Paso la cuchara al ras; brinca con cada tope hasta lograr arrancarlos uno a uno. Las cuencas como el jugo que reposa en la cáscara de la granada. Un sabor a llaves que duele menos de lo imaginado. Cuido de no cerrar la boca, que no se toquen en cortocircuito los nervios pelados, las astillas encarnadas, que ahí sí que duele. Mucho. No escupo: a ratos, barro fuera la sangre con la lengua.
Echo los dientes a la licuadora. Suenan canicas rebotando por la escalera y el motor, moliendo indiferente. Suelto el botón rojo hasta que no queda más que una harina blancuzca. Echo dos cucharadas en un vaso con agua y mezclo hasta dejarla pinta.
Trago.
Primera mentira de mamá: mis dientes no eran de leche.
