Tenía aún el olor de las tenerías y ese ir y venir de personas que llenaban de vida el mercado. Yo era tan pequeño, que pensaba que don Pancho era mi abuelo. ¡Cómo no iba a serlo!, si un día me dio una torta de queso y quería a mi papá tanto como si fuera su hijo.
El mundo era tan vasto y nuevo para mí que la travesía de Irapuato a León era tan grande como grandes eran mis ganas de llegar a aquella casa en la 27 de septiembre. Yo sentía que estábamos en casa de don Pancho desde que dábamos vuelta en las tortas que tienen unas tortugas pintadas. Había algo único en esas calles que me hacían sentir en casa.
Yo pensaba que Julieta era mi prima. Siempre había mucha gente en casa de don Pancho. Tenía una familia enorme y aún así nos hicieron parte de ella. Querían a mi papá como un hermano. Siempre era interesante escuchar el cariño en las historias de la época en la que mi papá estudiaba medicina. Siempre jugaba con los nietos de don Pancho. Solo una vez nos peleamos porque yo le iba al Irapuato y ellos al León, pero por lo general, jugar con ellos era la mayor aventura de mi viaje.
Siempre me maravilló aquella casa en el Barrio Arriba. Nunca la pude conocer de principio a fin. Aunque su fachada no era demasiado grande, cuando la recorrías a lo largo parecía no terminar. Era como si cada vez que la visitábamos, a la casa le creciera otro cuarto. Llegar al fondo era toda una travesía. Aquella casa larga era tan laberíntica que me asustaba quedarme solo. Uno tras uno, cada cuarto interconectado era un mundo: el de la cocina, de la televisión, de la biblioteca, el del baño, o el mundo desconocido al que tenía prohibido entrar. Siempre me pregunté cómo hubiera sido vivir ahí. Atravesar las habitaciones para llegar a la cocina o jugar todo el día a las escondidas.
A Julieta la conocí aquel sábado. Ese día no había mucha gente en la casa porque a las seis jugaba el León. Mientras usaba el antiguo teléfono de disco que tenían en la entrada, alcancé a verla espiándome desde el mundo de la biblioteca. No era raro ver un rostro nuevo en esa casa, siempre había alguien nuevo para mí. Por eso jugué con ella toda la tarde. Estuvimos viendo las litografías de los libros en el mundo de la biblioteca, exploramos cada cajón del mundo de la cocina, nos sumergimos en aquel azulejo maravilloso que asemejaba el mar en el patio y dimos una vuelta en la maceta con forma de rueda de la fortuna que tanto cuidaba doña Consuelo.
Julieta me dejó pasar al mundo desconocido. Ese día decidimos rebautizarlo como el mundo de los recuerdos. Me gustaba jugar a eso, a que cada cuarto de esa casa era un mundo diferente, con sus propias reglas e historia. El mundo de los recuerdos era un lugar oscuro y frío. Estaba entre el del baño y el de la recámara principal. El ambiente suspendido y silencioso nos hacía saber que no debíamos estar ahí. Julieta me invitó a pasar con una sonrisa. Ahí estaban los tesoros de una vida. Pude ver por vez primera la mítica bicicleta de don Pancho, los libros de medicina de mi papá, las cuchillas que usaban en la tenería y un sinfín de fotografías familiares. Nunca olvidaré aquella fotografía que me enseñó Julieta, la alcancé a ver con un rayito de luz que entraba por la puerta. Eran don Pancho y doña Consuelo sentados con mi papá cuando era estudiante. Nunca olvidaré esa fotografía. No la pude ver más de cinco segundos porque escuché a mi hermano gritándome y supe que era hora de regresar a Irapuato.
Julieta se quedó en el mundo de los recuerdos. Me sonrió antes de perderse en la oscuridad y me dijo adiós. No volví a verla. Todo mundo niega su existencia. Le he preguntado a todos los familiares de don Pancho y nadie recuerda a Julieta. Yo estoy seguro de que existió, existió tanto como ese sábado de agosto, como esa torta de queso y como esa fotografía de mi papá. Esa tarde salí a la calle a ver el ángel de piedra que sostiene un reloj sin saber que sería la última vez que entraría a la casa de don Pancho.
Quisiera volver, quisiera entrar al mundo de los recuerdos con Julieta y mostrarle a mi familia aquella fotografía que estoy seguro de que existió. Me gustaría perderme en aquella casa larga e infinita con su sin fin de personas y sus tortas de queso deliciosas. Desearía sumergirme de nuevo en su azulejo y llegar una vez más al fondo, allá donde tenían una rocola y un futbolito. Ojalá pudiera estar ahí y pensar que estoy en casa de mis abuelos. Pero todo cambió. No podría nunca ganarle al tiempo. Quisiera ver a Julieta, saber si sigue ahí, creciendo entre esos libros y descubriendo cada recoveco de aquella casa larga del Barrio Arriba, así como siempre soñé. Pero mientras más pasa el tiempo, me empiezo a cuestionar si Julieta en verdad existió. Debe seguir ahí, en el mundo de los recuerdos, cuidando de la fotografía y de todas aquellas cosas que mi papá nos contó de cuando era joven y estudiaba medicina.
Sé que ya nadie vive ahí. Sé que la casa está vacía y que todo cambió. Por eso hoy vine a la casa de 27 de septiembre. Desde afuera se ve pequeña, pero al asomarme por debajo de la puerta pude ver el azulejo precioso que asemejaba el mar y recordé sus cuartos y pasillos infinitos. Pude jurar que vi a Julieta asomándose por la ventana, pero cuando pasé por el ángel y su reloj de piedra comprendí que el tiempo pasa, que Julieta ya no está, que el mundo de los recuerdos existe en mí y que nunca probaré una torta de queso tan buena como la que un día me dio don Pancho.
