, la creación artística fue materia de monopolio, se especializó el proceso, se encumbró al artista y se introdujo su resultado a un sistema de mercado, por un lado estaban los hacedores, los productores, los distribuidores y los artistas reconocidos; por el otro, estaban quienes fungían como receptores, consumidores y hasta coleccionistas.
Regularmente, ¿qué contesta aquella persona a quien se le pide que haga un dibujo por sencillo que fuese? Ok, pero solo soy de palitos y bolitas; ¿cómo se espera que reaccione alguien a quien se le solicita que cante en público? Soy muy desentonado, no te fijes. Nos escondemos pudorosamente ante la expresión, y la vivencia artística la hemos reducido al fascinante mundo de la contemplación y el fandom. Pero, así como al artista le es permitido (y hasta indispensable) la recepción y consumo artístico, a los no artistas les es necesario vivir la experiencia de expresarse creativamente (por incipiente que sea su técnica). Hay tres razones principales para ello.
El contacto sensitivo con el arte, y más propiamente con la expresión de lo estético, convoca y provoca la secreción de neurotransmisores indispensables para el equilibrio de nuestra salud psicofísica. Los niveles de crisol y oxitocina, hormonas relacionadas al estrés y a la empatía, respectivamente, se activan con eficiencia cuando nuestros sentidos perciben los estímulos de la belleza y la emoción estética. Sumado a este proceso también está asociada la dopamina, neurotransmisor que el cerebro libera en ocasiones placenteras (Castro, 2019). Esa percepción también sucede ante la presencia de uno mismo creando y expresando.
En cuanto a las razones sociales que avalan la necesidad de la expresión-percepción artística, éstas se encuentran sobre todo en el concepto de ciudadanía. Esta dimensión de la convivencia ha construido un sentido de participación en la vida pública que requiere de una capacidad de innovación para adaptarse a los vertiginosos cambios con los que ahora palpitan las ciudades. Esa participación, que exige competencias expresivas, es mucho mejor y más óptimamente real en la medida en que el ciudadano, una vez más, tiene la experiencia de haberse visto donando lo mejor de sí, creativamente.
Finalmente, el ser uno mismo es una razón más para democratizar la experiencia creativa: sólo así se manifiesta la individualidad. El significado de nuestra identidad es posible construirlo solamente en la expresión. Por todo ello, si en tu última voluntad puedes escoger entre crear o no, hay que irse preparando toda la vida.
Ahora, respondiendo a la pregunta inicial, en lo particular escogería la primera, puesto que sería como un regalo y porque me gustaría que la última imagen que tuviera de mí mismo fuera la de verme ofreciendo algo.
