INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Veladoras

Narrativa Breve. Tercer lugar del concurso Cuento Corto Efrén Hernández
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Julieta Navarro
Le pesaban los pies cuando llegaba la hora de encender cada una de las veladoras.
Le pesaban los pies cuando llegaba la hora de encender cada una de las veladoras.
Tenía más de 15 años preservando la tradición, una a una las mantenía encendidas. A veces con pequeñas combustiones, otras con fuegos eternos e inmensos. Pero siempre prendidas.

A decir verdad, detestaba ese rincón donde tenía a sus santos, algunos ya llevaban capas de grasa y mugre, que por más que limpiaba se quedaban ahí en los hombros de las figuras.


Le pesaban los pies cuando llegaba la hora de encender cada una de las veladoras ¡Ya no iluminan ni madres! Decía, con una enorme mueca de desagrado.


Hasta que un día, en el cristal de la ventana se reflejó su figura y la candela de esas velas iluminó sus ojos.
Respiró, ella sí estaba iluminada. Fue una revelación, pero no terminaba de caer en ella.


Parpadeó impactada y siguió con el ritual. Quién sabe cuánto tiempo más, una, dos, tres semanas. A veces en el espejo del baño se volvía a ver, ahí no había veladoras, sin embargo, resplandecía. Sacudía la cabeza, como si ese milagro no pudiera existir.
No entendía cómo esos ojos sumidos y pequeñitos que se proyectaban a través del espejo, pudieran decir tanto. No tenían el barniz que tenían los santos del rincón, pero brillaban más, mucho más.


Una noche, soñaba con uno de sus adorados santos, el más cabrón de todos, según lo que ella sabía. Ella lo veía de lejos, lo adoraba y veneraba como había aprendido desde pequeña. Él estaba disfrutando el espectáculo, pero jamás la vio a los ojos, a pesar de su amor, de la súplica, del rendimiento. Nunca, nunca la vio. Las lágrimas recorrieron los ojos de la devota, tanto que se despertó.


El pecho se le llenó de aire y soltó un suspiro, se levantó, fue directo al rincón. Vio a los santos con una añoranza que daba tristeza y el reflejo en la ventana la hizo voltear. Ahora no eran solo las veladoras las que la iluminaban, era también la luna, le tembló el cuerpo, se le pausó la respiración, se sintió sacrílega, bruja y poderosa. Le dio una náusea y empezó a toser, el aliento que salió de su boca apagó la primera veladora.

¡Santo Cristo! ¡Los santos! Y vio como a uno se le desapareció la cara con la oscuridad y eso le provocó paz, cesaron las náuseas, pero el poder creció y como niña que descubre que mojarse bajo la lluvia es mágico. Sopló otra vela, se le escapó una risa traviesa, siguió así con la otra y la otra hasta que se quedó en penumbra.


Solo la luna iluminaba su silueta, volvió al reflejo. Ya no había ningún santo, se perdían en la oscuridad. Pero ella se veía imponente, puedo decir que hasta virginal. Y esa noche se acabó la tradición de prender veladoras y adorar santos.